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feranza

OCTAVO DÍA:22 DE AGOSTO DE 2001

Al levantarme he ido a citarme con Antonio, pues había quedado esta mañana con él para fotocopiar los documentos que él posee sobre el poeta y de paso a desayunar y dar una vuelta por la ciudad. Así es que he ido a su casa y luego a una papelería con fotocopiadora.


SÉPTIMO DÍA: 21 DE AGOSTO DE 2001

Esta mañana me la he tomado con tranquilidad y hasta casi las diez no he puesto pie en tierra. He ido a desayunar a la plaza del Cardenal Belluga, en el número seis, donde se encuentra la cafetería “ Il café di Roma “. Tostada con tomate y aceite y café con leche. En la terraza desayuno y escribo estas notas, frente a la catedral. Hace calor, bochorno. A mi derecha, el Palacio Episcopal, un edificio rojizo, descolorido, de tres plantas. Pasan los viandantes, no hay mucho tránsito por la calle. El viajero se siente cansado, decaido, dolorido y con pocos ánimos para andar. El viajero se merece un descanso, esperando la hora de colocarse de nuevo su mochila.


He llevado mi móvil a una tienda de telefonía movistar que hay cerca de la Iglesia del Carmen y lo he dejado allí recargándose, pues en el hostal algo fallaba y me resultó imposible. Mientras, fuí dando un paseo hasta el Centro de Salud para que me dieran yodo en la herida de la espalda, la que me hice en la fuente de Los Baños de Mula. En medio del laberinto de médicos y pacientes, al final me ayudó una chica que se llama Rita y que estaba en la recepción. Camino por las calles del centro hasta la Plaza de Santo Domingo, donde me comí dos melocotones que compré en una tienda cercana y al poco rato, después de deambular sin rumbo por las callejuelas céntricas, volví a por mi aparato, tomé por la avenida Infante Juan Manuel, al lado del río, de escasa profundidad y donde solo navegan los patos, crucé como digo el Puente de Vistabella y la Avenida 1º de Mayo, para tomar al final la carretera de Puente Tocinos. He pasado al lado del ventorrillo “Peñas Güertanas” y continuado por la derecha por la Avenida de Juana Jugán.
En Puente Tocinos, pueblo ambientado y comercial, nos encontramos un cartel a la entrada del pueblo : “ Puente Tocinos, Cuna del Belén” y después, siguiendo por la travesía pasamos delante de la Avenida Miguel Indurain y Plaza Miguel Ángel Blanco, de reciente construcción. En el pueblo me he desviado para entrar en la pastelería confitería “Crystán” para comerme un dulce relleno de bonito, pimienta y otros ingredientes. La chica, que lleva el establecimiento se llama Carolina y es despierta y simpática. Vuelvo de nuevo a la calle central, eje del pueblo. A la izquierda, un poco más adelante, se encuentra la Capilla de Nuestra Señora de los Remedios y al salir del pueblo, alegra el paso el olor de las damas de noche que presiden la huerta. Son terrenos de limoneros en su mayoría, donde se puede ver la fruta aún pequeña y verde, confundiendo su color con el de las hojas.Pasando Puente Tocinos, he llegado a Llano de Brujas. Las casas se apiñan a ambos lados de la carretera. He entrado en un supermercado para comprar unos plátanos y un yogur gigante, de medio kilo. Me he sentado en un banco a la sombra para comer. Siguiendo la carretera y pasando el cruce de La Cueva, caminando por la acera, refugiándome de vez en cuando en la sombra esporádica de las moreras, he entrado en la finca “Los Zapatas”. Dos hombres, una bicicleta con más de sesenta años, cerdos, animales de pico ( aves ), limoneros y agua para el viajero, que se refresca en un cubo. Es agua extraída por un motor eléctrico. Parece una escena de mitad de siglo. Los hombres, campesinos, curtidos al sol, se lavan en una palangana. Visten ropas andrajosas, sin color y tienen el rostro señalado por el sol y la tierra. Hay aperos de labranza y olor a cerdo. Quizá por todo ello me ha gustado estar aquí. Entre la conversación, me cuentan estos señores que antiguamente el Segura daba abundante agua que hasta se podía beber. Ha pasado de igual modo con otros muchos ríos. Hace doce años de la última crecida del río llegando a desbordarse. Desde entonces no ha caído ni gota. He llegado a Santa Cruz: “ Santa Cruz Aurora, Sericícola y Agrícola”. Por todo el acerado se van sucediendo bancos para sentarse pintados en verde, llenos de polvo de no usarse quizá. En un nuevo cruce, a la izquierda podemos ir a Cabecicos, a la derecha Rincón de San Antón. He continuado recto. Al lado de la iglesia de Santa Cruz, he parado sobre un banco a descansar un poco. Hay una plazoleta con una fuente, he pulsado y ha salido un chorrito pequeño, ridículo.La escasez de agua merma el entusiasmo del caminante, que básicamente debe a este elemento su sueño. Si el agua es esencial para todo, para el viajero se convierte en imprescindible. Y no sólo por atajar la necesidad física de sed, sino además porque constituye soporte para la autonomía que imprime la existencia nómada.
He tomado el cruce a la izquierda para El Real y Beniel. Si hubiera decidido ir a la derecha, hubiera llegado a Alqueras. Hay que elegir y en cada cruce hay escondida una renuncia, una muerte premeditada de algo que no ha llegado a nacer. En la carretera de Beniel, he parado en la cafetería Rosarito: “Bar Rosarito, especialidades: pollo y cordero a la brasa, cabezas y piernas de cabrito al horno, pollos a’last. Santa Cruz ( Murcia )”. En los estuches de azúcar se puede leer esta publicidad. Tambien hay dibujados un cordero y un gallo. Sobre una mesa de la que he tenido que recoger parte de los servicios, el viajero toma estas notas. Enfrente mía hay tres individuos que hablan de viajes. Uno de ellos ha nombrado Las Alpujarras como lugar maravilloso y no le falta razón. Me han dado ganas de volver.


El viajero siente el valor de su tierra, en la que no suele faltar ni el agua ni los bancos para dormir y al mismo tiempo, siente ganas de dejarlo todo y sobrevolar en sueño aquellos parajes y luego sufrirlos, sentirlos, sudarlos. Quizá se da cuenta que los caminos, como dijo el poeta, transcurren por el mar, como estelas.


Durante el camino hasta aquí, aunque algo dolorido, ha transcurrido con normalidad, sin sobresaltos, que tambien es de agradecer. Mis pies se resienten, pero aguantan. Son casi las cinco menos cuarto de la tarde y se está bien en este lugar, envuelto en la atmósfera acondicionada del local, dejando que se vayan las horas inquisidoras del mediodía. Por la ventana, se contempla sin bochorno la Sierra de Orihuela y desde aquí puedo verla como en una postal o una diapositiva sin desmayarme, sin levantar desde mi frente ni una gota de sudor.


La carretera curte, desmoraliza y el viajero se deja ir simplemente, teniendo cuidado de que no se lo lleve algún coche por delante. La carretera es peso, peso seco y desafiante, en bruto, es como ir buscando el cielo en las cenizas del infierno y no morir aplastado. El viajero sueña con ir recorriendo los kilómetros que le separan de Orihuela y sueña, sueña mucho, se alimenta de sueños.He salido de la cafetería pasadas las cinco de la tarde. Llegando a un cruce queda a la izquierda Santomera; El Real en linea recta y a la derecha, Alquerías y Beniel. He continuado hacia El Real. Sobre los acerados s ven a cada paso, los tornillos de acero que levantan las compuertas para el riego. He pasado delante de la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores en la plaza del Padre Isidoro y de paso, me he refrescado a duras penas en una fuente con pulsador que echa agua con mucha presión, pero que dura muy poquito. Tras la persiana, en una ventana, lee una anciana; me he acercado por curiosidad con la escusa de preguntar algo. Lee con apasionamiento la historia de la Madre Teresa de Calcuta y es para ella una historia muy interesante. Más adelante, un cruce a la derecha nos lleva a Beniel, a un kilómetro. Justo en la esquina, hay una furgoneta que lleva dulces y granizadas para la venta ambulante. La vendedora se llama Alicia y le he dedicado algunas palabras que han llegado a sofocarla. Me he comido un dulce con crema y una granizada de horchata con almendra. Al dulce le llaman “pepito”. He caminado con el vaso de horchata donde ya solo quedaba el hielo, hasta que encontré un contenedor. Voy caminando por la Vereda de la Torre hasta La Basca, donde unos campesinos y justo antes de entrar al pueblo, siembran patatas, que van cogiendo cortadas por la mitad de una caja. He pasado un puente de hierro sobre el Segura. Son las seis y media de la tarde. En La Basca y por la calle del Caballito, llegamos a Beniel, último pueblo de Murcia, que tambien tiene historia que contar: “ Sus orígenes se remontan a la dominación árabe (origen del topónimo) y en concreto a los siglos IX y X, como consecuencia de la colonización de la depresión prelitoral murciana. Su situación geográfica posibilitará el asentamiento de tribus poderosas que controlaban la Cora de Todmir; sin embargo, hacia 1300 no era más que una alquería en torno a la cual existía un pequeño núcleo de población que vivía de la caza y de la pesca que proporcionaba el marjal. La reconquista cristiana trajo consigo una huida de la población autóctona y un retroceso demográfico, que no fue paliado por los nuevos colonizadores, quienes prefirieron asentarse en torno a los núcleos urbanos de importancia, por lo que las tierras marginales se abandonaron o quedaron en manos de mudéjares. Entre las alquerías más orientales que Alfonso X concedió al Obispado de Cartagena en 1250 no se cita a Beniel, señal inequívoca de la desaparición de la alquería.
Hasta 1266, tras el fracaso de la rebelión mudéjar y la reconquista efectiva de Alfonso X, se procedió al reparto de tierras, según Torres Fontes, 500 tahullas entre 104 pobladores, aunque la zona continuó despoblada. De otro lado, la situación geográfica del municipio hizo que en él se instalaran los mojones que separaban la zona aragonesa de la castellana, según la sentencia arbitral de Torrellas de 1304 y su ratificación en Elche, un año después. La división de las zonas de conquista castellana y aragonesa no satisfizo a ninguna de las partes por lo que los pleitos fueron continuos, además de suscitar numerosos incidentes fronterizos. En 1320, dos comisiones designadas por los concejos de Murcia y Orihuela, reunidas en Beniel, acordaron los límites definitivos de la zona cruzada por el río, la más productiva, no llegándose a ningún acuerdo con respecto a las tierras despobladas del Segura.


A finales del siglo XV, Beniel se convierte en punto de disputa de agricultores y ganaderos. Los primeros pretendían amojonar las tierras, hasta entonces marjales y dehesas y ponerlas en cultivo; los segundos, representantes de las oligarquías y de la nobleza murciana, de base económica ganadera, se oponían a la restricción de los pastizales frente a la necesidad de extender los cultivos, como consecuencia de la presión demográfica derivada de la reconquista. El pleito, planteado ante los Reyes Católicos, no favoreció a los agricultores y las tierras en litigio fueron adquiridas por el caballero murciano Gil Rodríguez de Junterón, quién fundó vínculo y mayorazgo, quedando la familia Junterón vinculada al proceso histórico del municipio, que en virtud de herencias fue creciendo, aunque continuaba siendo un lugar inhóspito de aguas estancadas que imposibilitaría a los colonos cumplir con sus obligaciones de censos enfitéuticos contraídos con la familia Junterón; de esta manera, en el censo de 1587 sólo se registraron 18 vecinos.En los primeros años del siglo XVII Felipe II concedió a la familia jurisdicción civil y criminal, quedando separada de la jurisdicción de Murcia, lo que permitió atraer a nuevos colonos. El gran impulso llegó de la mano de Gil Francisco de Junterón, quién de acuerdo con la marquesa de Rafal reabrió el azarbe mayor de Cinco Alquerías, lo que permitió regar amplios espacios hasta entonces inservibles para el cultivo; ello produjo un incremento demográfico de la zona, si bien las continuas riadas fueron un obstáculo considerable para el desarrollo de la comunidad. Por Real Cédula de 9 de Septiembre de 1709, a petición de Gil Francisco de Molina y Junterón, señor de Beniel y regidor perpetuo del Consejo murciano, y a instancias del cardenal Belluga, le fue concedido marquesado de Beniel, iniciando una ardua labor de desecación que culminó positivamente, lo que aumentó la población a más de un millar de habitantes que vivía de la agricultura y del negocio de la seda. La pujanza de las tierras del marquesado impulsó al segundo marqués, en 1725, a demandar a los colonos, declarando nulos los contratos de censos enfitéuticos, consiguiendo que la sentencia le fuera favorable en noviembre de 1730 y ratificada en 1751 por Real Decreto se le confirmó al marqués "la jurisdicción civil y criminal con mero y mixto imperio".


El siglo XVIII será un momento de incremento en las variables, doblándose la población que en 1768 se cifraba en 2.344 habitantes. Será a lo largo de esta centuria cuando se inicie un retroceso, y en agosto de 1812, las Cortes de Cádiz abolieron el señorío de los Molina-Junterones, permitiendo el acceso a la propiedad de arrendatarios y colonos. Vilar y Arnaldos han señalado las causas de este largo proceso de estancamiento: la concentración de las mejores fincas en pocas manos, la grave crisis del sector sedero, la insuficiencia de capitales para potenciar una agricultura moderna, la convivencia del minifundio con la gran propiedad explotada a base de su parcelación convencional entre grupos de arrendatarios, así como las epidemias, inundaciones y sequías. Asimismo, coadyuvaron a este estancamiento los efectos de la guerra de la Independencia, los enfrentamientos entre absolutistas y liberales, las correrías de las partidas carlistas y los sucesos del Sexenio Democrático. Como consecuencia de este retroceso se disparó la corriente emigratoria hacia las cuencas mineras de Almagrere, Cartagena y hacia Argelia. La despoblación ocasionó problemas financieros al municipio que imposibilitaba su permanencia como entidad municipal autónoma. Fracasada la anexión de Zeneta y Alquerías, se solicitó la extinción del Ayuntamiento y su incorporación al término capitalino, solicitud ratificada en 1877, si bien Murcia solamente accedía a la anexión siempre y cuando el municipio de Beniel liquidase todas sus deudas con la hacienda pública y con todos sus acreedores. Nuevos intentos se produjeron en 1884 y en 1886, e incluso se obtuvo el informe favorable del Consejo de Estado y la aprobación de la regente, pero contando siempre con la oposición del consistorio murciano que reiteraba una y otra vez sus argumentos económicos en contra”


En una ventana hay colgado un cartel: “ No podemos respirar, el Segura nos va a matar “. Al final de una avenida con banderitas sobre la calle, he tomado a la derecha, pasando por la estación de tren y me he metido en el pueblo, que justo en estos días, celebra las fiestas de San Bartolomé. Hay por ello, una representación teatral en la plaza de Ramón y Cajal, un espectáculo para niños promocionado por la marca de helados Frigo y que cuenta historias de helados para los más pequeños. Me he metido por las calles hasta la plaza de San Antonio y de paso me he refrescado en una fuente.El viajero ha pensado durante algún tiempo, en quedarse allí a pasar la noche y se ha imaginado bailando frente a la orquesta, bebiendo cerveza hasta la madrugada y luego, ir a tumbarse sobre un banco para descansar al lado de su mochila. El viajero se ha imaginado conquistando el alma de una señorita solitaria y aventurera, al son de música caribeña y esto la ha llevado inevitablemente al deseo de dejar pasar las horas hasta la noche. Pero al final, ha notado que su sueño se deshacía sin saber bien porqué, como el humo en el aire y se ha puesto a caminar en dirección a Orihuela.Antes, he entrado en la iglesia parroquial del apóstol San Bartolomé, de estilo barroco del siglo XVIII ( 1728 - 1734 ). Sobre este templo he podido recoger la siguiente información: “Su planta es de cruz latina, construida entre los años 1725 y 1734, posiblemente siguiendo trazas del arquitecto jerónimo Fray Antonio de San José. El cardenal Luis Belluga dio su permiso para construirla siendo párroco Francisco Ruiz Amoraga. Consta de nave única de 3 tramos, cubierta con bóveda de cañón sobre lunetos y flanqueada por capillas laterales comunicadas entre sí; sobre el crucero se levanta la cúpula. Su decoración, basándose en molduras que separan los plementos, cuya superficie interior aparece cubierta con gráciles motivos florales, los mismos que enmarcan los balcones, hace de ella una de las más hermosas de todo el barroco murciano. Años después de terminada la iglesia se abrió una gran capilla adosada al crucero, dedicada a Nuestra Señora del Rosario.” En el interior he tenido la oportunidad de oir un poco de música grabada de órgano mientras extendía sobre el respaldo de un banco, mis mapas magreados.Por la Avenida del Reino, he tomado la carretera a Orihuela, de la que me separan unos siete kilómetros. El límite con la provincia de Alicante se encuentra en “Los Mojones del Reino” o comúnmente llamados “Los Pinochos” y que son dos monolitos, obra civil ejecutada a mediados del siglo XV para separar los antiguos Reinos de Murcia y Valencia, levantados en piedra caliza tallada en bloques que se disponen configurando una pirámide que se levanta sobre una base cúbica de la misma piedra. Los dos hitos son semejantes y situados paralelamente en cada una de las orillas de la avenida. Su función continúa siendo la de marcar el límite geográfico entre la Comunidad Murciana y la Valenciana.Los mojones han sufrido las inclemencias del paso del tiempo, por lo que han tenido que ser restaurados algunas veces. La última fue a finales de la década de los noventa. Son el símbolo más paradigmático del municipio y con los que los vecinos se sienten más identificados. He seguido la carretera C.V. 915 y nada más salir se van viento plantaciones de limoneros y terrenos inundados para el cultivo. La vía se estrecha y carece de arcén; hay arreglos de mejora del firme y resulta complicado caminar. Cae la tarde sobre los Montes de Orihuela y he llegado al poblado de Los Desamparados por la travesía Avenida de Liorna y desde allí a un paso ya, Orihuela, ciudad de importancia considerable, donde se ven edificios por todos lados.El viajero ha notado por dentro que terminaba su viaje y que se sentía moderadamente satisfecho con lo que había visto y andado y de paso ha estado pensando un título para este viaje creyéndolo encontrar en lo que considera un resúmen de lo acontecido, una frase que define el principio y el final de su ruta: “Vélez hacia la cuna de Miguel Hernández”, acordándose de este poeta tan especial para él.
Cae el Sol, se oculta en el momento en que he hecho una foto al horizonte. Al entrar por la ciudad, he pregundado por una pensión y he ido a alojarme a la pensión Versalles, en la calle San Cristóbal. La señora que está al cargo de los huéspedes es una mujer mayor que apenas puede andar. Me ha ofrecido una habitación que no está preparada, que no han hecho limpieza desde el último cliente, pero que he aceptado con algo de descuento. Es la número 5 y creo que dentro del saco sobre el colchón no estaré mal, además tiene terraza al exterior desde la que se puede apreciar la montaña y la torre de la iglesia de Santa Justa y Rufina, iluminada por la noche. Huele a ocupación reciente, a humanidad y he quitado los postigos de aluminio de las ventanas para ventilar bien; después me he duchado y he salido para dar una vuelta.Al pasar delante de la casa de aquella primera gente que conocí a la llegada a Orihuela en la calle Luis de Rojas, he parado un rato para charlar con Antonio Alcaraz. Este señor conserva en su poder una importante biografía con imágenes de Miguel Hernández, que me ha mostrado desinteresadamente, haciendo alardes de su hospitalidad y cordialidad. Además, a Antonio le gusta coleccionar objetos diversos y bastones de caña de bambú que guarda celosamente. Tiene cuadros y fotos.


He ido a llamar a Beti por teléfono y luego me he tomado una cerveza en la Plaza Nueva.

 

 

SEXTO DÍA: 20 DE AGOSTO DE 2001

El viajero se ha despertado ya con el sol arriba y pasadas las ocho y media de la mañana. El viajero siente daño en los pies y varias ampollas en el pie izquierdo que le hacen cojear un poco. He mirado a todos los lados y solo se ven campos desiertos de color blanquecino. Me he incorporado y bajado como he podido a desayunar a la travesía del pueblo, al bar Isabel. Un chico de los de anoche, me sirve un café con dulce y sin más, me he colocado una tirita y dejado el pueblo, tomando a la izquierda la carretera hacia Campos del Río, a unos cuatro kilómetros. Hay que subir un poco, nada más salir, para luego llanear por los campos que sueñan con una buena tormenta en condiciones.He llegado a Campos del Río, casi sin darme cuenta y al entrar, me he metido por un paseo peatonal. He comprado zumos y chocolate y al salir a mi derecha, después de que un señor muy amable me ofreciera un lavabo para refrescarme al final de su garaje, paso delante del busto sobre pedestal de la Tía Juana de Calderón. Debajo hay una dedicatoria con fecha : “ Su pueblo 2.. - 6 - 86 “. Al nº 2 le falta acompañante, otra cifra que se ha perdido. He continuado hasta Alguazas a unos doce kilómetros por la misma carretera. El sol pega con fuerza, desfiando y el viajero tiene que echar mano de su cantimplora para calmar su sed. He pasado el cruce de Los Rodeos, que dista un kilómetro y medio de la carretera. Terrenos de melocotoneros y albaricoqueros en menor proporción. Huele a aguas residuales y las cigarras chillan con desesperación. El viajero nota molestia en el pie y se resiente. Cuando pasan los coches, tiene que apartarse un poco del asfalto y estar pendiente. Percibe el olor de los ocupantes de los vehículos, un olor que se quedó atrás, que viaja más despacio y que poco a poco se disuelve. A la izquierda, queda la finca Los Almendros, con árboles frutales. Se ven de vez en cuando balsas de agua para el regadío y algunas casas a lo lejos apiñadas, tambien edificios. Detrá, otras montañas. Tras pasar el cruce que a la derecha conduce a la Presa de Los Rodeos, de la Confederación Hidrográfica del Segura, he pedido agua en una cortijada con frutales, que me han servido, rellenando mi cantimplora desde una gran cántara con pitorro. Hace un calor sofocante, vuelven los cultivos de limoneros y el paisaje se hace algo más rico, más verdoso y con más arboleda.He llegado antes de lo que esperaba a Alguazas, pasando delante de los primeros almacenes, fábricas de conservas y polígonos industriales. He ido a una fuente a refrescarme, una fuente que tiene un pulsador que dura poco tiempo. El viajero, para apañarse bien, tiene que pedir ayuda a un chaval y la ofrece a su vez a una chica bonica que lleva un carrito para repartir correspondencias, un carrito amarillo con ruedas. Hemos hablado y mis palabras iniciales obtienen respuesta en su rostro empapado, en su cara sudorosa y aliviada por el agua. Ella, como yo, ha sentido la necesidad de agua y el alivio de la fuente. Algo nos une. Hemos caminado juntos hasta la plaza del Ayuntamiento. La he invitado a una botella de agua mineral en el pórtico ensombrecido del Hogar del Pensionista. La conversación nos ha hecho intimar, en confianza, sorprendidos por los efectos comunicativos, algo cómplices, coincidentes. Ella se ha marchado para comer, dejándome su dirección y yo he hecho lo propio. Se llevó mi móvil para recargarlo. He ido a almorzar al bar Pinar en la plaza de la iglesia de San Onofre. Plato combinado con alto contenido de grasa y huevos fritos, ensalada incluida. Desde mi mesa, con el resto de comensales a mi alrededor, escribo estas notas. He pagado, precio asequible y buen servicio ( 900 pesetas ). Sobre las tres menos cuarto he ido al lugar de la cita con la chica: cafetería Centro, que está situada en una esquina de la Plaza de la Región Murciana, donde hay una gran chimenea de ladrillo y a sus pies una fuente redonda. He tenido que esperar a que abrieran el local. Al poco tiempo he entrado y después, enseguida ha llegado ella, con otra blusa que deja al descubierto su delgadez; es una blusa azul con volantitos y está guapetona, linda. Hemos charlado alrededor de un café en una mesa de la parte de arriba; luego me tomé un pacharán.

El viajero se siente bien, locuaz y dicharachero y ha hablado de lo lindo. Sobre las cinco y media aproximadamente, le han llamado por teléfono y le ha entrado prisa por marcharse. Así es que la he acompañado y nos hemos dado varios abrazos de cariño en su puerta. Me ha dado, de recuerdo, varias ceras de colores con golosina dentro y una baraja de cartas de Mortadelo y Filemón que quise abrir pero no me dejó. Al marcharse me he sentido un poco nostálgico, pero no mucho que digamos. He pasado por la Plaza de Pío XII, donde en el centro de la misma el pueblo de Alguazas, en una estatua, rinde homenaje a su médico D. Francisco Ayala Hurtado, año 1979. He salido del pueblo antes de las seis y me he puesto a caminar bordeando un polígono industrial para después tomar la carretera N - 344 hacia Molina de Segura, todo el trayecto a pie por el arcén. Al llegar a este pueblo, mejor, a esta ciudad con grandes edificios y tráfico abundante, no quise parar y continué la marcha por la N - 301, cruce a la derecha dirección Murcia, pasando al lado de la antigua estación de Renfe con todas sus letras : “Molina de Segura”. Tiene encanto este edificio y contrasta su belleza con el resto de los edificios que le rodean, modernos e impersonales.
El viajero va pensando que Alguazas ( es curioso, tardo en acordarme del nombre ), significa “entre dos aguas”, tal como me dijo la chica. Y que de igual manera existe un paralelismo entre los dos amores que mantiene ella y que ninguno puede dejar.

A la salida de Molina, caminando con precaución, pendiente del tráfico a cada momento, he tomado por la calles paralelas a la autovía, donde el fluir de vehículos es incesante. He entrado en un bar para pedir agua y continuado por el arcén hasta aproximadamente un kilómetro, donde he podido tomar la vía de servicio. Caminar por carretera y aún más por esta, se hace arduo, monótono, fustigante. Huele a ajo; es un olor penetrante.
He tenido que pensar en mil cosas buenas para aliviar el peso. Tras un par de horas de camino, con el pie izquierdo dolorido por las ampollas y sudoroso al máximo, he podido alcanzar las primeras viviendas de Espinardo, un pueblo situado en los aledaños de la ciudad a la que parece que no voy a entrar nunca. Ahora camino por una vía en construcción, unos acerados de baldosas rojas, al lado de unos jardines.
Cuando he llegado a Murcia caía la tarde. He entrado en dirección a la Gran Vía Escultor Francisco Salcillo y he caminado por ella hasta dar con el paseo al lado del Segura. He preguntado a un municipal que se llama Antonio, en la puerta del Ayuntamiento y al que tambien le gusta caminar. Me ha dado un plano de la ciudd y después he cruzado el Puente de los Peligros, o Puente Viejo, donde una una placa que nos informa que comenzó a construirse en 1718 y que fué diseñado por Toribio Martínez de la Vega. He bajado el puente para buscar una pensión y me he metido en la primera que he visto: Pensión Avenida, calle Regaliciar, pasando por Canalejas y luego a la derecha. He subido las escaleras con dificultad. Me han tomado los datos, cobrado 2500 pesetas y las llaves de la habitación 205 y aunque me ha parecido cara en relación con la calidad pésima del establecimiento, he aceptado por el cansancio que llevaba y las pocas ganas de seguir buscando. Me he metido en la habitación y luego en la ducha. He lavado ropa y tendido la colada como he podido con una cuerda desde la ventana al perchero. Hay un ventanuco, un lavabo, una silla, mesita y cama desvencijada. Al viajero todo esto le parece un abuso y piensa que la naturaleza le ofrece mejores condiciones para su caminar, aunque tambien tiene que reconocer que en las ciudades es mejor meterse a cubierto aunque sea aceptando lo que te echen. El viajero es para el campo y los caminos como la miel para las hojuelas y ahora tiene que hacer de tripas corazón y tragárselas.

He salido para curarme un poco las ampollas al Hospital Universitario o de La Cruz Roja, donde me atendió una enfermera que se llama Beatriz, tumbándome en una camilla para inyectarme dentro de la ampolla yodo con una jeringuilla. Luego me he marchado cojeando hasta un banco al lado del rio, donde me he sentado para hablar con Beti por teléfono, durante casi media hora. El Segura transcurre silencioso, como silenciosa es la noche de Murcia. Luego he ido a la pensión para dormir. Se oye el ruido de los vehículos, un ruido estridente que entra por la ventana como un grito. “ ¿ Dónde ese olor de pinos ?, ¿ dónde esa noche de estrellas ?. “ El viajero corre riesgos, uno de ellos al escribir, pues se da cuenta de que a veces es alguien misterioso quien escribe sobre él. El viajero escribe sobre su camino y el camino, al mismo tiempo va escribiéndolo a él, va haciendo al viajero. Camino y viajero son, casi siempre, la misma cosa.

QUINTO DÍA: 19 DE AGOSTO DE 2001

Al viajero le han llegado las ocho de la mañana dentro de su saco y no le ha importado, pues hoy no piensa caminar mucho. En el cielo azul intenso, se refleja la placidez de este primer domingo de viaje. El viajero durmió bien y apenas se desveló. Cuando se pone en pie, toca la hora en el reloj de la torre y al poco tiempo repite su sintonía por si alguien se despistó en el cómputo de campanadas.El viajero se levanta al fin, recoge sus cosas, hace una necesidad y baja al jardín, pasando delante de la casa que le cobijó. Es una casa vieja, de fachada amarillenta, donde vive, al parecer, una mujer mayor que hace poco tiempo enviudó.He atravesado el puentecito y me he lavado la cara y las manos en una fuentecita con pulsador. Es un chorro que enseguida se corta y hay que apretar con una mano y apañarse con la otra. He bajado hasta la Glorieta y me he metido a desayunar en el bar Santana. Apenas hay gente por las calles. Me he tomado un café con leche y dos madalenas hechas en un horno del pueblo.El viajero escribe estas notas mientras tose de cuando en cuando. El viajero se dió cuenta de que le ha salido una ampolla en el pie izquierdo que le produce molestias; ha pedido aguja e hilo, pero no me lo pudieron dar. He dado un paseo hasta la Plaza Mayor, donde hice una foto y me senté a tomarme un anís con un hielo en el bar El Casino. Hoy es domingo hasta para el viajero, que se deleita de la copa y del silencio que le rodea. Arriba, en un cable de la luz, se oye la conversación de dos golondrinas. El viajero necesita de estos momentos de sosiego y quietud par abstraer su mente y aunque su camiseta está seca, sigue caminando por el plano, recorriendo con el bolígrafo, los lugares por donde ya pasó y se embelesa mirando a cualquier parte, disolviendo en el anís las ganas de caminar. De vez en cuando, le gusta sentirse un poco sedentario, aunque solo sea transitoriamente y se camufla entre los vecinos del pueblo, que uno a uno van acudiendo a los bares mañaneros para leer el periódico y estarse quietos, medio paralizados, durante horas.En la iglesia de Santiago hay misa a las diez y van llegando las viejas para la celebración. Esta iglesia fué declarada de Interés Cultural en 1983. Según me he documentado, la primera iglesia parroquial de Santiago se terminó de edificar en los años veinte del siglo XVI y debido a la pobreza de los materiales empleados en la obra, fué deteriorándose con el tiempo, por lo que en 1667 se proyectó la construcción de un nuevo templo de mayores proporciones junto al viejo. El día 23 de marzo de 1778 fué bendecida la nueva parroquia. El edificio tiene planta de cruz latina, con cúpula sobre tambor en el centro del crucero, nave central de cinco tramos, seis capillas laterales y ábside que incluye el altar mayor. Cabe destacar que procedente del templo anterior, se conserva una escultura en madera del santo tutelar y una imagen de la Virgen con el Niño, ambas del siglo XVI. En el crucero hay un retablo que debió ser realizado hacia 1770 y dedicado a Nuestra Señora de los Dolores.Al lado, hay una cruz de mármol negro con leyenda: “ En memoria a las víctimas de la guerra”. Por la otra puerta, unas mujeres barren los restos de legumbres arrojadas para una boda. Hay tambien papelillos de colores. Sobre la puerta, grabadas en la piedra, unas frases en color negro: “ La religión católica, apostólica, romana, única y verdadera. La Nación la protégé por leyes sabias y justas y prohibe el ejercicio de cualquier otra. Constn. de La Monra. Espa 71º 2º Cap. 2º Artº 12. Al viajero le hace gracia y lo escribe. La patrona de Pliego es la Virgen de Los Remedios y en el Barrio del Cristo está la ermita con la Virgen, cuya estructura original ha sido remodelada a través de los años, aunque su fábrica es barroca, del siglo XVIII. Se trata de un edificio de planta basilical con tres naves. El desnivel entre la central, de mayor altura y las laterales, se aprovecha para iluminar el interior. Por fuera, varios contrafuertes absorben los empujes de la nave central, que está cubierta a dos aguas. La fachada y el interior han sido respetando el juego de líneas y el remate en forma de pequeña espadaña.


Como ejemplo de la presencia de los primeros pobladores de Pliego, se encuentra el asentamiento de la Almoloya, centro urbano de la Edad del Bronce en su fase argárica, que se mantuvo activo durante el segundo milenio a. de C.
En la Edad Media, destacó un foco de poblamiento que se encontraba en las inmediaciones del barranco de La Mota, como el poblado fortificado de La Mota ( siglo XII-XIII) declarado Bien de Interés Cultural en 1985 y constituyendo el primer asentamiento medieval islámico de importancia en el actual término de Pliego, Castillo de Pliego ( siglos XII - XVI ) que según el Tratado de Alcaráz ( 1243 ), pasó a manos de militares castellanos al constituir un recinto seguro para controlar la población mudéjar de La Mota y cuya fortaleza quedó fuera de uso y abandonada en los primeros años del siglo XVI, conservando actualmente la parte de la Torre Principal y de la Antemuralla y núcleo urbano de Pliego ( desde el siglo XIII hasta nuestros días ).El viajero se sienta a la entrada de una casa a escribir y las señoras, provistas en su mayoría con abanico, entran a misa. Dos mujeres, en la puerta, buscan monedas para el cepillo. Una señora friega la puerta de su casa baldeando agua con un cubo. Se aceleran las campanadas; es el último toque. Al mismo tiempo, en la Torre del Reloj, ubicada en la calle del mismo nombre, dan las diez de la mañana. La construcción de esta torre es del siglo XIX. En mitad de la calle Federico Balart ( 1831 - 1905 ), hay una placa dedicada a este “ inspirado poeta, preclaro crítico e ilustre político y periodista. Sobre este personaje hago una breve reseña biográfica : “ Nace en Pliego, el día 22 de octubre de 1831. Como muchos de los literatos murcianos, tras estudiar el Bachillerato, cursa los estudios universitarios de Derecho. En 1870 es nombrado subsecretario de Gobernación. Al retirarse de la política ocupa el cargo de contable en el Banco de España. Hasta 1894 su labor literaria se limitó a trabajos publicados en la prensa, pero su fama literaria le viene sobre todo de su libro «Dolores», publicado cuando tenía 63 años. El libro estaba inspirado en la muerte de su esposa y en la soledad de su ausencia. Además de este libro publicó, también en verso, «Horizontes» y en prosa, «Impresiones, Literatura y arte». Póstumamente aparecieron los libros en verso titulados «Sombras y destellos» y «Fruslerías». En 1891 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, aunque no llegó a tomar posesión del cargo. Murió en Madrid el 11 de abril de 1905.”
Y de paso, llevo a estas páginas uno de sus poemas.SOLEDADCuando abatido dejo mi casay al campo salgo, triste y sombrío,tal vez me quedo mirando al río,tal vez me quedo mirando al mar:Como esa linfa que pasa y pasa,fueron mis dichas y mis venturas;como esas olas mis amarguras,que van y vienen sin descansar.Mudo y absorto, solo y errante,ya en mí se cifra mi vida entera:nadie se cuida, nadie se enterade los suspiros que al viento doy.Ya no me queda ni un pecho amanteque con sus penas mis penas junte,ni un dulce labio que me preguntede dónde vengo ni adónde voy.Nadie ve el duelo que mi alma llena;mis negras dudas a nadie fío;todas mis fuerzas embarga un fríoque al fondo llega del corazón;y a solas paso mi amarga pena,y a solas vivo y a solas muero,como en la nieve muere el corderoque entre la zarza dejó el vellón.(Dolores)El Ayuntamiento le dedica este recuerdo . 30 de mayo de 1959. Al mismo tiempo que este personaje pleguero ilustre, destacan tambien Francisco Sandoval y López, catedrático de filosofía, junto a Pascual Martínez Abellán, uno de los precursores de la lingüística en su época.El viajero se mete por la calle Mayor, dejando a un lado la calle Posada, que sube desde la plaza y desde la Glorieta, se baja a la carretera que va a Mula. El viajero abandona así el pueblo, quizá un poco antes de lo esperado y no deja de reconocer que si le hubieran dado conversación o se hubiera entretenido en hojear algún folleto de la historia de Pliego, quizá se hubiera quedado más tiempo, sentado a la sombra de un toldo o al amparo del aire acondicionado de alguna cafetería.
He caminado muy despacio hacia Mula, que está cerca y no hay prisa por llegar. Es una carretera en linea recta. Al fondo se ve este pueblo y a ambos lados de la carretera, se extienden cultivos de albaricoqueros. He parado para cruzar unas palabras con un señor que estaba detrás de una valla. El albaricoque se recoge entre mayo y junio y se paga a unas setecientas cincuenta pesetas la hora. Los trabajadores, en su mayoría, son extranjeros, moros y ecuatorianos.


Al viajero le resulta monótono el camino por el arcen, pero no han pasado demasiados turismos ni camiones, por ser día festivo. He cruzado el puente sobre el río de Pliego, que va seco, aunque más bien podría decirse que no es ni siquiera un río y que solo hay piedras y arena. He llegado a Mula, a seis kilómetros de Pliego y que ya venía viendo desde lejos.
Al entrar en el pueblo y después de atravesar unos almacenes de fruta, me he metido en una cafetería para tomar un café.


El viajero da una imagen intelectual, un poco bohemia quizá, cuando llega a un sitio y se coloca solo, extendiendo planos y cuadernos sobre la mesa y en silencio, se pone a escribir un buen rato. Al principio, las miradas se centran sobre él, luego le dejan estar. El viajero, siguiendo las indicaciones, se va a buscar el museo arqueológico y que por fortuna está abierto hoy domingo; se recorre las calles de Mula y ahora está dentro del museo, a cuya recepción se encuentra Lucía, una chica de ojos azules, bueno, uno azul y el otro, según dice, verde.


Me ha pedido el carné de identidad y he cruzado con ella algunas palabras. He dejado la mochila en la planta baja y subido a la primera planta. Según lo escrito en un folleto que edita el Ayuntamiento de Mula, la Concejalía de Turismo, puedo contar lo siguiente sobre el museo: “ Su nombre, Museo de El Cigarralejo, procede de que en este lugar se custodian los materiales arqueológicos aparecidos en el yacimiento ibérico del mismo nombre y datado en el siglo IV - I antes de Cristo. Las excavaciones han sido llevadas a cabo por el ingeniero de caminos D. Emeterio Cuadrado Díaz, desde 1948 a 1988, encontrando un total de 547 tumbas. En las vitrinas se guardan restos de esta cultura relacionados con la vida social, económica, doméstica, guerrera, etc. La sede del museo es el palacio del Marqués de Menahermosa, edificado hacia 1750 por Doña Magdalena de Mena Ferrari. Es construcción barroca con ladrillo visto y tapial. Los mármoles rojos de la portada son de Ceheguín. El ayuntamiento de Mula compró el edificio que lo cedió al Estado para sede del museo”.El viajero conoce a Juan García Sandoval, dinamizador del museo y habla con él, recibiendo de su amabilidad, folletos en los que sustenta esta información documental y del que se despide con un fuerte apretón de mano.He subido por una calle que lleva a la Plaza del Ayuntamiento, calle Poncio y he parado en el bar El Casino, o bar Bahía de Santander, regentado por José Ángel. Cerveza y tapa en el exterior, frente a la iglesia de San Miguel.............(poner detalles )...................... Una niña de cuatro años, que se llama Andrea y que es la hija de José Ángel, ha estado husmeando en la mochila. Todo lo pregunta y al viajero no le parece mal responder. La niña, inquieta, me lo toca todo, indagando en los bolsillos del macuto y extrayendo cosas de él.


Al viajero le gusta que los niños se le posen a su alrededor e incluso que se lo revuelvan todo, pues necesita acercamiento, confianza y caer en gracia. Aprecia la atrevida ingenuidad de la chica y le hace una foto con su gorra y todo.Sobre la ciudad de Mula y partiendo de la información obtenida en otro folleto que ha caído en mis manos, de igual formato que el anterior, puedo contar sin aburrir: “El más antiguo de los templos parroquiales es el de Santo Domingo de Guzmán, antigua mezquita. Fachada renacentista, claustro barroco e interesante ajuar.


Cabe destacar la parroquia de San Miguel Arcángel, a la vista del viajero, empezada a construir hacia 1560. En la fachada que da a la plaza puede contemplarse un esbelto campanario dieciochesco y portada con mármol de Ceheguín. Su interior es barroco con planta de cruz latina.Convento de la Purísima Concepción, franciscano. Su fundación se atribuye al Tercer Marqués de los Vélez y al Concejo de la ciudad. El conjunto consta de iglesia, claustro y convento propiamente dicho. Antiguo hospital y posteriormente desamortizado ( 1835 - 1836 ) pasando a propiedad del Estado y vendido a D. José Bayona en 1849. El convento se dedicó a vivienda y posada y el tempo se alquiló para teatro. Fallecido D. Juan Bayona, sus dos hijas heredan la Iglesia y éstas, al ser religiosas, la donan al obispado. Se cierra definitivamente en 1917 y se convierte en almacén de carpintería, hasta que recientemente, una vez restaurado, se ha vuelto a abrir al culto. En sus bajos se ha instalado una oficina de turismo.Santo Domingo, San Miguel Arcángel, Convento de la Purísima Concepción y Real Monasterio de la Encarnación, son hitos religiosos que jalonan el entramado urbano de Mula.”


El viajero se come un plato de cuchara a base de patatas cocidas con bacalao y ensaladilla. Al viajero lo tratan como a un rey y mientras come, pone su cuaderno y folletos en una mesita auxiliar que le colocaron a su izquierda. A Andrea le gusta el baile y se lo demuesta al viajero con coreografía inclusive. La niña, sentada en una silla en la misma mesa que el viajero, a su derecha, escribe su nombre en un papel y pinta a una reina, con una corona inmensa y las piernas que le salen de la cabeza con dos bolitas para los pies. Al viajero, después de comer, le entra sueño, paga, le invitan a un café, charla un buen rato con Maite, la mujer de José Ángel y hasta congenia con ella. Ambos son de Santander y llevan cuatro meses en Mula. El viajero se lava los dientes y después de despedirse con dos besos, sale en busca de una sombra para echarse un rato y la encuentra junto a la pared del Centro Joven, sobre un banco de piedra. Las moscas y los ruidos le impiden conciliar el sueño y entra en el propio centro juvenil, donde tienen música clásica puesta a todo volumen, como en el orfeón donostiarra.


El viajero se afeita donde puede; esta vez en los servicios del local y después se sienta y escribe algo sobre Mula, sobre su historia: “ El período más antiguo del que se han encontrado restos es el Paleolítico Medio y en el Cerro de la Plata. Cultura Ibérica en el Cigarralejo, presencia romana en el Cerro de la Almagra, campo de Cajitán, Villaricos y en Los Baños de Mula, localidad esta última donde el día 2 de febrero de 1999, se localizó el epicentro de varios seismos de 3,5 y 5,2 grados en la escala Richter y que afectó a las provincias de Alicante, Almería, Albacete, Valencia, Castellón y Madrid y que por fortuna solo causó daños materiales. En el Pacto de Teodomiro aparece Mula y así se demuestra que fué una de las siete ciudades más importantes del sureste peninsular hasta el siglo X. Influencias del Islám las encontramos en el Castillo de la Puebla o de Alcalá y en el trazado de las murallas que cercaban la ciudad en esa época. El castillo fué reconstruido como fortaleza por el primer marqués de Los Vélez en 1525, fortaleza de Los Fajardo. Mula fué declarada, en su casco antiguo, Conjunto Histórico Artístico Nacional en 1981.He dejado el Centro Juvenil y subido al Monasterio de la Encarnación, el cual está habitado por religiosas de la orden de Santa Clara desde hace más de trescientos años. He llamado a la puerta pero no se puede visitar, tampoco la iglesia, que están reformando.
El viajero no obtiene permiso para entrar, permiso que solicitó a través del telefonillo y se sienta en el porche para escribir, esperando que pasen las horas de calor. Luego se levanta, cruza la calle de Las Monjas, estrecha y sombría y se va a parar a la ermita de Nuestra Señora del Carmen, tambien cerrada. Las vistas son buenas desde aquí. He bajado por la calle Barrancal, que la bautizaron así por ser la salida natural de las aguas recogidas por los montes del noroeste de la ciudad. En el siglo XVII se denominaba como Barranco de las Galianas, por servir de vereda de ganado. He bajado a la carretera, pero antes de salir del pueblo, he pedido aguja e hilo a una señora que cosía tras la ventana, para atravesarme la ampolla del pie; así es que me he sentado en el suelo y he dejado el hilo blanco cosido en la piel. Unos chicos que venían de la piscina, me indicaron una vía alternativa para caminar, es la vía verde que une Caravaca con Murcia y que sigue el trazado de la antigua vía de tren, pasando la carretera, justo al lado.
El viajero se siente bien y aunque sean poco más de las seis de la tarde y haga calor, se ha puesto a andar porque no podía estar más tiempo en Mula y acudió al camino como hijo de él, pues es el caminar lo que realmente le da razón de ser, lo que le ubica y le hace sentir bien. El viajero ha tomado una ruta que aunque está asfaltada, es tranquila y no hay desniveles.He pasado por campos de huertos y casas de labor donde se cultivan limoneros y albaricoqueros, caminando en línea recta y atravesando un puente a gran altura sobre la rambla seca del río Mula, donde han aprovechado para el cultivo.La comarca del Río Mula, se sitúa en el centro de la región murciana. Comprende los municipios de Albudeite, Campos del Río ( con su anejo de Los Rodeos ), Mula ( con las pedanías de Yechar, La Puebla de Mula, Los Baños de Mula, Fuente Librilla, Casas Nuevas y El Niño de Mula ) y Pliego. Este territorio abarca una gran cuenca sedimentaria, ligeramente inclinada hacia el Este, atravesada por los ríos Mula y Pliego, los cuales han creado fértiles huertas de los cuatro pueblos de la comarca con gran abundancia de ramblas y barrancos.El viajero se asoma por la barandilla del puente y piensa en la altura y en la caída. Después he llegado a un cruce con la carretera, la he atravesado y continuado en línea recta, separándome de ella. He encontrado un nuevo puente, aún más alto que el anterior, un puente con una altura que da pánico y desde donde he fotografiado la aridez del terreno y las formas caprichosas de la roca. En el cruce, a la derecha, se pueden ver las casas de la Puebla de Mula. El terreno es de una sequedad asombrosa, como en el desierto almeriense y el viajero, acostumbrado a la monotonía, camina y calla, sin demasiadas consideraciones. He sacado de la mochila el librillo de Miguel Hernández y leído casi toda la elegía por la muerte de Federico García Lorca. Justo en este momento ha pasado un ciclista y lo he parado, oportunamente, para preguntar, pues más adelante la vía asfaltada se termina y llegamos a un cruce donde se sitúa la antigua estación de Los Baños de Mula, semiderruída ya, pero aún con el letrero que la identifica como tal.


Al viajero le dan algo de nostalgia las estaciones abandonadas, como testigos de lo que fueron y ya sin vía férrea que las sustente, sin pasajeros que la llenen, sin ruido de trenes a los que esperar. Por indicaciones del ciclista, el viajero toma a la derecha por la vía asfaltada, aunque se ha informado que continuando en linea recta, se puede seguir la via verde que traía.He bajado por carretera en espiral hasta un puente sobre un río con algo de agua y vegetación por las aguas termanes de los baños. He tomado a la derecha, haciendo varias fotos al paisaje y al poco tiempo he llegado a los baños, a las primeras casas de la aldea de la Misericordia, solitarias. Han llamado poderosamente mi atención, en su tranquilidad, en su silencio de encanto, casi como un cuento. Después la cosa ha cambiado y llegan los edificios, los vehículos y las casas que ofrecen baños por horas en habitaciones como nichos. He entrado para preguntar, en un bar con baños, pero me ha parecido pequeño, ridículo y al precio de mil pesetas la hora, incluso abusivo. En la puerta, antes de irme, me he quedado hablando un poco con una gente que estaba sentada bajo la sombra y su curiosidad nos ha adentrado en varios temas de conversación.A la salida del pueblo, al pasar una curva, hay una fuente, maravilloso presagio, un pilar pequeño junto a la roca, con varias salidas de agua, que además poseen la misma temperatura que la de los baños.El viajero no se lo piensa dos veces y se desnuda, se coloca el bañador y aunque el espacio es reducido y algo incómodo el baño completo, se enjabona y se aclara luego, notando el bienestar del agua caliente en su piel y en su interior, la suavidad con la que cubre su cuerpo.He tenido que agacharme para aclararme el pelo de champú y justo al levantarse he dejado una tira de piel de mi espalda en el caño. Ahora me escuece y noto sangre. He salido, me he vestido y continuado, repuesto y aseado, carretera arriba hasta el cruce y luego a la izquierda, por la vía de servicio paralela a la carretera que enlaza Mula con Alcantarilla. Al entrar en la Venta de la Magdalena, he tomado varias cervezas y algo de chacina de tapa y me dieron yodo y gasas para darme un poco en la herida. He seguido, ya a la caída del sol, por la pista que es ahora de tierra, pasando tras una gasolinera y recuperando de nuevo la carretera que conduce a Albudeite.He estado durante mucho rato hablando con Beti, que me llamó al móvil muy animado y emocionado. He sentido mucha nostalgia y a la vez, alegría. Al llegar al cruce he optado por tomar hacia la derecha. Ya oscurece, se ven las luces del pueblo allá abajo. He entrado por la primra calle de Albudeite y me he quedado un rato hablando con unas mujeres sentadas al fresco, con los niños alrededor jugando. Me han ofrecido agua. He continuado la calle que va serpenteando hasta llegar a un cruce y luego a la izquierda, hacia el centro de Albudeite.La gente, inquieta y más aún los chiquillos, no pueden evitar su curiosidad y preguntan lo más inmediato que les viene a la cabeza cuando me ven pasar: - “ ¿ de donde eres ? . El viajero responde como puede y va solucionando su papeleta, renunciando a duras penas a su anonimato. En el cruce, sentados en un banco, apiñados, hay un grupo de chavales que lanzan ironías contra el viajero, el cual va saliendo adelante, con la mayor educación posible.Me he adentrado en el corazón del pueblo, justo cerca de la iglesia de Los Remedios y se me ha ocurrido meterme en el bar del hogar del pensionista o de los mayores como pone aquí, quizá para resguardarme un poco. Aquí he cenado carne con salsa, albóndigas y algo de pan, tambien cerveza. He escrito estas últimas notas con algo ya de sueño.
Albudeite cuenta con algo más de mil trescientos habitantes y la distancia a Murcia es de veintiseis kilómetros
Sobre el escudo del pueblo he encontrado lo siguiente:“ El blasón está partido por la mitad. A la derecha, sobre fondo azul, una montaña y, sobre ella, una flor de lis en oro. A la izquierda tres rocas con tres ortigas de seis hojas cada una, sobre ondas de playa y azul y campo de plata. Los símbolos representan la jurisdicción del Marquesado de los Vélez, y del marquesado de Beniel.”


La historia de Albudeite nos habla de un castillo levantado sobre el escarpe donde se asienta la villa, fortaleza que siglos más tarde se transformó en mezquita. El obispo Aguilar, en su libro las Constituciones y Fundamentos de la Iglesia de Cartagena, la cita por primera vez en el mundo cristiano, referencia que después recogería el licenciado Cascales en sus Discursos Históricos. Desde que el rey Juan II la cediera a los Fajardo, fue vendida a los Ayala quienes, a su vez, la entregaron a don Luis de Guzmán, descendiente por linea directa del beato Santo Domingo que vino a predicar a los judíos por mandato expreso de los Reyes Católicos.
En el año 1.410 acaeció un hecho trágico: el alcaide, Antón García de Foloes, y su esposa, fueron asesinados por uno de sus criados, un musulmán cautivo del Reino de Granada que se dio a la fuga con dos rehenes, fue capturado cerca de Alcalá y traído a Albudeite para su posterior ajusticiamiento. La población era exclusivamente árabe y, paradójicamente, la expulsión de los moriscos que desplobló el valle de Ricote, no afectó a la villa. En 1.652 padeció las trágicas consecuencias de la riada de San Calixto que destrozó la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios y las casas y bancales más próximos al cauce del río Mula.Solo el fútbol en la televisión, rompe el silencio absoluto. Después de cenar he salido a dar una vuelta por el pueblo hasta el puente. Albudeite está animado y hay gente y chiquillos por todos lados. El viajero, con su mochila a cuestas, va llamando, sin querer, la atención. Al viajero le gustaría haber pasado desapercibido y estar un rato solo, sentado al fresco, hasta que le entrara sueño, e irse a dormir; pero al viajero le reclaman por todas partes y tiene que coordinar las intervenciones con un gesto reclamando paciencia con la mano.En un jardín a la orilla del apenas reconocible río Mula, he conocido a unas chicas que hablan de amores y que quieren sentirse famosas, pidiéndome que las incluya en estos apuntes para que un día, puedan leer su nombre y apellidos en algún libro editado. Enseguida se dá uno cuenta que estas muchachas, como tantas otras, ven demasiadas películas y no le he dado más importancia. He estado un rato sentado y luego he subido, cruzando el puente, a la parte más alta del pueblo. Unos chicos, sentados en piña en un banco de madera, me han llamado y he acudido para satisfacer sus deseos de curiosidad.El viajero ha dejado su mochila en el suelo y ha estado bastante tiempo hablando de lo que le pasa, notando como sus interlocutores llegaban incluso a cansarse. A partir de entonces, seguramente, al viajero lo han mirado con otros ojos, como incorporándolo a su círculo de gente conocida, dándole un baño de cotidianidad, arma con doble filo de la que espera huir pronto.He subido la cuesta y a la derecha he encontrado el parquecito que me indicaron para dormir, donde no hay fuente, pero sí la tranquilidad que busco, iluminada por las farolas que atraen insectos. Una pareja se deleita en compañía, sobre un banco. Unas señoras ofrecen una botella de agua fresca al viajero, que no desprecia. Me he tumbado en uno de estos bancos, al lado de un seto, una vez extendida mi cama de aislantes y el saco de dormir.Al viajero le ha extrañado y de paso agradece, que unas señoras se acerquen a él y le ofrezcan agua, venciendo la barrera de desconfianza natural que surge en estos casos. Coloca la botella al lado de su cama, rellena la cantimplora y se acuesta. Cuando ya estaba conciliando el sueño, se han acercado unos chavales que pidieron agua al viajero y se llevaron la botella; seguramente venían bien sedientos. A veces, el viajero tambien provee, de todo hay.

 

CUARTO DÍA: 18 DE AGOSTO DE 2001

Por la noche hizo un frío intenso y el viajero ha notado que tenía la cara helada y tuvo que cambiar de posición repetidas veces para no incomodarse. Por la mañana, el viajero se siente perezoso y aunque oyó cómo tocaron las seis y sucesivos toques, cada cuarto de hora, no quiso levantarse hasta las siete y media, justo cuando los vecinos comenzaban a salir de sus casas y se oían comentarios por las calles.
El viajero se siente resguardado y calentito en su saco y le cuesta ponerse en pie. Cuando al fin lo hace, recoge su mochila y va a asearse a una fuente, junto al torreón. De paso, hace una foto al horizonte, con el Sol que acaba tambien de levantarse, todo anaranjado, tras la cuna de las montañas.He bajado la calle y caminado hacia la entrada del pueblo. A mi olfato ha llegado el olor de una panadería y he entrado sin preguntar. Es un horno donde se elabora pan y dulces de pimentón. El panadero saca las tortas calientes y su mujer las corta a trozos a razón de once duros el trozo. El panadero es un hombre sin humor que se enfada a voces y reproches, lanzando improperios contra su mujer, que cansada, suspira. Se nota enseguida que está acostumbrada y no rechista. Al hombre no le ha parecido bien que haya tres personas, incluyendo a un servidor, mirando lo que hace. He cogido mi torta y me he marchado sin despedirme.
Más abajo del monumento a los Donantes de Sangre, obra financiada por la Caja de Murcia, me he metido en un bar, al lado de la tienda de regalos de alfarería, para tomarme un café y salir pitando, cuando rozan las ocho y media de la mañana.
El viajero toma la carretera que dejó ayer, a la izquierda, en dirección Bullas y comienza su caminar mañanero entre chalés y arboleda, tambien árboles frutales y almendros.
He caminado durante cinco kilómetros para llegar al cruce con el Collado Bermejo y con el camino que lleva al Escuadrón de Vigilancia Aérea nº 13, a doce kilómetros, y he tomado esta otra carretera que nos adentra en el Parque Natural. Sobre este paraje, Jerónimo Hurtado, en el año 1584 nos dice lo siguiente: “.. y á la mano derecha entre Aledo y Alhama ay una sierra notable llamada Aspuña; es la más alta deste reino y que primero se descrubre á los que nabegan de Berbería ú de lebante para España y ansí entiendo, que se a llamado Aspuña de España, como luego los navegantes en uiendo tierra apellidan el nombre Despaña...”

.Sierra Espuña es un enclave montañoso que se eleva en la zona central de la Región Murciana, encajado entre los valles de los ríos Guadalentín y Pliego, ocupando una superficie de algo más de veinticinco mil hectáreas, de las cuales, diecisiete mil ochocientas cuatro y desde 1995 han sido declaradas como Parque Regional.

El asentamiento humano más antiguo en esta zona, data del Neolítico medio y el Eneolítico ( entre 2000 y 3000 años antes de Cristo ), cuando el desarrollo de la agricultura y la ganadería hizo posible que en los valles más húmedos y cálidos se asentaran varios grupos humanos, dominando los fértiles valles de la periferia de la Sierra. Por esta zona existieron poblados argáricos , íberos y romanos, pero es sobre todo a partir del año 713 de nuestra Era y con la llegada de los árabes, los que mayores evidencias nos dejaron, siendo testimonio de ello, los poblados fortificados de Aledo, Alhama y Pliego o la introducción de cultivos como la vid, el trigo y el olivo.

Con la Reconquista, en una etapa de relativa paz, la población abandonó las fortificaciones para dedicarse a las labores del campo como la agricultura, la ganadería, el leñeo o el carboneo.Este aprovechamiento masivo de los recursos naturales de la Sierra produjo drásticas deforestaciones de sus montes. En el siglo XVI se comienzan a construir los primeros Pozos de la Nieve, antiguos frigoríficos en los que durante el invierno sse almacenaba nieve para producir hielo y utilizarlo durante el verano. Hoy en día existen veintiseis construcciones existentes, ubicadas a unos mil trescientos metros de altitud, constitiyendo uno de los complejos arqueológicos industriales más valiosos de los montes mediterráneos.

Refrescando un poco la historia del parque, podría decir que a finales del siglo XIX se llevaron a cabo trabajos de repoblación forestal a base de pinar, iniciándose hacia 1891 y prolongándose durante 12 años de trabajos, a cargo del insigne ingeniero de montes cartagenero D. Ricardo Codorniu. En ella, casi cinco mil hectáreas fueron cubiertas de este tipo de conífera. El buen resultado de esta acción hizo posible que en 1931 se declarasen algo más de cinco mil hectáreas como Sitio Natural de Interés Nacional. En 1973 se calificaron más de catorce mil hectáreas como Reserva Nacional de Caza y en 1978 el antiguo Sitio Natural, se recalificó como Parque Natural, ampliando su superficie a nueve mil novecientas sesenta y una hectáreas. En tiempos más recientes, en 1992, se le otorgó la categoría de Parque Regional.

El relieve de la Sierra es agreste y complicado, con abundantes y profundos valles y barrancos interiores y elevadas cumbres. Destacan el Valle del Río Espuña, Valle de Leyva, Barranco de Enmedio y Barranco de la Hoz. Entre las cumbres más elevadas, superando los mil quinientos metros sobre el nivel del mar, están el Morrón de Totana ( 1585 m ), el Pedro López ( 1566 m ) y el Morrón de Alhama ( 1507 m ).

En la Sierra encuentran su hábitat el jabalí, el azor, el búho real, el arrendajo, el piquituerto, la culebra bastarda. El espacio aéreo está ocupado por el águila real, las chovas piquirrojas y los aviones roqueros. Tambien, en las cumbres, existen ejemplares de muflón de Atlas, introducido en 1970 y el gato montés.El viajero no ha visto ninguno de estos animales, quizá porque no ha estado muy atento y se ha dejado llevar por la continuidad de sus pasos, de su infatigable caminar hacia arriba. Lo único que ha podido ver, porque se le ha cruzado al paso ha sido, dando saltitos, rojiza y extraña, una ardilla, la ardilla de Espuña, subespecie exclusiva de estos montes, con su gran cola y que después se ha subido al tronco de un pino.
Todo son pinares, pinares de repoblación donde podemos encontrar tres variedades: el pino carrasco, el más abundante, el pino ródeno y el pino negral. El terreno está seco, “está que arde”, como indica una señal. No hay que olvidar que hidrológicamente, Sierra Espuña es pobre en agua de circulación superficial y que sólo algunos barrancos cuentan con afloramientos puntuales o de escaso recorrido. Sin embargo, es significativo el número de manantiales dispersos como el de Fuente Blanca, Fuente Bermeja, El Hilo, Fuente Perona, Fuente Carrasca o El Sol. Al poco tiempo, he encontrado el Área de Acampada “ Las Alquerías “, que tiene casitas de madera a la parte derecha y donde hay alojados unos monitores al cargo de unos chavales que pertenecen a las Juventudes Franciscanas ( JUFRA ), de Totana. Me he lavado un poco y sentado a escribir. Me han ofrecido un café mientras ellos desayunan sobre una larga mesa de madera.

El viajero, un poco antes, mientras comía un poco de chocolate y dulce de pimentón, se siente de nuevo privilegiado, cuando ve a su alrededor, el grupo de chavales en su quehacer casi doméstico, recogiendo las mesas y barriendo el suelo. El viajero no tuvo que dejar nada fregado, ni barrido, ni tuvo que despedirse con diplomacia de nadie esta mañana. Al viajero, tempranito, nada más levantarse, no le apetece hablar ni atender a muchos quehaceres. Se coloca su mochila y va dejándose llevar hasta que se va calentando poco a poco.He aprovechado para ir al servicio y de paso, lavarme los dientes, que todo hay que cuidar. Después, he subido por las curvas ascendentes en medio del bosque. A veces, alternan los pinares con las encinas ( quercus rotundifolia ), cuya presencia está más reducida. El sotobosque está formado por especies propias del matorral mediterráneo, como la coscoja, el enebro o el lentisco. En las laderas solanas abunda el matorral desarbolado de mediano porte como el esparto, el romero, el tomillo o la jara.. Se está nublando la mañana, en la altura. Hay silencio y oigo mi respiración, mis pasos, notando el sudor que puebla mi frente, mi cabeza, mi mejilla. Se nota, igualmente, la humedad, que no la presencia del agua, sí , su misterio. Este macizo montañoso posee un microclima algo más húmedo que el resto de la Región, con una temperatura media anual de casi catorce grados centígrados y una precipitación media que en las cumbres es del orden de los 500 mm/año.

He ido subiendo hasta el Collado Bermejo, una explanada a unos 1200 metros desde donde se puede acceder al E.V.A.,a cinco kilómetros, subiendo por la carretera a la izquierda. A la derecha, por pista de tierra, podemos llegar a Alhama de Murcia o bien, camino que he optado por seguir, bajar por la carretera que lleva a El Berro, Huerta Espuña o Fuente del Hilo. Por la carretera del Escuadrón de Vigilancia, podemos acceder al Pozo de la Nieve, a unos tres kilómetros, lugar de singular belleza, según me contaron unos ciclistas que pararon para descansar y refrescarse en el Collado Bermejo. El pico Espuña, insignia del Parque Natural, se yergue altivo y solitario, allá arriba, con su cumbre abierta que roza los 1600 mts. Después de hacernos una foto en grupo, los ciclistas han continuado su camino y yo el mío hacia El Berro.En el descenso he encontrado construcciones como La Casa Rosa, a 1036 m, que aunque abandonada, tiene su encanto con ese horno de barro y esa higuera al borde del barranco. Más abajo, llegamos a un cruce, que si lo tomamos a la izquierda, llegamos al Barranco de Leyva y Aérea Recreativa “La Perdiz”, que es por donde he tomado. Al frente, tenemos el Centro de Interpretación del Parque y Huerta Espuña, tambien la Fuente del Hilo y Fuente del Sol, en el camino que conduce a Alhama.

En la bajada, con el sol bien arriba y la sequedad ambiental absoluta, el viajero suda, se lamenta, sufre y a esto, la naturaleza impasible, sigue indiferente su curso. Proliferan los matorrales con espinas y de cuando en cuando, como un pequeño regalito, al viajero le llega una ligera brisa fresca de no sabe dónde.Sin darse cuenta, envuelto en sus pensamientos y recuerdos, el viajero llega a la Fuente de la Perdiz, de agua potable aunque no tratada sanitariamente, la cual está situada al mismo borde de la carretera, bajo el restaurante pintoresco del mismo nombre y que actualmente se encuentra en reformas. En su lugar y para no perder clientela, ni vida para los aledaños, han colocado un chiringuito improvisado con veladores y sombrillas. Y así como el encanto no solo reside en el lugar, sino tambien en las gentes, en su carácter, la gente sigue acudiendo con asiduidad a este oasis que tiene historia propia.Al entrar, buena intuición por mi parte, he entablado conversación con Paco. Es este hombre una persona inteligente y con mucha sabiduría, que me ha estado hablando de muchas cosas relacionadas, con un punto de vista muy profundo, particular, filosófico en su serenidad. Es un gran hombre y hemos compartido un buen rato a la sombra de una cerveza y del pacharán. Es natural de la ciudad de Murcia y mientras su familia se va a la costa, él se viene por aquí, a disfrutar de estos entornos y darse un paseo por la sierra que como bien dice, es sierra de bolsillo. Cuando he salido, él tambien se ha marchado. Me ha dado agua y he llenado la cantimplora. Nos hemos despedido con varios apretones de manos.
He pasado por el Área de Acampada y en la curva, la Virgencita Blanca del Pilar sobre pedestal. Debajo hay una leyenda y una fecha: “Sierra Espuña, 2 de enero de 1940”.
Surcan la montaña, como reptiles, los numerosos cauces secos, las numerosas franjas por donde el agua, algún día, dejó su huella al pasar. Ahora, el viajero, no siente el ruido ni el frescor de esa caída milagrosa y todo esto lo echa de menos.1 He llegado a la altura del cruce con el Barranco Leyva, que no tomé y después un nuevo cruce que a la derecha nos lleva al Centro de Interpretación y Huerta Espuña y a la izquierda, hacia el poblado de El Berro a dos kilómetros y medio. Un nuevo cruce, después de tomar hacia El Berro, nos indica que a la izquierda podemos llegar a esta aldea y en linea recta a Alhama de Murcia.He bajado al pueblo y enseguida, muy cansado, me he metido en el cámping Sierra Espuña para tomar una cerveza. El viajero va haciéndose sus conjeturas y baraja posibilidades para darse una ducha. Al viajero le hace falta meterse bajo el agua y cuando se toma la cerveza, se anima, recoge su mochila y se mete en los baños donde hay duchas. Desmonta la mochila, coge lo necesario y se mete bajo la presión del agua fría, sin rechistar casi. Se enjabona, se seca y cuando cree que está todo hecho y que su labor higiénica ha pasado desapercibida, en la puerta le esperan para pedirle explicaciones, que el viajero no sabe dar. Ante el caso, el viajero se calla y paga las 455 pesetas que es lo que cuenta la estancia por persona y dia. Después de pedir perdón sin demasiado convencimiento, el viajero se da cuenta que puede lavar la ropa sucia y darse un baño en la piscina por el mismo precio; así es que lo aprovecha.Me he ido a los lavaderos y friega que te friega a mano hasta quedar todo listo, incluso el pantalón corto. Luego he tendido la cuerda a mi libre albedrío entre la valla de la pista de tenis y un poste de luz, cosa que no gustó a los dueños del recinto por la ruptura que ha supuesto con la estética del establecimiento. Así es que los dueños no tuvieron inconveniente en levantar al viajero de su siesta sobre el césped al lado de la piscina. El viajero no ha almorzado y se siente débil y un poco agobiado ya, así es que con un poco de malhumor pero sin mostrar disgusto, desata lo atado y coloca la ropa en otro sitio.Cuando me he levantado pasaban las seis. Como no me han salido las cosas muy bien, he recogido la colada y he salido pitando del camping, sin decir adios, para cruzar el pueblo a todo lo largo y andar decididamente, casi con despecho, en dirección a Pliego. He pasado por la plaza de El Berro, para comer un poco chocolate y un melocotón al lado de una fuentecita y de paso escribir algo, quizá para llevarme algún recuerdo agradable del lugar.El viajero copia lo que ve en una de las losetas pegadas a la pared: “Plaza del Berro” y debajo : “Vicente, Matilde, María, Juanito y Salvador”. No se sabe muy bien a que responde este listado de nombres propios, pero me siento satisfecho, lleno mi cantimplora en un bar a la salida y me pongo a caminar hacia Pliego.
Llanea la carretera, voy a buen ritmo y no se me nota el cansancio. A un kilómetro del cruce podemos encontrar una carretera que nos conduce al Manantial Fuentedueñas, a siete kilómetros. Se terminan los pinos y siguen los almendros en cultivos alineados. He llegado al cruce sobre las ocho menos cuarto de la tarde y sé que se me va a hacer de noche en el camino, pués aún quedan once kilómetros para Pliego, tomando a la izquierda por la carretera C - 315.Se suceden los cultivos de melocotoneros detrás de las alambradas. He oído un ruido y por extraño que pudiera parecer, es el de un canal con abundante agua de regadío, asi es que a pesar de la caída de la tarde, me he parado y refrescado como he podido, ayudándome del vaso que traigo conmigo. A la izquierda, derruída, muerta, pero aún en pie, se puede ver una iglesia o ermita con espadañas y al lado una casa con fachada en rojo. Ladran los perros. He parado en una casona a la izquierda, es la Venta de la Garita.En su interior hay una mujer mayor y un chaval que se llama Emilio. Les he pedido agua, que me ofrecieron en una cántara de barro blanco con pitorro y que tiene, en su parte superior, una apertura mayor cubierta por un paño de cuadros rojos y blancos. Hay dos iguales, una al lado de la otra. Parecen gemelas. He sudado, tras ingerir el líquido y he seguido camino, ya medio oscureciendo.El cruce de Fuente Librilla está un poco más adelante y para ir a ese pueblo hay que recorrer unos ocho kilómetros. Para Pliego quedan siete. He hecho una diapositiva con el sol ocultándose en el horizonte. He pedido agua en la cortijada, llamada antiguamente “Llano de la Casilla” y hoy “Retamosa Collado Blanco”. Me he precipitado en el caminar y con cierta poesía he construido esta frase : “ - ¿ quién, a cada gota de sudor, irá oliendo los pinos cuando yo ya no esté aquí ? “. Tierra blanca y almendros. Alto de Espuña a 465 m. He tenido que arrimarme bien cerca para ver la señal. Allá debajo, al fin, a dos kilómetros, se ven las luces del pueblo.

El viajero se dá cuenta que ha caminado todo el dia, de sol a sol, como los antiguos campesinos. El viajero no siente dolor de conciencia y se agradece haber llegado bien.
Me he metido en el pueblo por la calle Chacona y he ido a parar a cenar al bar El Obrero, donde hay una chica que se llama Juani, detrás de la barra y que me nombra, para avisarme, diciéndome : “ maestro “. Es una chavala que gusta en seguida, por su espontaneidad. Dentro, en un salón, unas chicas celebran una despedida de soltera. Van todas muy arregladas. He llamado a Beti, que tiene guardia en la clínica. Me llamó Gloria y se cortó la comunicación, pues se agotó la batería del móvil.

El viajero se ha dado hoy una buena paliza y le llegó la noche. El viajero ha recorrido cuarenta kilómetros y cruzado la sierra, así es que se prepara mentalmente para tomarse una jornada más relajada, para mirar mejor las cosas y escribir postales. Creo que se lo merece.
He cenado lo mismo que anoche: dos trozos de morcilla, salchichas y lomo. Dos cervezas para remojar. ( De todo dos ).
El viajero deja la escritura y se toma un café con leche que le sirve Juani. Juani de la Cruz Vivo, tiene dieciocho años y quiere estudiar óptica. Luego me he tomado un pacharán con dos hielos y hasta un cigarro que le pedí.Desde aquí, me he ido dando una vuelta hasta la Glorieta, que es una plaza muy concurida. Me he sentado ; una chica que se llama María Dolores Montalbán y que es de Pliego y tiene doce años, me ha preguntado si era un vagabundo. Su pregunta me ha sorprendido con el cepillo de dientes en la boca y le he respondido : - “¿ porqué dices eso ? “. Y ella ha contestado : - “ pues porque lleva una mochila muy grande“-
Tres chiquillos rodean al viajero, que tambien podría pasar por vagabundo, mirándolo bien. Y los tres, sobre todo María Dolores me invaden a preguntas y respondo como puedo, con lógica, como jugando. Luego he escrito una postal para Beti, con una imagen de Lorca.

Me he hecho amigo de un chaval que se llama Antonio López Espejo y que es de Mula. Es un chico de unos once años y que ha tratado por todos los medios de encontrarme un lugar para dormir. Hemos caminado, él delante y yo detrás con la mochila, por las calles de Pliego, cruzando la calle Mayor, detrás de la iglesia y subiendo por otras alles hasta que nos hemos encontrado con un amigo suyo que se llama Juan Carlos y que es muy espabilado y redicho. Y así, los tres, hemos ido a parar a la zona alta del pueblo, rebuscando entre los rincones oscuros, las plazoletas y los parques, intentando hallar un escondrijo donde ocultarme para no ser molestado y no correr peligro.Al fin, rebasando un jardincito, donde hay un Pub con música aún, hemos pasado un puente y el viajero ha encontrado un sitio ideal donde postrar sus huesos esta noche, tras la tapia de la Casa del Manco, nº 2 de la calle y muy cerca de un lugar de la montaña, a las afueras, conocido como El Ojo, pues la forma que se ha producido en la roca, asemeja a esta parte del cuerpo. Detrás de la chimenea, he tendido el saco, protegido por la pared, fresquito y sobre cemento. Más arriba, las hierbas secas, dan pie al campo. Desde aquí, se divisa gran parte del pueblo y se pueden apreciar los edificios singulares iluminados.He esperado a que los chicos se fueran y sin más, he abierto mi saco y aquí tendido, boca arriba, he aguardado a que la noche me arrullara, vencido por el sueño y el cansancio, que noto metido en mis piernas.El viajero piensa que hizo bien viniéndose por la tarde desde El Berro y en Pliego se siente a gusto. El viajero, que mira una vez más, la ensalada de estrellas sobre el cielo, no echa de menos ninguna cama, con colchón y mesita de noche con reloj. En Pliego ha visto cosas hermosas y ha notado que los chiquillos se le acercaban sin reparos a preguntarle. En la Glorieta, al viajero, le acompañó una comitiva de niños hasta el mismo borde la la plaza, donde sus padres encontraron el límite a su confianza. La Playa Mayor, nocturna e iluminada, con sus casas con fachadas de colores, se le antoja mágica y desierta, justo después, cuando todo está ya en silencio, al cerrar los bares.

TERCER DÍA: 17 DE AGOSTO DE 2001

He madrugado y a las seis y cuarto ya estaba ultimando para coger la mochila y salir de la pensión, dejando las llaves en recepción y tomar la calle a la izquierda, atravesar el puente y meterme en el bar La Sociedad, uno de los pocos abiertos a esta hora, para tomar un café. Antes me tomé un plátano que ya comenzaba a ponerse demasiado blandito. En el bar hay ajetreo de cafés, madrugadores, trabajadores, humo de tabaco y copas de coñac. Hace calor aún a estas horas, en que todavía ho ha salido el sol y lo único refrescante son esos dos mensajes seguidos de Beti que me llenan de felicidad, que me colman de dicha, con ese “Te quiero” final. He salido hacia la derecha, por una calle donde los hombre en las aceras, esperan el vehículo que les llevará al trabajo. Son hombres grises, con sus neveras azules, todas iguales, que dejan sus casas para acudir a los trabajos, dia a dia, así siempre, con sus neveras azules y la comida del día. He bajado hacia la carretera que conduce al río, pasando al lado del centro comercial Eroski y luego continuando hasta una gasolinera, donde he preguntado en busca de información.
Aunque en principio pensé continuar el curso del río, por su cauce seco, al final, y debido a la dificultad para caminar en un sendero no siempre claro, he optado por seguir la carretera, via de servicio entre chalés y huertas familiares, terrenos de melonares y granjas de cerdos chillones, muertos de hambre. Es un camino asfaltado que conduce, tomando otro a la derecha, a la iglesia de Santa Gertrudis. Comienza a salir el dios Sol, enorme y naranja, abriéndose paso entre las nubes. Sudo, camino y callo. Pienso, sigo caminando entre los olores de las huertas, los ladridos de los perros desesperados detrás de la reja que se desgañitan sin sentido cada vez que alguien pasa delante de la finca. Son perros ladradores y por fortuna, poco mordedores. Perros de todos los tamaños y colores, perros y más perros. Paso a paso, he llegado al cruce con la carretera que conduce, a la derecha a la iglesia de Santa Gertrudis y he continuado recto. Huele a cerdo, a desechos. En la bifurcación he preguntado a una mujer que iba en coche y que se ha limitado a hablar despacio, muy bajito, sin abrir el cristal. Desconfía de mí y no me entero de lo que dice. Solo he sacado en claro que es mejor tomar a la izquierda. Sigo, un poco por intuición, ese camino y al pasar junto a una explotación, he preguntado de nuevo, esta vez a un hombre curtido por el trabajo, un hombre de la zona y acostumbrado a los azotes de la vida. He retrocedido un poco y cogido una carretera que me ha llevado hasta tocar la vía del tren y continuar a la dereha por la vía de servicio T - IV paralela a esta. He cogido n melón del tamaño de una pelota, amarillento y maduro. Por la vía de servicio van pasando grupos de inmigrantes marroquíes. He saludado y cambiado algunas palabras con ellos. Me cuentan que hay mucha gente y poco trabajo. En sus rostros se refleja, sin interferencias, la mirada de desesperanza, de hastío, mientras siguen caminando de espaldas al sol, esperando el momento, la ocasión, la oportunidad para reclinarse en la tierra y coger su fruto a cambio de lo que sea. Uno de ellos me ha pedido tabaco, que no pude ofrecerle. Es un chico joven y tiene un gesto jovial, casi filosófico. Al final, se va distinguiendo en la bruma matinal, el perfil de la estación de FFCC de La Hoya.He cruzado la vía a esa altura y entrado en el pueblo hasta el pie de la iglesia, donde he pedido agua y he partido el melón para comérmelo enterito. Luego he entrado en un bar y he pedido café y tostadas con tomat y aceite que me han hecho un bien sin palabras y desde aquí escribo. Frente a mí, la masa montañosa de Sierra Espuña y de nuevo la incertidumbre. A ver que pasa. El sol está pegando de la lindo y resplandecen en fucsia, con fondo blanco, las coronas de buganvillas. El bar se llama Bar Toni. Durante todo el tiempo han ofrecido al viajero música ambiente, con ritmos tropicales, muy animada. El viajero paga y se siente muy bien, porque hay buen servicio y es económico ( 250 ptas todo ).
Así es que he salido y luego entrado en la tienda de comestibles Guedi, escrito en letras grandes y rojas. Guedi es diminutivo de Águeda, que así es como se llama la dependienta, una chica de veintidós años : Águeda Bravo Martínez, C / Mayor nº 17 - CP : 30816, La Hoya, Lorca - Murcia - . Me ha dejado tambien sus teléfonos, el móvil y el fijo. He comprado víveres: zumos pequeños, chocolate, pan. Cuando me ha dado la cuenta la he mirado y le he comentado que estaba escribiendo un libro, en denitiva, mi leyenda. Le he dicho que si quiere, pues que le mando una copia cuando esté listo, aunque esto último no lo he dicho convencido. La chica, mientras anotaba su dirección completa en un papel, con teléfono y todo, quizá ignoraba que mirándo a través de su escote, asomándome al balcón de sus redondeces y formas regalo del cielo, estaba creciendo dentro de mí un deseo en escalada que hacía anclar mis ojos. La chica escribía, yo miraba sus senos redondeados, deseando que no terminara nunca y que su dirección fuera una dirección extensa, como la que tienen los edificios públicos o la de las personas que viven en ciudades, en barrios numerados. Águeda se casa dentro de dos meses. Me he marchada, pero cuando he caminado unos metros, algo me hizo volver, un deseo irrefrenado. Me sentí atrapado por la voluptuosidad de aquellos pechos, por el calorcillo que emanaba, por sus ojos... Y dí la vuelta. Al entrar en la tienda con la excusa de hacernos una foto, estaba acompañada, algo se había roto y tuve que resignarme. Para disimular, entré en la carnicería anexa y compré un salchichón de carne de cerdo. Con mis deseos reprimidos, en ebullición, con mis cavilaciones y un tropel de fantasías, fuí poco a poco volviendo al río de mi camino y conformándome. Antes de salir de La Hoya me paré en un bar para preguntar por un camino que me pudiera colocar en linea recta en Aledo, pero no me indicaron con exactitud y continué la carretera hasta dar con la nacional y luego un poco a la izquierda hasta meterme casi sin pensarlo, en la autovía. Los coches pasan sin parar. Hace calor y es peligroso el caminar, aunque dispongo de arcén suficiente. La única ventaja es que los vehículos, al pasar, levantan un poco de aire y me alivia. Caminando por la autovía, paso a paso, mirando de frente a los turismos y camiones que vienen de cara, a los turistas extranjeros con matrículas distintas. Mirando al frente, buscando señales de algún carril paralelo. Con el viento de los vehìculos mi gorra voló y fué a caer al cauce seco de un río, justo debajo de dos puentes paralelos, de las dos carreteras, la nacional 340 y la autovía. Dejé la mochila y bajé para recuperarla. En ese momento me dí cuenta que esto podía suponer una señal y continué esta rambla hasta dar con un camino que se mete entre fincas de cítricos. He tomado a la derecha, hacia el sentido de mi marcha. A mi izquierda y derecha regadíos de limoneros y naranjos. He pasado por el “Cortijo Chico”, llamado así, aunque es bien grande y hermoso. Ha pasado un hombre con un coche. Por casualidad voy en buen camino y al pasar unos eucaliptos que flanquean el sendero, voy a parar a la vía de servicio paralela a la autovía y que me llevará a Totana. Antes, refugiado tras el tronco de un enorme eucalipto, silencioso como una tumba, arropado por su sombra, me he satisfecho yo solito, oyendo el ruido de coches que pasan monótonamente por la carretera y mirando el verdor de los árboles frutales. Un desasosiego interior puebla la mente del caminante, una intranquilidad excitante le impide caminar con soltura y concentración. A veces, el viajero se ve preso de un acaloramiento que no puede controlar y cualquier elemento, una figura al trasluz, unas piernas que suben unas escaleras, una silueta, la redondez de unos senos, pueden turbarlo. Porque el viajero necesita, de cuando en cuando, un recreo para su mente, para sus pasos a veces monótonos. El viajero, vé que se le aparece la virgen cuando le dedican una sonrisa y se siente agradecido como él solo. He continuado caminando por la carretera en dirección hacia Totana ya más relajado, más tranquilo, más liviano.


A mi izquierda abundan cultivos de sandías y labores agricolas de plantación de brócolis a través de unos tubos de zinc que se clavan en la tierra. El campesino va depositando dentro las pequeñas plantitas de pocas hojas, que quedan colocadas automáticamente en la tierra. Las mujeres van ataviadas con pantalones anchos y camisas de colores, llevan sombreros de paja con una cintita para protegerse del sol. Les he saludado con la mano y he continuado el camino. He dejado la señal que anuncia el desvío a Lebor y más adelante a El Hinojar. Lebor queda a la izquierda y hay que cruzar la carretera y El Hinojar a la derecha. Ambos son pedanías de escasa entidad. He llegado a una gasolinera donde compré una botella de agua mineral y he rellenado la cantimplora. La que sobraba, me la he ido bebiendo por el camino. De paso, lavé un par de tomates y me los eché a la boca. Estuve hablando un ratito con dos hombres : José, trabajador en la estación de servicio y un amigote de él que se llama Antonio. He continuado, acercándome a Totana y veo a un lado y otro, almacenes y explotaciones ganaderas. En Totana me he metido por la calle principal para luego tomar a la izquierda y en una rotonda con un monumento que representa a una figura femenina hecha en piedra, he cogido a la izquierda, hacia el centro de la ciudad, hasta llegar al parque. He pedido una cerveza y me he sentado a descansar. Antes, entré en un centro comercial a las afueras y compré dos yogures. Mo me dió tiempo a más, el aire acondicionado estaba muy fuerte y noté una diferencia de temperatura que me asustó. En el parque me he comido medio salchichón con pan y poco más. A mi lado, en otro banco, dos mujeres de Marruecos hablan entre sí, mientras el hijo de una de ellas se aburre como puede. Una de ellas, Hafida, se ha levantado y me ha pedido un cortauñas que le dí con mucho gusto. Es una mujer ya madura, de unos cuarenta y tantos largos años, calculo y hemos hablado en francés. He tenido que esforzarme, ahora intelectualmente, para seguir la conversación. La otra no habla nada más que árabe y alemán, pues está trabajando en Alemania. No recuerdo ni su nombre ni el del niño tampoco. Hablando, hablando, hemos hecho confianza natural y he recogido mis cosas para acompañarlas a comer al Hogar del Jubilado, con fondos subvencionados. Mientras ellas comen de lo que hay en las vitrinas, yo me tomo un café. Es un edificio acondicionado, con exceso de aire frío quizá, donde los vejetes se entretienen a los naipes o simplemente hablando. Algunos mayores han intentado ligar con Hafida y uno de ellos conoce bien el francés, manteniendo una conversación fluída con ella. Después me he despedido y bajado al parque para tumbarme a la sombra, bajo un pino y sobre el césped con mi saco por almohada y el aislante debajo. Aunque se está cómodo, las moscas inoportunas y un pelotón de hormigas han limitado mi siesta a un rato, en el que he tenido que poner a trabajar mis brazos para espantarlas una otra vez sin fruto ni consecuencias.


Pasadas las seis , he decidido levantarme, asearme un poco en el bar donde estuvimos y tomar rumbo a Aledo por La Santa. Voy subiendo por las calles altas de Totana y saliendo poco a poco del pueblo. A las afueras, pasada la gasolinera, se suceden los chalés con jardín y los olores se incrementan. He caminado bien. Llevo agua suficiente y además fresca, de botella. Mis recursos hídricos son buenos, el camino ensombrecido y cae la tarde. Que más se puede pedir. La amenaza de un sol inquisitivo, se ha borrado y aunque hay algo de subida, más que restar ánimos, los fortalece. Hasta La Santa, hay ocho kilómetros, a Aledo diez. En el kilómetro cuatro más o menos, se han terminado las urbanizaciones para comenzar una zona de montaña cuajada de pinares. El olor atrayente y algo lujurioso de este árbol, me llena el espíritu y me trae recuerdos vivos, palpitantes, de todos los viajes, hasta incluso de aquellos primeros, sinendo niño, cuando en los veranos, con mis padres íbamos a pasar unos días fuera de la rutina del pueblo, ca casa de unos tíos que viven en la provincia de Tarragona.


Pasan por la carretera, de vez en cuando, ciclistas con su indumentaria deportiva, sudorosos, desafiantes. Nos hemos saludado, quizá porque ellos al igual que yo, sufrimos y nos unimos frente a la montaña, con el esfuerzo. El viajero va reflexionando a medida que avanza, pasando uno y otra curva. El viajero no deja nunca de pensar y se va dando cuenta como la montaña le abre las puertas al camino. El viajero siente, quizá de pura corazonada, que el camino se ha dado cuenta que hay un hombre que lo va recorriendo paso a paso con su mochila y se deja hacer, abriéndose de par en par para mostrar su cara más buena, más amable. Esto puede parecer extraño, increíble, pero el caminante, que se siente feliz, potente, poderoso, pone su mente a trabajar en el sentido que más le conviene. El viajero se sustenta solito, con los estímulos que va encontrando y que a veces pueden parecer insignificantes, con las gentes que se encuentra, con la sierra y la montaña, con los caminos acogedores. Pero ante todo y por experiencia, no da nada por hecho y procura animarse.Es en este momento cuando he tenido la intuición de estar entrando en la juventud del camino. Subo y subo de un tirón, con la camiseta empapándose, pero sin tregua para descansar. Así es que a las ocho menos cuarto de la tarde, me he encontrado en el cruce que nos conduce al Santuario de Santa Eulalia ( La Santa ) Siglos XVI - XVIII. Se ven edificaciones en construcción y al rebasar el lugar, tambien la planta exterior de una iglesia o ermita. Más adelante, a la izquierda, un área recreativa y la figura levantada sobre pedestal de La Santa. Nada más pasar todo esto, el terreno se allana. Al fondo, ofreciendo imponentes vistas, el restaurante con mirador “ El Jumero “. He subido las escaleras para disfrutar de la tarde con el sol cayendo. Abajo, Aledo, villa medieval, detrás lo recorrido antes, las primeras luces de Totana y la infinitud de caseríos alrededor, en medio del valle. Me he tomado una cerveza y me ha llamado Beti, que está de guardia en en hospital. Hablando con ella miro al pico más alto de Sierra Espuña, el Morrón de Sierra Espuña, donde se ubica un Escuadrón de Vigilancia Aérea del Ejército del Aire. Pico Espuña 1583 m sobre el nivel del mar. He hablado con Beti. Es sus suspiros silenciosos, en sus sonidos, en sus anhelos, compruebo la dimensión de su amor, que toca las cimas montañosas que se elevan a miles de metros por encima de las nubes que ahora pueblan la sierra.
Y así, mientras utilizo mi cuerpo para definir, para recorrer el terreno, como conejillo de indias, como banco de pruebas de mí mismo, ella, en el hospital, mira el mapa y sigue mis pasos en la lejanía. Sé, sin que ella lo diga, que a cientos de kilómetros, con su dedo, con sus ojos, con su imaginación y sobre todo con su deseo, recorre tambien los kilómetros que día a día voy dejando atrás. No me he sentido nunca tan acompañado como en este viaje, precisamente porque yo lo vivo y ella lo sueña. Vida y sueño, una misma cosa con distinto nombre. La vida crea el sueño, que se alimenta de ella y a la vez, la fortalece. Así es la cosa; los dos viajamos con el soporte de mi cuerpo. Este libro es reflejo de este viaje común y por eso va dedicado a ella, en gratitud a este sueño tan hermoso que puebla sus noches y en el que me siento dichoso de aparecer.


He caminado el kilómetro que resta para llegar a Aledo y me he metido por la calle larga que conduce al final del pueblo, justo a la plaza donde se sitúa la iglesia, el ayuntamiento y el castillo. Antes, paré a la entrada, al lado de una fuente, para hablar un poco y luego para comprar postales para el recuerdo.Aledo espera fiestas a final de mes y en la plaza, por la puerta trasera del ayuntamiento, dos chicos se afanan en el montaje de las luces. Uno de ellos ha entrado en el edificio y me sacó varios folletos del pueblo. Uno de ellos, resume un poco de historia y monumentos, algo de gastronomía y artesanía que yo comento por encima: “ Aledo tiene 50 kilómetros cuadrados y se extiende en la vertiente meridional de Sierra Espuña. Tiene 600 m sobre el nivel del mar. Cuenta con 991 habitantes dedicados en su mayoría a la agricultura, cultivos de regadío para la uva de mesa, variedad “dominga”, situadas en las zonas de Los Albares y Los Gallos. tambien se cultiva almendra y vides. Aledo, en su historia, hay que nombrar que se remotna al siglo X, en la dominación musulmana, de ahí, la fortaleza existente y que pasó a fines del siglo XI a manos cristianas con Alfonso VI. Recuperación y abandonos cristianos hasta el S XIII que se incorpora el Reino de Murcia a Castilla. Aledo fué entregado por Alfonso X El Sabio al Maestre de la Orden de Santiago, Palay Pérez Correa. En la reconquista de Granada se produce un descenso de habitantes, al haber perdido su condición de baluarte fronterizo. Es por ello por lo que pasa a depender de Totana. A partir de 1793 se separa de ella y es considerada como la Muy Noble y Leal por intervenir en campañas en defensa de Cartagena con Felipe III o con Felipe V en la Guerra de Sucesión y de la Independencia.Monumentos destacables son : Torreón Árabe y resto de Murallas del antiguo Castillo. La Picota, antigua construcción para el castigo. El Torreón ( La Calahorra ). Iglesia estilo barroco ( S XVIII ) con torres gemelas a los lados y fachada estilo herreriano. Es famosa en Aledo, sus alfarerías para decoración y algo de esparto.


En cuestión de gastronomía destacan las gachas migas con tropezones y el Jallullo, con harina.


Alrededores : Cueva de la Arboleja ( Estrecho de la Arboleja ), Cueva de la Manta.El viajero se ha metido para cenar y escribir, en una terraza con música y mirador, pasada la iglesia. Allí ha conocido a una gente fenomenal que le han puesto para alimentarse, unas morcillas, lomo y salchichas, remojadas en cerveza, todo ello con un humor y simpatía envidiables que le han hecho sentirse amplio y feliz como en casa. Las vistas son nocturnas y detrás queda El Torreón, que posiblemente albergará esta noche, en sus alrededores, el sueño del caminante.


Hace fresco aquí arriba. Después de la cena y las cervezas, he salido para dar una vuelta por los alrededores. El lugar constituye una atalaya impresionante, con unas vistas de pájaro a gran altura. El viajero está explorando los rincones para cobijarse fuera de la luz y del frío. El viajero, tras seguir algunas indicaciones, va a colocar su saco bajo unos setos, detrás de un muro, en una zona resguardada a la que solo se accede por un lugar. Y después de despedirse de todo el personal que mantiene la terraza “ El Patio del Cura”, se va a dormir, abrigándose y escuchando a cada momento el sonido monótono y metálico de las campanadas. Han cerrado la terraza y el silencio es absoluto, casi increíble. EL viajero se siente bien, tumbado boca arriba viendo las estrellas hasta que se quita las gafas y al poco, se va quedando dormido de cansancio y de felicidad.



SEGUNDO DÍA:16 DE AGOSTO DE 2001

Me he desvelado varias veces, de nuevo, por la incomodidad aún inusual de la dureza de la cama y tambien por el ruido de los altavoces. Nada más acostarme, subieron al cielo los últimos fuegos artificiales y después, la gente se apoderó del micrófono y aún a altas horas de la madrugada, se oían las voces multiplicándose los decibelios. He visto un cielo cuajado de estrellas y como hacía fresco tuve que arroparme con el saco, poniendo la mochila por almohada.Sobre las siete y media, he levantado la cabeza, montado y recogido todo y bajado a la fuente a lavarme la cara y las manos, para luego desayunar en el bar Aurora, un café con dulce y zumo. Aún quedan algunos trasnochadores borrachos en la plaza, alimentados con jugo de cubata y que al pasar me han llamado la atención con descaro : “ - el de la gorra, el de la gorra - “. No he mirado ni echado cuentas y al alejarme, se han callado. En el bar se van sirviendo cortados y carajillos y se oye, alternativamente, el ruido de la máquina de café, con la presión que dá temperatura.
He salido del bar y comenzado a caminaer a las ocho de la mañana, pasando frente a la gasolinera y por carretera todo el trayecto. Al principio el firme es bueno y el arcén permite caminar con cierta seguridad. Plantaciones de almendros repartes paisaje con hierbajos y arbustos adaptados a la sequedad como el esparto. De vez en cuando, algún pinar, y en el puente sobre el río Vélez, eucaliptales sobre el cauce seco del río fantasma. Se echa de menos el agua. En esta parte occidental y sur de Murcia y oriental de Andalucía, apenas llueve y aunque hay días que amenazan agua, al final nada.Pasada La Parroquia, ha aparecido una de las pocas mezquitas sobre la cual no se construyó una iglesia. Ocupa un montículo junto al río Luchena, en un paraje salpicado de altos y olorosos eucaliptos. Para Ana Pujante, directora de las excavaciones, debió formar parte de una alquería; se ha documentado el perímetro, uno de los arcos de la entrada, el minrab, el espacio destinado a las mujeres –al fondo de la mezquita– y el minarete.
La ubicación también es de un gran valor estratégico y paisajístico, por la cercanía del embalse de Puentes, magnífico espacio natural para el ocio y la acampada, cubierto de pinos y tarays.
El calor, a pesar de que aún son las primeras horas del día, se va haciendo insoportable y el viajero se resiente. He ido, mientras caminaba, aligerando el sufrimiento y la sed, con el pensamiento, con la mente en constante búsqueda de ideas, de sensaciones placenteras, rebuscando en el cajón del recuerdo para desempolvar emociones pasadas, antiguas situaciones vividas que ahora revivo para mi provecho. Es el esfuerzo constante, el pulso constante a este infierno mezcla de sol agobiante, mezcla de sequedad que se pega a los labios, como estas moscas pegajosas, como esta piel curtida, sufriendo los envites de los rayos solares.
Me aferro, como un salvavidas, a los recuerdos, a los pensamientos, tambien a los proyectos e ilusiones, al tiempo con Beti, que ahora me llega en forma de mensaje a mi móvil, de un mensaje cargado de amor, de poesía, que he releído hasta digerirlo y absorverlo. Carretera y más carretera. De cuando en cuando, asoma a mi izquierda, una pista quebrada sobre el cauce seco, una pista que se ha aprovechado para camino, cuando ya no hay río. Y así, entre pensamientos y desgastado por el sol, dolorido por la calzada, maltratado por el sudor, he llegado al cruce, que dista nueve kilómetros de La Parroquia y que a la derecha, a doce kilómetros más, llegamos a Lorca y a la izquierda, al embalse de Puentes. Son las diez de la mañana. Frente a mí, una cortijada con arboleda. He recorrido un trozo de camino con gravilla y la señora me dio agua y me indicó algo que fué determinante : siguiendo el cauce del río Guadalentín,que tambien se llama Sangonera, un poco más abajo, se llega al pueblo de Lorca, sin la amenaza de la carretera, amenaza añadida al sol, que cae a pedazos como losas. He bajado por un camino hasta la rambla y he tomado a la derecha, precisamente por otro que se ha definido dentro de ella y por el que circulan ya vehiculos rodados. Aquí se camina más cómodo, con menos miedo y no hay que prestar tanto cuidado, pero la escasa altitud y la hondonada provocada por el cauce, acentúan el calor, suben la temperatura y el viajero se siente sufrir.
Es a partir de aquí, cuando las cosas cambian de aspecto y de sentido y ese trozo de tierra que hasta ahora es aliado en la conquista de los lugares, se convierte de pronto en desafío, y la profía se intensifica. El hombre frente al mundo en un combate cara a cara. Alterno esta reflexión con la monotonía de los cañaverales, con esa planta arbustiva que se llama taray, con la presencia desértica del esparto. Sobre esta última planta es interesante lo escrito por Plinio el Viejo en su Historia Natural ( XIX, 7, 26-27, 8, 28-30 ) : “ El esparto es hierba espontánea y que no puede sembrarse; propiamente es un junco de terreno seco. De esparto son las camas de los campesinos, de esparto las lumbres y las antorchas. De esparto los zapatos y los vestidos de los pastores “. Las hojas del esparto son dura, rígidas y con forma de junco que se enrollan por falta de humedad, además se utiliza su fibra para hacer papel. El taray atarfe o tamarisco ( Tamarix gallica ), omnipresente en todo el cauce, resiste bien la salinidad y se desarrolla en suelos silíceos, sueltos y húmedos. Su madera es apreciada para leña, fija dunas y sujetan márgenes en grandes ríos y aterrazamientos de torrentes y ramblas.
El cauce y con él el camino, serpentea entre el terreno y mantiene el nivel. Alguna charquita a punto de perderse, cuajada de insectos y la tierra rojiza, resquebrajada. El viajero va por dentro consumiéndose poco a poco y consumiendo el agua que lleva en la cantimplora. El viajero tiene que hacer esfuerzos históricos para no perder su integridad y la dignidad de que asume riesgos y es consciente de los contratiempos. He comenzado a divisar, a lo lejos, el perfil de la fortaleza que se eleva sobre Lorca. La carretera transcurre a mi derecha, como tambien lo hace, la estéril Sierra de la Torrecilla y la Peña Rubia. Frente a la cortijada de Los Cautivos, que alberga, ocho o diez casitas junto a la carretera y a mi izquierda en el sentido de la marcha, he subido una pequeña pendiente para acceder a unas casas a distinto nivel. He dejado la mochila bajo un somrajo de lona verde y suido hasta la última casa, donde, bajo el porche, una familia se concentra en la labor de pelado y envasado de tomate en botes de cristal para su conservación por el método del vació a través del baño maria. He llegado exhausto, buscando refresco, quizá también, aliento. Bajo un grifo me he lavado cara y brazos y empapado la gorra. Hay un montón de rojos tomates pelados y otros tantos que esperan igual suerte. Como hoy el día ha sido poco generoso en alimentos, he pedido varios tomates, que comí con voracidad, disfrutando del salto de su jugo y de su sabor salado. Son tomates que llevan en su interior un mundo de placeres. Para el camino, me echaron seis o siente en una bolsa. Una chica me acercó una toalla para secarme. Es una chica que apareció de pronto del interior de la casa, manchada de rojo, como recién salida de una carnicería. El viajero no se entretiene más y baja hasta donde estaba la mochila, que tuvieron que retirar para que pudiera pasar un coche.
La parada me ha venido bien, pero hay que seguir caminando. Según me dijeron, me quedan unos ocho kilómetros para llegar a Lorca. Nuevamente vuelvo a la lucha por la rambla. Más adelante hay trajín de camiones por las pistas y movimiento de tierras. Al pasar, me llenan de polvo y se me secan los labios. Son camiones enormes, con el remolque lleno de tierra y que van dejando una polvareda espantosa en este terreno de tierra tan volátil, tan suelta.Tras Los Cautivos, más cerca de Lorca, destaca la cortijada de Los Consejeros, por la que tampoco pasé, pues hay que desviarse y mi intención ahora es no malgastar las escasas fuerzas y continuar de la forma más precisa, más directa para avanzar terreno. Al final, voy apreciando el ir y venir de vehículos sobre la autovía que une Andalucía con Murcia. Ahora la rambla se ensancha y allana. Se puede apreciar a la derecha, el corte en vertical del Cejo de los Enamorados a 764 mts sobre el nivel del mar. Hay una pala excavadora que va quitando tierra y arrojándola al borde, junto a los bancales que a veces y a duras penas, subsisten a los márgenes. He pasado bajo los inmensos pilares de hormigón y las vigas grisáceas que sostiene la carretera, una para cada sentido y he podido ver los primeros edificios de Lorca. Lorca, la milenaria Eliocrora, ciudad del sol, o de los cien escudos. La rambla llega hasta confundirse con la carretera y el cauce sigue atravesando la ciudad.Lorca en ciudad por la que pasa una de las rutas turísticas de al - Andalus, la ruta de Münzer, de Murcia a Granada. Jerónimo Münzer fué médico austríaco que viajó por España entre 1494 y 1495 y que escribió un relato de viaje por esta ruta después de la conquista castellana. El protagonismo del agua en esta ruta se plasma en sus huertas y frutales: “Oh, que bellísimos huertos vimos, con sus cercas, sus baños, sus torres, sus acequias construidas al estilo de los moros, que no hay nada mejor !” ( J. Münzer ). En un documento sobre el Legado Andalusí y publicado en internet, nos dice sobre Lorca que es población habitada desde tiempos prehistóricos y en la que podemos visitar el Castillo y la Torre Alfonsina. Tienen renombre nacional sus bordados, como el punto Felices elaborado con plata y oro de carácter barroco. Se conservan las técnicas y los procedimientos originales: lienzo, aguja, bastidor e hilo, que puede ser de seda natural, rayón y canutillos de oro.El viajero nota el dolor de pies, la sequedad, el dolor muscular generalizado y el cuerpo desvencijado, rendido, doblegado, que no partido, ante la lucha sin cuartel contra los elementos. Al llegar, me he metido hacia la derecha, pasando al lado del parque de La Peña, mayo de 1999 y continuando hacia abajo y luego cruzando el puente en busca de alojamiento. He ido a parar, preguntando, cuando son la una menos cuarto de la tarde, a la pensión Alberca, en la calle Lope Gisbert, frente al museo arqueológico, en un recorrido monumental. Habitación 303, 2500 pesetas sin baño interior, tercera planta, vista a un callejón, camastro de un metro y cinco centímetros de ancho, mesita, armario empotrado, lavabo y mesa con silla, para escribir Me ha parecido subida de precio, pero no he tenido muchas ganas de seguir buscando por la ciudad. Tras hacer una compra de algo de fruta y otras cosas para comer, he regresado para quedarme. El dueño del hospedaje, en la primera planta, donde la recepción, se entretiene con el ordenador. Me he duchado casi sin presión de agua, después en la habitación he tenido que ingeniármelas para colocar un dispositivo con la cuerda que llevo y conseguir trazar un tendedero y lavar la ropa con jabón en la pileta del lavabo. Mi camiseta huele a sufrimiento almacenado y viendo los calcetines, se puede apreciar el agotamiento febril al que he sometido a los pies. Después he comido tomates, un poco de embutido, algo de fruta y me he quedado dormido hasta las cinco menos cuarto de a tarde justo al oir en el móvil un nuevo mensaje de Beti: “ La tórtola que en el sueño, con sus quejas me quita, como yo tiene el pecho ardiendo en llamas vivas” ( Séraje - al - Warak ). Me he despertado y poco a poco he ido reuniendo fuerzas para vestirme y salir para dar una vuelta y escribir estas notas en el bar Acuario, en la Plaza de España, monumental y abierta. He subido la rampa para entrar en la iglesia de San Patricio, tambien colegiata ( 1534 - 1780 ) declarada Monumento Histórico-Artístico por decreto el 27 de enero de 1941 y que se erigió sobre la vieja iglesia de San Jorge por bula de Clemente VII en 1533. La dedicación del templo al santo irlandés tiene su origen en la importante batalla de los Alporchones, librada por la gente de Lorca contra los musulmanes el 17 de marzo de 1452. Su construcción se lleva a cabo entre 1536 y 1780 sobre el diseño de Jerónimo Quijano, maestro de las obras del Obispado de Cartagena, por lo que todo el interior, a pesar del dilatado período constructivo, presenta un marcado aire renacentista, lógicamente más acusado en los primeros espacios levantados. Concebida con aires catedralicios, su interior se articula en tres naves, capillas laterales entre los contrafuertes, coro y trascoro, elevado crucero, girola con capillas radiales y torre en la cabecera que alberga en su interior la sacristía. Es posible establecer, de modo general, grandes etapas en la construcción que se identifican con el trabajo de determinados canteros o con la realización de alguna parte significativa del edificio. Con la dirección del maestro Quijano y la participación de canteros y albañiles tales como Maestre Lope, García de Montiel y los Plasencia, se llegó hasta aproximadamente 1564, año en que ya están concluidas, o muy avanzadas, la capilla mayor, casi la totalidad de las capillas de la girola y los dos primeros cuerpos de la torre en donde se ubica la sacristia. De todo lo realizado hasta ese momento destacan la gran bóveda "de horno" de la capilla de la Virgen del Alcázar antigua patrona de la ciudad, la portada de la sacristía, a modo de arco de triunfo, y su cubierta abovedada decorada con casetones que la dotan de una gran plasticidad. Desde 1566 hasta su muerte en 1591 se hizo cargo de las obras Lorenzo de Goenaga, realizándose entonces la puerta que da a la Plaza Mayor, los muros de cierre de algunas capillas y las que quedaban por hacer en la cabecera. La mencionada portada es, como la de la sacristía, un arco de triunfo de medio punto y con un solo vano fianqueado por columnas pareadas de orden compuesto. La decoración escultórica aparece de nuevo, aunque tímidamente, en el friso, en las enjutas (medallones con los apóstoles Pedro y Pablo) y en el arco (puntas de diamante y clave con pequeña ménsula). Las tres homacinas superiores albergan las imágenes de la Inmaculada, San Francisco y San Antonio. Todo el siglo XVII se empleó en la terminación del transepto, nave principal y secundarias, capillas. Dentro, el coro, del que se perdió la sillería y los órganos, aún conserva una reja forjada en 1732 por García Valero, natural de Lorca y varios lienzos: “Muerte de Abel”, “Job increpado por su esposa”. La fachada, barroca, entre los siglos XVII y XVIII, se cree que fué diseñada por Nicolás de Bussi. Se suceden capillas a lo largo de las naves laterales. Destacan la Capilla del Cristo de Escripulas, cristo negro en cuadro y que es copia, ya que el original se perdión en la Guerra Civil. Este cristo fué pintado por el indiano Manuel Santiago de Guatemala, hacia 1759. El altar mayor es de estilo renacentista y hay una pila bautismal fechada entre los Siglos XIII o XIV.

He salido de la iglesia. Frente a mí la plaza, que tambien se llama Plaza Mayor y es el centro de la ciudad barroca, donde se ubica el ayuntamiento ( 1678 - 1739 ) cuyo edificio no fue levantado de una sola vez ya que en 1674 un terremoto afectó gravemente a la ciudad, dejando impracticable la cárcel pública. Es entonces cuando se decide levantar una nueva, iniciándose las obras del ala sur del actual Ayuntamiento. Su fachada consta de dos gruesos pilares entre los que van colocados tres arcos de medio punto en cada una de las dos plantas, un modelo constructivo de filiación renacentista que ya solo era utilizado en los claustros religiosos. El alarife Martínez Botija se encargó de la albañilería y el cantero Miguel de Mora de los sillares. Las columnas, de mármol de Macael, las hicieron los canteros Tijeras. En 1678 se decoraba el edificio, corriendo a cargo de los escultores Antonio y Manuel Caro la realización de los escudos real y de la ciudad En 1737, ante la necesidad de construir unos porches que ocuparan la totalidad del frente de la plaza, el Concejo convocó un concurso de ideas al que presentaron proyectos los maestros Tomás Jiménez y Alfonso Ortiz de la Jara. El de este último fue elegido. Eran muy similares, ya que ambos duplicaban la edificación existente, pero convenció más la propuesta de un único y gran arco central sobre la entonces calle del Aguila que uniera los dos cuerpos. Toda la decoración del edificio nuevos escudos y esculturas de la justicia, la Caridad y el perdido relieve en mármol de San José que ocupaba el hueco central del tímpano fue ejecutada por Juan de Uzeta finalizándola en 1739. La forja del gran balcón central la realizó el herrero Agustín Manzano en 1740. La pequeña portada lateral del edificio también se rea zó por estos años. El interior del edificio, remodelado completamente en 1992, ofrece al visitante una buena colección de pintura contemporánea, sobre todo pintores locales, y la contemplación en la denominada "sala de cabildo" de la antigua capilla del Consejo, con una preciosa Inmaculada del taller granadino de Pedro de Mena, y del conjunto de pinturas de Miguel Muñoz de Córdoba, realizadas en 1772, que narran en seis grandes lienzos las principales batallas en las que participaron los lorquinos en el pasado.
La Plaza Mayor, que constituye el enclave monumental por excelencia, adquirió su forma definitiva durante las primeras,décadas del siglo XVIII.Conceptuada, y no sin razón, como 'centro de poder", allí se ubicaron los edificios del Concejo, del Cabildo Colegial y del Corregimiento, además de otros destinados a servicios, ya existentes o construidos pocos años más tarde, tales como los dos pósitos, la cárcel y el mercado. Pero en general, toda la trama urbana se estaba desarrollando en esos años siguiendo en cierto modo los planes esbozados en la segunda mitad del XVI, que trataban de buscar un mejor aprovechamiento cualitativo del espacio. La apertura de nuevas calles, la sustitución de viejos edificios, el derribo de parte de la muralla y la creación de amplios lugares públicos son, quizá, las características más sobresalientes de este proceso. Las obras acabadas en este momento son todavía las señas de identidad arquitectónica y artística de Lorca hacia el exterior. En el lateral, en una glorieta, se encuentra, hecho en piedra con un volumen impresionante, un pedestal que sujeta al Angel de la Fama, que antes coronaba la fachada de la iglesia (1694- 1710) y que se trajo a este lugar para sustituirlo por una copia menos pesada, según se dice por peligro de hundimiento del frontón, pero después me dijeron que en realidad se cayó y una mañana apareció en el suelo con algunos daños. Figura colosal, sin duda. He subido por la calle Barandillas, dirección al castillo. Hay una placa “ Aquí, amando la vida y la poesía, nació, vivió y murió Eliodoro Puche, Poeta ( 1885 - 1964 ) Lorca 1989” . Acerca de este poeta, he encontrado la siguiente información y uno de sus poemas:“ El poeta Eliodoro Puche nació el 5 de abril de 1885 en la ciudad de Lorca. Estudió la carrera de Derecho, carrera que nunca ejerció; en cambio su vida se dedicó al trabajo del periodismo y de la literatura. Sus ideas radicales socialistas le condujeron a la cárcel, al terminar la guerra civil. Las dos últimas décadas de su vida las vivió en total aislamiento, salvo la relación con unos pocos amigos. No publicó nada durante su vida, por lo que su creación literaria, fundamentalmente poética, ha permanecido desconocida hasta hace poco. Falleció el 13 de junio de 1964. De entre las obras publicadas póstumamente de Eliodoro Puche destacamos las siguientes: «Libros de los elogios galantes y de los crepúsculos del otoño», «Corazón de la noche», «Motivos líricos», «Colección de poemas»,...

CIUDADES MUERTAS Flota un dulce reposoen la ciudad vetusta... El sol de inviernosobre las torres y los campanariosdeja la nota gualda de su beso.Sólo se ven por las estrellas callesenlutadas y clérigos...En la fragua sombría, del martillosobre el yunque se escucha el tintineo.Un ciprés se recortaen el azul del cielo,al elevarse rígidode las ruinosas tapias del convento.Un misticismo suavelo llena todo... Un ciegosalmodia su aprendida melopea
en el atrio del templo.

(De "Libro de los elogios galantes")

Cerca de la pensión hay, en un parquecito, un busto a su memoria. Por la calle Mayor de Santa María, discurre la ruta al Cejo de los Enamorados. He subido tambien por la calle Monzón hasta la explanada de la iglesia de Santa María, cerrada y semiderruida, conserva Torre Alfonsina. Desde aquí, se pueden apreciar unas buenas vistas de Lorca. Me he parado a hablar con una señora que tiene colgada al cuello una gargantilla con su nombre: Mari Carmen y que sostiene en brazos a su nieta: Carmen Mari, mezcla de madre española y padre ecuatoriano. Hay vistas de la Sierra Almenara y carretera de Äguilas, surcando en línea recta. He bajado hacia la peatonal Corredera, peatonal y comercial. Muchos extranjeros en Lorca, sobre todo suramericanos, quizá de Ecuador en su mayoría. He comprado varias postales para mandar. Por el camino hacia el castillo, ruinoso y en obras, hay asentamiento gitano en el barrio de Santa María. A mitad de camino, he regresado. Me ha dado tiempo para ver desde arriba, el techo en ruinas de la iglesia y el de San Pedro, con hermosa torre. Me he sentado para escribir, en un velador de la Plaza Calderón. Aún hace mucho calor. Nadie vino a preguntarme qué es lo que quería tomar y me he levantado. Frente, en la misma plaza, se encuentra el teatro Guerra, aún en funcionamiento ( 1858 - 1861 ), fachada beige y rojo con figuras esculpidas de dramaturgos españoles y que por su función social y por su arquitectura podría decirse que es el edificio paradigmático del siglo XIX lorquino, siendo también el más antiguo de la Región. Fue construido gracias al esfuerzo conjunto de una sociedad de inversores particulares y del Ayuntamiento, inaugurándose en la primavera de 1861. Proyectado por el arquitecto murciano Diego Manuel Molina, presenta una arquitectura típica de estos edificios con un patio central de herradura, plateas y anfiteatro con barandales de hierro colado y un amplio paraíso. El techo, pintado por el madrileño Miguel Reyes, por su malestadode conservación fue sustituido por una nueva pintura de Muñoz Barberán que respeta la antigua disposición enriqueciéndola con escenas sacadas del mejor teatro clásico español. Este mismo artista realizó un nuevo telón con motivos del carnaval veneciano.La calle Dr. Arcas Meca nos deja en la plaza de Colón. Bar Platea. Me he metido dentro para echar el rato y tomarme una cervecita, observando algunas fotos de la ciudad en blanco y negro y color sepia, de principios de siglo, que estaban enmarcadas y colocadas en la pared. He conocido a José María Leal Martínez, que me ha ayudado en la interpretación de las escenas callejeras y costumbres de la vida cotidiana de Lorca en esos tiempos.José María tiene cincuenta y seis años y trabajó como gerente en la empresa de limpieza de la localidad y ahora lo han jubilado por problemas físicos. José María ama su tierra y se ha pegado su vida laboral alrededor de las treinta y nueve pedanías con que cuenta el municipio. Hemos tomado confianza y hablado de todo un poco. Me ha invitado a dos o tres cervezas que sin nada de comer, me han hecho su efecto. Le he leído varias notas del cuaderno y el hombre se ha emocionado, alabándome el gusto. Yo lo aprecio y veo en él sinceridad y complicidad envidiables. He dejado mis escritos a un lado para vivir el momento en la noche, dentro del bar Platea, con José María. He llamado por teléfono a Gloria, a Alicante. Después, nos hemos escrito en una tarjeta unas dedicatorias y nos hemos despedido en la puerta. José María es hombre conocido y apreciado, querido por la gente y si por él hubiera sido, hubiéramos estado tomando copas hasta por la mañana. Y como él dijo: “ José María, de noche y de día “. He ido a ver en persona, el estado actual de la Plaza de la Negrita, aquí al lado, pues me llamó la atención la foto del mismo lugar, setenta y un años antes y en blanco y negro. Conserva la plaza un par de viviendas como las de entonces y el ángel negrito, con túnica blanca, lo demás son edificios de más de seis plantas y coches por todos lados. En esas fotos aparecen los personajes con sombrero y a pie, con esas casas antiguas y esas balconadas de hierro desvencijado, esos tejados combados de teja árabe. Tiene mucho romanticismo la fotografía y esa escena congelada del ajetreo en la recogida de agua de la fuente central, en carros con cántaras de barro, tirados por bestias e incluso de tracción humana. Las mujeres se apiñan, enlutadas, alrededor de los caños y con un simple movimiento de abastracción, pudiéramos darle vida sin duda. Los carruajes son de madera y hay borricos con aguaderas. Todo parece estar en completa armonía y haciendo juego, quizá por el efecto igualitario del blanco y negro.
Desde este lugar, he caminado hasta una avenida con una gran fuente enmedio y rodeada de bloques de viviendas y tráfico en la rotonda, desde donde he llamado por teléfono a Beti y luego ella me ha llamado al móvil. Hemos hablado un rato, expresiva, amorosamente. De vuelta por la calle Lope Gisbert, he ido tomando nota de los monumentos que me fuí encontrando: “ Casa de los Condes de San Julián”, frente al Casino ( S. XIX ). Esta casa tiene un atractivo especial, un encanto pintoresco - pétreo singular en su fachada. “Iglesia de San Mateo”, antigua sede de Jesuitas del S. XVIII y cuya insuficiencia de rentas alargó la obra durante todo el siglo XIX, interviniendo en la construcción de su cúpula el arquitecto Justo Millán. En su interior destacan el retablo mayor, obra de Jerónimo Caballero, procedente del desmortizado convento de la Merced. “ Casa de Guevara”, barroco civil ( S. XVII - XVIII ), con portada de columnas salomónicas. Según dice la leyenda, es esta la casa solariega más bella del barroco, en el levante español y que hasta hace poco, estaba habitada por Concepción Sandoval. Perteneciente al mayorazgo de los Guevara, fue construyéndose en un período largo de tiempo hasta adoptar su forma definitiva gracias a las refonnas llevadas a cabo entre 1691 y 1705 por don luan de Guevara García de Alcaraz, caballero de la Orden de Santiago desde 1689. En 1691 se acaba la escalera principal y en 1694 está fechada la portada. Desconocido el nombre del tracista, aunque se han barajado los de Bussy o Caballero entre otros, lo que sí es claro es que se incorporó en ella el esquema típico de los retablos de columnas salomónicas de la época, sustituyendo las representaciones religiosas por la heráldica propia de la familia. El patio, cuyo espacio lo forman dos arcos en cada lado del cuadrado sobre columnas de mármol blanco, conti ene una decoración a base de motivos vegetales, cabecillas de niños, escudos y arquitectura simulada. Todo fue acabado en 1705 por el cantero Pedro Sánchez Fortún, que dejó su firma en la parte posterior de una de las hojas de la puerta principal. El interior de la casa, que ha estado habitada hasta hace pocos años por doña Concepción Sandoval, baronesa de Petrés y Mayals, quien donó el edificio a la ciudad, conserva algunos ambientes sugestivos, como el del "salón amarillo o de baile", con mobiliario del XVIII en que destaca la sillería veneciana y un gran espejo de marco tallado, pavimento cerámico valenciano de igual siglo, una capilla particular con una preciosa imagen de la Inmaculada de escuela granadina y unas pinturas murales de sabor ecléctico de mediados de siglo pasado. En cuanto a mobiliario son bastante apreciables los bargueños y veladores de diferentes estilos repartidos por la casa, así como una cama de palillos torneados de estilo portugués. Pero quizás lo más sobresaliente sea la colección de pinturas en la que merecen especial atención el gran retrato ecuestre de don Juan de Guevara, la veintena de cuadros de Camacho Felizes, un par de representaciones de la Virgen de excepcional calidad de mano del madrileño Antolínez y del italiano Giambattista Salvi, "il Sassoferrato", y una buena serie de pequeños retratos de los Madrazo y su círculoMe he metido en la pensión y tras recoger mis cosas me he echado en la cama, desnudo, con las ventanas abiertas, para dormir. Pasan las doce de la noche, necesito descanso.

DESDE LOS VELEZ HACIA LA CUNA DE MIGUEL HERNANDEZ. 2001

PRIMER DÍA: 15 DE AGOSTO DE 2001


El punto de partida de este viaje, como de tantos otros, lo sitúo en el nacimiento del camino, aunque más bien habría que decir, en la orilla de este rio que ahora me dispongo a navegar.
Desde Sevilla he ido en coche por la autovía A-92 hasta Vélez Rubio, en la provincia de Almería y luego Vélez Blanco, a unos seis o siete kilómetros. Por la noche me quedé a dormir en el camping “ Pinar del Rey “, rodeado de pinares y de un viento sobrecogedor con algo de lluvia. Me desvelé varias veces y me he levantado tosiendo y con algo de malestar. He dejado atrás el camping como si fuera acampada libre, sin pagar, si bien es cierto que tampoco me dieron facilidades para hacerlo y el resto de la gente se quedó durmiendo en sus tiendas y caravanas, mientras desmonté la tienda y me fuí.He dejado el coche en el pueblo, justo al empezar la cuesta que llega al bar - terraza “El Indalo”, conocido lugar para mí y que ya mencioné en el viaje “ Mirando hacia Los Vélez “ ( año 1998 ). Me he tomado un café casi sin ganas en el bar “La Gatera”. Aún duerme el pueblo y el silencio solo es interrumpido por hombrones de voz hueca que halan del trabajo. La escasa lluvia de anoche ha refrescado el ambiente. Delante de mi, en la mesa, hay extendidos varios planos de la zona. Quiero caminar en dirección noroeste, hacia Alicante, atravesando toda Murcia; ya veremos. Pienso en Beti, a la que recuerdo con un cariño mitad humano, mitad divino y en su ausencia me falta el aire como un pez al que le vaciaron la pecera. Espero que la montaña, los ríos, los pueblos y los caminos me hagan olvidar la ausencia, en su imagen perenne grabada en cada uno de estos elementos. Allá voy, un año más a esta aventura con historia que es el camino de mi propia vida.
Rondan las nueve de la mañana. He cogido agua de la Fuente de la Novia y después me he colgado la mochila prudente de peso y he tomado una carretera que sale a la izquierda frente al “ Pub 17 “. Hay que descender hasta los bancales. Primero he seguido la carretera y a unos dos kilómetros he tomado un camino a la izquierda para caminar errante entr el Barranco de la Canastera. Los almendros estallan con sus almendras en plenitud de fruto y he ido echando algunas al bolsillo de uno y otro árbol cercano al camino. Cortijada El Why; he tomado a la izquierda y luego derecha, retrocediendo sobre mis pasos a veces, para luego continuar. Es impresionante el valle cuajado de olivos, almendros y otros frutales que tienen escasa necesidad de agua. El camino polvoriento mancha mis botas. He vuelto de nuevo a la carretera que conduce a Canales, en el camino a Solana y Fuensanta. De vez en cuando, algún pinar alegra la monotonía del asfalto. Detrás dejo las vistas en perspectiva y desde abajo, de Vélez Blanco y continúo sumido en mis pensamientos, paso a paso. He llegado a un cruce que corta la carretera que baja de Vélez Rubio, tomando a la izquierda hasta llegar a unas cortijadas, las Cuevas de Moreno, al pasar el cruce del Piar. Voy pensando en Beti, tambien en otras cosas y en la poesía de Miguel Hernández, que me acompaña. Hace calor; de vez en cuando corre algo de aire. En Cuevas de Moreno he parado a refrescarme bajo el grifo de una pila para lavar, que echa agua blanquecina, como mezclada con leche. Han bajado dos niños: Alfonso, de seis años y su hermana Ginesa de once. Alfonso va corriendo a todas partes. Su madre me dió agua en una botella, agua muy fría. Al lado de una portezuela de maderas descalabradas y roídas, con agujero para el gato, sobre la fresca superficie de una piedra, he escrito estas últimas notas. En el entorno blanco de las casuchas, madura el almendro, las chumberas y arroja a la altura el árbol florido de las pitas. Alguna higuera medio pelada, alguna parra y multitud de moscas y avispas, componen el paisaje. Cuevas de Moreno alberga pocos vecinos y hay numerosas casas derruidas o semiderruidas. He vuelto a la carretera para encontrarme, al poco tiempo, con el límite con la provincia de Murcia, en un cartel verde donde se lee: “Región de Murcia”. Todo está seco y solitario. Cortijadas de vez en cuando y las ruinas de un castillo sobre una peña a mi derecha, Castillo de Xiquena. Es la piel de adobe de un perro muerto, con su muros lastimados, desbancados por el tiempo, carcomidos por el viento. Más adelante, tras una diapositiva desde lejos, he recolectado tomates rojos pequeños y en la cortijada La Trieza Baja, me diero agua potable para lavarlos y beber. Es lugar de cría de ganado lanar y pastos, tambien maizales. Al fondo, muy al fondo, entre neblina, se puede apreciar la belleza azulada de Sierra Espuña. He continuado mi camino con el sol en todo lo alto, sufriendo los pasos sobre el asfalto, contando los kilómetros hacia atrás. Me he parado a descansar y escribir bajo la sombra de un olmo solitario, al lado de la carretera, justo a la altura de un cortijo con paredes de piedra blanca. Hacia Fuensanta, pedestal y virgen, el paisaje se torna algo montañoso y hay espesuras de álamos que señalan el cauce de algún río. Al pasar, se llega a un cruce: a la izquierda, Baños de la Fuensanta; hacia abajo, a doce kilómetros y medio El Jardín y allá enfrente, a poco menos de tres kilómetros, La Parroquia, donde he parado a descansar y comer. Sobre Baños de la Fuensanta frente a los huertos del Churtal, antes llamados baños de La Sultana por su ascendencia árabe, he podido recabar la siguiente información: “Los romanos ya cicatrizaban sus heridas en los baños de la Fuensanta, antes llamados de la Sultana, balneario situado al noroeste de Lorca, entre la pedanía de La Parroquia y Vélez Blanco. En 1991, los propietarios se vieron obligados a cerrar sus instalaciones a causa del mal olor de un cebadero próximo. Estos baños minero medicinales nunca trataron de emular a los de Baden Baden o Vichy, ni a los de Archena o Fortuna. La condición de sus aguas y las instalaciones eran más modestas, pero en 1872 el balneario disponía de un director médico, el doctor José Negro y García, y su propietario, el diputado a Cortes Juan del Arenal y que mantenían el establecimiento en buen estado de conservación y disfrute. La hospedería se construyó a cierta altura, sobre un cerro abalconado al río desde el que se ven sus amenas orillas plantadas de hermosos árboles y feraces huertas. Hasta cuarenta familias se alojaban entonces en un edificio que tenía dos pisos «con cocinas comunes en cada planta, patio rodeado por amplia galería y espacioso salón de recreo con admirables vistas» .En la explanada, ahora solitaria, sopla viento de poniente y trae el aroma de los pinos que alfombran la sierra del Gigante. Una de las pocas aportaciones históricas sobre los baños de la Fuensanta se debe al doctor Orozco, anterior director médico que en 1861 encontró vestigios de termas romanas en los alrededores: «En aquella época –explica– debieron ser muy concurridos estos baños, por cuanto en el mismo sitio aparecen los cimientos de una porción de edificios, cuya extensión es considerable, destinados sin duda a albergar a los que ya entonces aprovechaban las buenas cualidades de estas aguas».El doctor asegura en su relato haber visto reformadas «las obras de los romanos por otras de carácter árabe», y defendido el establecimiento por «un castillo situado en la cima de un cerro que domina completamente toda la extensión de las obras destinadas a los llamados baños de la Sultana, frecuentados por las familias musulmanas de mayor relevancia social».A mediados del siglo XIX se tardaba más de una jornada en venir desde Madrid a los baños: 14 horas en ferrocarril a Murcia, 8 a Lorca en diligencia, y 4 hasta el balneario siguiendo el lecho del río Guadalentín «tan expuesto en septiembre por la frecuencia de sus tormentas y avenidas».
No existe certeza sobre el lugar donde nacen las aguas medicinales, mas todos coinciden en que, de no ser en el cerro, allí se mineralizan, pues está formado por tierra gredosa, sulfatos de cal y carbonatos de magnesia. Sus aguas, clorurado sódicas sulfurosas, emergen a 23 grados de temperatura de dos manantiales, caliente y frío. La índole de estas aguas sulfuradas –agrega un informe–, con su característico olor a ácido sulfídrico tan desagradable, no sólo para ser ingeridas, sino incluso para el baño, y los modernos tratamientos dermatológicos hoy empleados, hace que no sea apetecible la hidroterapia aunque sea evidente la bondad de su remedio».


El mismo director del Balneario en 1872, José Negro y García, reconocía que las aguas tenían «un marcado olor a huevos podridos, apreciable a distancia. Tomada una buchada o al beberla, se nota un sabor salado, amargo, desagradable, semejante al que produce un agua saturada sobradamente de sal común, al que se une un ligero sabor fresco picante».
El trago, en pequeñas dosis, tenía sus compensaciones: «aumenta la salivación y el apetito, facilita la digestión estomacal e intestinal, produce efectos diuréticos y activa el torrente circulatorio y la energía muscular». En baño, susceptible de hacer con regadera, las aguas estaban indicadas para el escrofulismo, las dermatosis, el herpetismo, el reumatismo, sífilis-neurosis y cáncer.A día de hoy, los baños de la Fuensanta siguen cerrados desde 1991. «Raro es el día que no viene gente a por agua o a preguntar cuando lo abrimos –dice la propietaria–; nos vimos obligados a cerrarlo por un cebadero de cerdos que hay aquí al lado, con una balsa de purines que carece de foso y produce un olor insoportable. Lo hemos denunciado al ayuntamiento pero no lo arreglan, se ve que prefieren tener un cebadero a un balneario. Lo cierto es que no podemos reabrirlo hasta que no solucionen el problema. Pese a todo, en la hospedería hemos acondicionado unos apartamentos con cocina, baño y uno o dos dormitorios; ahora hay una familia de Valencia que ha venido a descansar, y en verano se ocupan muchas habitaciones. La pena es lo del agua, porque sale el mismo caudal».”
La travesía está engalanada con banderitas y mientras los vecinos del pueblo duermen la siesta, yo sufro bajo el sol aliviado por el amigable viento. Los papelillos se mecen con el aire y sus colores dinámicos anuncian fiesta. Es calle ancha y las casonas de construcción reciente, flanquean los acerados amplios. Parece un pueblo cuadriculado, hecho en el plano, a conciencia. Me he metido con mochila y todo, en el bar Aurora, pero enseguida he tenido que salir para sentarme en la puerta, por el aire acondicionado, demasiado fresco para la temperatura corporal que traigo. Así es que fuera, rondado por media docena de moscas, he comido un trozo de tortilla de patatas, riñones con tomate y una cerveza. Me doy cuenta de lo cansado que estoy y apetece siesta. Las moscas no me dejan en paz ni un segundo. He callejeado hasta un lugar, sobre la acera, en la la calle Del Rio, donde he encontrado sombra y he tendido los aislantes para dormir un poco. Cuando he despertado, la tarde se estaba poniendo con el viento, nublada y tristona. He dudado qué hacer, si continuar para Lorca, vaga opción, pues hay veinte kilómetros por delante y arriesgándome a llegar ya de noche, o si quedarme aquí, sobre cualquier banco a dormir. He atendido a lo práctico y después de lavarme un poco para despejarme, ya lo he tenido algo más claro. Me estoy tomando un café en el pub Ali - Mónate, a las afueras, en la carretera hacia Lorca. Sierra María y Los Vélez, la Sierra del Gigante, se ve desde aquí como un gran animal prehistórico, echado y malherido.


En la infancia del camino, los temores e incertidumbres son constantes, se echa de menos demasiado la vida anterior. La rutina, que es como un gran río que arrastra nuestras vidas, es demasiado fuerte y pesa mucho sobre nosotros. Ahora, así, abandonarla de cuajo, no deja de ser un riesgo que hay que asumir, un desarraigo, un corte sangrante que hay que ir tapando, cicatrizando con voluntad y paciencia. Para esto, cualquier emoción exterior, cualquier gesto que viene desde fuera: una atención, una sonrisa, un gesto de cariño, puede servirnos como medio inigualable, aunque no podemos asegurar su presencia. Nuestro interior deber ser implacable para nuestra voluntad, para nuestro empleo en el camino y en lo novedoso. No es fácil, pero es necesario y enriquecedor. Al final, el destino venturoso es para quien lo merece, para quien lo trabaja y la vida, el azar, siempre nos guarda un secreto maravilloso, un regalo sorprendente. Es el premio a nuestro esfuerzo. Me valgo de mi historia, de mi pequeña historia de viajes y escritos para iniciar nuevas experiencias. El viaje se versiona año tras año y sigue siendo un ser vivo con las mismas fases que cualquier otro. Aceptar lo penoso, lo dificultoso del camino, es aceptarlo tambien en el resto de nuestros días en nuestras casas y nuestros trabajos, con la gente que nos rodea y a la que amamos o simplemente saludamos.Pienso nuevamente en Beti y en su historia, en el desenlace de su aventura para llegar hasta aquí y estar feliz como está, en un país lejano. Todo esto me ayuda para seguir adelante. No hay otro camino: el medio que te rodea se va haciendo familiar, envolviéndote y ofreciéndote lo más cordial; debemos estar expectantes para todo lo que ocurre.
La Parroquia, al igual que los antiguos baños de la Sultana, se halla en la margen izquierda del río Vélez, antes de su desembocadura en el pantano de Puentes. Está a 520 metros de altura y tiene numerosos manantiales que proceden del acuífero de la sierra del Gigante

Ahora el sol dá sobre un lateral de las casas de La Parroquia y ofrece un aspecto más tridimensional del pueblo. Al sur, detras del santo, a su espalda, destaca el terreno manchado a veces de rojo y las agrupaciones interrumpidas, de pinares. Los almendros, aún jóvenes, aparecen en alineación, como en formación. Voy a bajar con cuidado por el pedregal. He tardado un poco en encontrar el camino. En la bajada, el olor a pino se mezcla con el de porcino, ya que existen numerosas explotaciones dedicadas a la crianza de este animal en naves.

En el pueblo hay ambiente festivo de tarde caída, cuando ya no duele el sol y la gente se ha levantado de la siesta, se ha duchado y se ha entretenido en arreglarse para la procesión y la misa. Me he refrescado un poco, subido a lo alto del pueblo, donde está el grupo escolar, para echar un vistazo a lo que podría ser un lugar para dormir esta noche. Al bajar, he cruzado algunas palabras con un hombre que va vestido todo de negro, parco en conversación y aunque el lugar y la hora se prestaban, la cosa no daba para más y he bajado hasta la iglesia, llena de gente y mujeres abanicándose. Es este un edificio sencillo con un altar jalonado por columnas con capiteles de estilo jónico . En la puerta, alrededor, la gente espera. La mujer de La Parroquia es guapa y esbelta y más aún hoy en día de fiesta . Me he metido en medio, para hacer contraste más que nada y para cambiar los olores, que no está mal de vez en cuando. En la calle, un poco más abajo, hay un chiringuito y se sirven bebidas. Observo y escribo, eso es todo. Los niños juegan y uno de ellos se me ha acercado con descaro, para mirar por encima de mi hombro lo que escribo. Ahora está enfrente mía. No le hago caso y se ha ido. Es un niño de unos cinco años, con corbata y pantalón corto, bien peinado. Hay un grupo de chicas que parecen modelos, todas con el pelo largo y delgadas, mirando al frente con orgullo, casi con soberbia. Sobre una mesa reposa el clarinete y el trombón dorado. Hay sensación de espera, como si algo fuera a suceder. Nada se escapa, o no debe escaparse, a los ojos del caminante. Una anciana, se queda dormida con la lengua fuera, en la puerta de su casa, en el interior, sobre una hamaca. Es una anciana que va toda de luto y que tiene los brazos llenos de venas sobresalientes, una vieja delgada, quizá demasiado, a la que nadie hace fotos ya, ni se pasea con orgullo, levantando la cabeza en la plaza del pueblo, cuando hay fiesta. El chico del pub se llama Pedro y es de Vélez Blanco. Ha estudiado en Granada y conoce a Encarni, la de la terraza Indalo. De cuando en cuando, un cohete pirotécnico rompe con un estallido la armonía del ocaso.El ocaso es el triunfo del caminante, el haber vencido la partida al día con sus asperezas y ahora, el momento se hace más amable, más cordial. Arriba, deshaciéndose poco a poco, el humillo producido por la explosión. Sobre la mesa, con una cerveza al lado, extiendo los mapas. Es inevitable condición humana y soporte de esperanza, el proyectar hacia el futuro. Tengo ganas de llegar a Lorca para luego recorrerla de cabo a rabo y desde ahí, seguramente, caminar en dirección norte hacia, quizá Aledo, al pie de Sierra Espuña y luego Pliego y Mula, después, no sé, hacia arriba, supongo.
El camino de hoy fué duro y más por el calor que otra cosa. Mis brazos y piernas comienzan a enrojecer. Se acerca la noche. En una mesa, a mi derecha, se han sentado dos chicas de veintipocos años, que huelen a jabon deliciosamente; es un olor higiénico que alimenta, un olor del que a vecs, el caminante se siente privado, como privado se siente de un beso, de tan solo una caricia, de tan siquiera una mirada. Hay un precio que pagar por este deambular errante y nómada y quizá sea este. El caminante, conforme van pasando los días, se va haciendo algo lobuno, independiente y alejado y solo se acerca para devorar, a mordiscos, lo que debiera comerse pausadamente, sin prisa, con ternura. El viajero no quiere caer en un cercado, en un mundo cerrado y circular, pero a veces cuesta. En otros caminos, frecuentados caminos a los que se ha señalizado con franjas de colores o flechitas, al viajero se le mira con otros ojos, porque su presencia no es extraña. El caminante va seguro y en su papel. Es súbdito del camino que se preparó para él y se siente cómodo y satisfecho. Hay seguidores de caminos por todos lados, discípulos de una secta con cauce seguro. Pero para el que es dueño de lo que vé, de lo que pisa, de lo que decide, aunque no sea lo más lógico ni lo más cómodo, la situación, el precio que tiene que pagar, el arancel, es a veces inquisitivo, marginal, imperativo. Al viajero, sin duda, le hacen falta grandes dosis de voluntad.Siguen, uno a uno, explotando los cohetes, con monotonía, como un golpe tras otro en el interior, como un martillazo a la conciencia adormecida. Ahora, la procesión, una virgen iluminada a hombros y detrás la comitiva y un repique de tambor. El viajero que no cambia de indumentaria para seguir la procesión y se siente dichoso de estar así y camina altivo y feliz tras la orquesta. Imno español y vivas a la virgen; se suceden los cohetes, lo aplausos y los vivas; se preparan mesas y manteles. El caminante, sin peso, con algo de cerveza en el cuerpo y sin calor, se siente liviano, etéreo, ingrávido y piensa, quizá por una corazonada, que el mundo es un juego y que las personas saben jugar. Todo se va animando y en la plaza y a la entrada de la iglesia, en la explanada, se han colocado mesas en fila con manteles y cubiertos para una cena colectiva. En este día festivo, se sule degustar el plato favorito: las migas con harina de trigo y embutido de matanza.
Por los altavoces, sobre un escenario de madera, se oye música con mucho volumen. He buscado de nuevo el bar para cenar y en el camino, dejándome llevar por un instinto primitivo, he perseguido en la distancia, el caminar resuelto, elegante, de una chica con zapatos de tacón, pelo largo y suelto y vestido blanco y negro. Es una chica que radia belleza y juventud, tambien seducción. He intentado buscar, en su cara, algo defectuoso, para consolarme, pero no lo he encontrado.

El viajero, después de comerse dos filetes de lomo y dos montaditos de morcilla picante, que se le deshacía en la boca, se siente mejor, con el gusanillo callado y está pensando en irse a dormir. A su alrededor, la gente, descansada, no tiene hora y aguanta lo que haga falta. A veces, los papeles se invierten, así son las cosas. Después he ido a la plaza, frente a la iglesia y me he quedado un rato en la actuación de un cantante - humorista que va con traje de luces y que se pone y se quita chalecos de todas clases, todos con lentejuelas que brillan como estrellas. Ha estado curioso. La gente, tanto la que está sentada como la que permanece de pie, se ríe a carcajadas. Cuando me he cansado, sobre las doce de la noche, he subido la cuesta, entrado en el grupo escolar y tumbado el saco sobre un banco con dos listones de madera. Antes, para hacer tiempo, me quedé un rato hablando con tres chavales bajo la parada del autobús.


. La parroquia de La Parroquia es la de la Asunción. Hoy, que es día de la Virgen y fiesta a nivel nacional, hay procesión. He subido hasta el Cristo del Sagrado Corazón, en dirección sur, a unos dos kilómetros y medio. Antes de iniciar el camino, una señora me dió una botella con agua y me informaron que este monumento fué construido en el año cincuenta o cincuenta y uno en un mes y medio con piezas que ya venían numeradas. El camino, que pasa el río Vélez, seco por esta zona, comienza por carretera y pasa entre casas diseminadas pero habitadas, justo a la salida del pueblo, para luego continuar en pista de tierra hasta el pie del monte donde se erige el monumento, para luego seguir y perderse entre almendros y campos rojizos. Lo he abandonado para iniciar la ascensión por un senderito casi imperceptible entre pinares, almendros y maleza de matorral. Al llegar arriba, he conversado con una pareja de Lorca que me explicaron cosas del entorno. Las vistas son fenomenales y aunque he subido agobiado un poco por el bochorno, aquí corre aire y se está bien. En primer plano aparece el pueblo y el paisaje grisáceo y marrón lo engulle para la vista. A la derecha, mirando hacia el norte y un poco al este, Sierra Espuña. Hacia el sureste, las montañas previas a Lorca. Al oeste, el sol se filtra entre las nubes y enfoca las cumbres de la Sierra del Gigante cuya línea de cumbres supera los 1.500 metros de altitud. La sierra del Gigante está a caballo de Murcia y Almería, a la altura de Vélez Blanco, y por su vertiente meridional fluye el río Vélez que riega las huertas de los caseríos del Jardín y de Trieza. Son varios las ramblizos y barrancas que se forman en los pliegues de esa imponente mole caliza (la Muela, su cima más elevada, alcanza 1.554 metros): una de esas ramblas, la llamada del Gigante, vierte su caudal al río Vélez a la altura de los baños de la Fuensanta, cuyo cauce ha sido ruta natural de comunicación desde la prehistoria, Razón evidente de su destacado valor estratégico es que, durante más de doscientos años, la zona dispuso de dos fortalezas, la de Trieza, levantada sobre un roquedo del Gigante, y Xiquena, emplazada en un escarpe rocoso junto al río, que conserva buena parte de sus altas murallas y torreones.
Según me explicaron, allá abajo, siguiendo el curso del río, se extendía una antigua via romana, la vía Augusta, punto de enlace entre las coras de Tudmir y Pechina y hay vestigios de arquitectura prehistórica, como un menhir cercano, que reposa en el museo de Lorc
a.



DÉCIMO DÍA:23 DE AGOSTO.

Al levantarme he visto el pueblo distinto y tras el café he tomado la carretera en dirección a la autovía. Voy recitando de memoria lo que se. Unas chicas pararon con un coche para llevarme, iban a Guadix y lo cierto es que fué una buena oferta, pero me negué. El día se presentaba algo nublado, con brumas y decidí andar deprisa por una pista paralela a la autovía que unas veces te echaba para la izquierda y otras para la derecha, tanto da. Así es que fuí recorriendo entre pensamientos que rumiaba, recuerdos que ya se me aparecían lejanos en los tiempos y otrás cábalas, los últimos kilómetros hasta Guadix. Antes de este último pueblo, inicio, al mismo tiempo de mi camino circular, hallé otro con nombre de apellidos: Hernán Valle, situado en lugar de paso y con un lavadero que se resiste a desaparecer y donde conocí, de paso, casi por coraje, a una chica que acababa de hacer la colada y que estudió en Granada. Me acompañó hasta un horno donde compré un dulce en forma de cuña y luego continué mi camino sin más historia hasta que fuí divisando ya a la hora del almuerzo las primeras casas de Guadix. En un bar, a la orilla de la antigua carretera hacia Baza, me paré para celebrar mi llegada triunfal a la ciudad y me tomé una o dos cervezas con tapita de pescado y musiquita de fondo. Me senté en la terraza y leí un poco el períodico. Este año hace un siglo del nacimiento de F. Nietzsche y dedican una o dos páginas a este extraño y original filósofo alemán del que conservo algunos libros en mi biblioteca y que nunca llegué a leer del todo. La entrada en Guadix fué a confluir casi por el lugar de origen y en la estación de ferrocarril, pero bajé al pueblo antes de salir y de paso me tomé algo en un bar y saqué dinero en metálico del mismo cajero automático donde hace nueve días comencé a andar. El viaje se acaba y en la estación esperan el tren varios turistas italianos que visitaron las cuevas. Se apoyan en sus macutos mientras descansan y se aburren un poco. Les he ofrecido unas almendras. Por el camino se encuentra de todo y todo te entretiene. El camino no se termina, se abandona, como dijo algún genio, refiriéndose a su obra y yo he abandonado estos terrenos, estos pueblos donde crece el esparto y a veces pega un calor que te derrumba, pero donde tambien te puedes echar la siesta junto al frescor de un regato o una alberca repleta de peces. En mis numerosos ya, viajes por estas latitudes de Andalucía, he aprendido de sobra, que lo importante es andar libre, al albur de los días y de las noches que siempre esconden una sorpresita, como se esconde el rey mago en el roscón de reyes y que por mal que se pase, palos con gusto saben a almendras. Este viaje me ha servido para mucho, o para poco, depende de como se mire, pero lo cierto es que he vivido lo suyo y me he sentido como el pajarillo madrugador en busca de gusanillos, volando sobre los chopos o bajando al río, según le dé. En el tren, siempre se siente que has dejado un año atrás aunque sea verano y que el tiempo vivido es el que realmente se reconoce en tu vida y te hace más dichoso. Uno, en su rutina diaria, cuando recuerda el viaje, lo hace siempre con una nostalgia sobrecogedora y eso le ayuda a vivir y a ir tirando con ilusión, es algo así como un bote salvavidas para los momentos más duros, cuando los días se suceden uno tras otro, todos igualitos y cortados con el mismo patrón. He llegado a comprender la importancia que tiene viajar solo, con la mochila y todo lo demás a cuestas, embebido en sus pensamientos y bañarse en el primer arroyuelo que se precie o beber el agua de toda fuente que encuentre en el camino. Y que para eso, para esa felicidad tan cercana, no se necesita tener ni billete de avión disponible, ni el depósito de gasolina ni la cartera llena, que son placeres pequeños y que están ahí, al alcance de la mano, para todo aquel que quiera sentirse libre y que no tenga demasiados pajaritos en la cabeza ni demasiadas estampas de revistas de viajes, retenidas en su cerebro y que le hagan sufrir profundos y costosos encantamientos que al final acaban secuestrando tu voluntad y comerciando con tu tiempo.
Fin,.-


 

 

OCTAVO DÍA: 21 DE AGOSTO

           Nada más levantarme y para poder arrancar y entrar algo en calor, he ido a tomarme un café a una cafetería al lado de la gasolinera. Los obreros se toman el café cortado o el carajillo para aliviarse antes de acudir al trabajo. Mi mochila reposa en el suelo por poco tiempo, pues enseguida, después de llenar la cantimplora, he tomado una pista de cemento que va a dar a la ermita y que después transcurre, ya camino de tierra, paralelo a la autovía. Sigo caminando por la ruta de Ibn al - Jatib, dirección sur. El mapa me sirve de referencia. He llegado al cruce donde confluyen esta ruta con la de Ibn - Batuta, pero he seguido por la primera y luego a la Venta del Peral, agrupamiento de casas blancas con encanto. He parado en un bar donde me pusieron, al lado de la cerveza, una tapa de jamón, todo por cien pesetas. ¡ Casi ná !. Los cortijos, a veces ya abandonados, aparecen entre los campos solitarios. La sensación de sequedad al mediodía es enorme. He llegado a Los Alamillos, aún habitado y he aprovechado para pedir agua. Foto a las casuchas y al emparrado. En Los Angulos, donde al parecer nadie habita, hay un pozo con caseta, puerta de padera curtida por el sol, pila de lavar y tinaja medio rota. Todo ello conforma un conjunto con solera, así es que después de sacar agua fresca con un cubo, ayudándome con la carrucha, he hecho una nueva foto. Las cortijadas me ayudan a avanzar, pues en ellas encuentro aliento, sombra y agua. Tienen un efecto sobre mí parecido al de las ventas, pero sin vino. En Las Canteras, un chaval joven me dió agua y señaló el camino hacia Caniles, a donde hube de llegar después de cruzar por El Francés, de más renombre e importancia y Los Pinos con su refrescante y próxima Fuente de la Ártichuela. Cae en este lugar un agua cristalina y fértil que es la vida de una alameda próxima a la rambla. Por las calles de Caniles, empinadas y calurosas, he entrado a la hora del almuerzo. Fuí ascendiendo hacia el parque para tomarme una cerveza con tapa y luego salchichón y pan del que llevaba. Me he sentado en un banco con dos viejos que luego se fueron yendo hacia el hogar del jubilado a echar la partida. Desde Caniles se puede ascender hasta la Sierra de Baza, que es Parque Natural y dejarse caer en un día de camino a Fiñana, ya en Almería. He querido dormir un poco pero ha sido imposible, así es que he ido a donde fueron los vejetes para tomarme un café y tras la recarga de conversación que puse a mi favor para autoestimularme, cogí de nuevo el hilo del camino bajando hacia el puente, cruzando el riachuelo que aún lleva agua y luego una pista que transcurre paralela a la carretera, primero a un lado y luego al otro, para llegar a Baza. He llegado a la caída de la tarde, pero con tiempo aún de comprar algunas cosas y llevármelas al parque para comérmelas y después buscar pensión. He callejeado por las estrechas callejuelas laberínticas del centro de la ciudad. Baza es grande y me pareció algo intranquila para dormir al relente. Después de ducharme en la pensión he ido a dar una vuelta y justo a la salida he conocido a una chica, Cristina y a otras más que concurrieron con ella en el parque, en un bar con terraza donde nos tomamos algunas cervezas y charlamos. De tapa suelen poner costilla frita. Me lo he comido todo. Cuando he bajado a dormir he acompañado a Cristina que vive justo al lado, en el callejón la cogí por la cintura y me fuí paladeando la miel de sus labios en un beso robado, arrebatado a la noche como quien entra furtivo en un huerto para coger un melocotón y quedarse dormido con el hueso en la boca. Mañana quiero subir por la sierra para dejarme caer al otro lado, será jornada dura y hoy me he preparado para el esfuerzo. Con la puerta del balcón abierta, he tenido que arroparme con la cubierta blanca de las sábanas.

 

NOVENO DÍA: 22 DE AGOSTO.

           He tratado de levantarme a buena hora para subir por la sierra, desconocida para mí y por tanto no delimitada aún. Esto me deja un poco inseguro. Sé que hay que subir, pero no sé ni cuanto tiempo ni realmente hacia donde me dirijo. Mi idea es alcanzar algún pueblo al otro lado y así conectar la ruta. He tenido que andar un buen rato por las calles de Baza, recorriendo todo el pueblo en dirección sur en principio y luego en dirección este para tomar el camino que sale de la famosa Fuente de San Juan, que ahora debido en parte al efecto de la estación seca, cuenta con menos presencia de agua de la que los viejos del lugar recuerdan. Por las calles desiertas de Baza, medio desorientado, me voy encontrando de cuando en cuando alguna mujer que barre la puerta o algún albañil, que desde la obra me indica la dirección. Está más lejos la salida hacia la pista de lo que pensaba. He tomado el camino nada más llenar mi cantimplora sumergiéndola bajo la poceta del nacimiento y luego he seguido caminando, para adentrarme en los campos que cubren la sierra, cada vez más solitaria y auténtica, cada vez más escarpada. Me voy indicando por las señales que han pintado a modo de baliza, ya que hay un sendero GR reconocido que transcurre por el parque natural y en el que yo he confiado. Los pinares y el silencio se imponen. Tan solo alguna pequeña y abandonada casa me recuerda la presencia del hombre. Las fuentes, no muchas, apenas tienen agua. El sendero a veces se estrecha y otras se pierde entre los cauces secos y pedregosos. Hay que estar algún rato pensando qué camino tomar según lógica y quizá intuición. He llegado sin demasiados problemas al Centro de Recepción de Visitantes Narvaez. Todo son construcciones nuevas pensadas para acoger e informar al turista que decida pasarse por aquí, pero por ahora solo abren los fines de semana, así es que todo el complejo me está vedado. Dejando la mochila sobre unas escaleras me he dado una vuelta por los alrededores. Arriba hay unos depósitos que vierten algo de agua por un chorrito conducido. He cogido alguna en la cantimplora ante el temor de quedarme sin recursos hídricos. Para llegar a Narváez hay que desviarse un poco del camino, que luego he retomado. Desde aquí hasta La Canaleja por una pista ancha o carril forestal, por donde circulan de vez en cuando vehículos particulares y sobre todo vehículos todoterreno oficiales para vigilancia y cuidado de la sierra. Dentro van hombres con un mono amarillo característico. Se me han quedado mirando pero yo me he apretado la gorra sobre la cabeza y no he dicho nada. La Canaleja es lugar recreativo ya que han colocado barbacoas, mesas y bancos para facilitar su uso como merendero, más arriba hay un refugio con el tejado muy inclinado, quizá para evitar la acumulación de nieve en el invierno. He parado aquí, ya un poco desgastado por la subida y he comido un poco de choped con aceitunas y algo de queso, tambien acepté una cerveza que me ofrecieron en un grupo de gente que venía a comerse el arroz, pasear a los chiquillos y oler bien y bueno. La fuente que está al lado del camino arroja un chorro de agua fresca que dá gusto verla. El agua, antes de irse para otro lado, cae en un pequeño estanque donde puedes meter las manos y mojarte los brazos y la cara sudorosos. Los demás, con sus coches allí al lado, animan a la cocinera que prepara un arroz. Su algarabía en torno a la comida es fuente de placer. La mía lo es la montaña, el otro lado, el más allá. No quiero respirar ni un minuto más esa falta alegría burguesa y así es que fuí subiendo, ahora por un sendero tan pendiente, tan escarpado, que tuve que detenerme en más de tres ocasiones para tomar aire y aliviarme, lo cual aproveché para contemplar el cada vez más amplio y azulado paisaje que quedaba debajo de mis pies. Merece la pena la subida, aunque el peso y el cansancio muscular te ate a la llanura, aunque tus piernas flojeen por momentos y quieras quedarte allí tumbado todo el día. Merece la pena continuar porque arriba te espera la suavidad del aire de la montaña alcanzada, el suspiro del viento y la caricia de la brisa fresca. El senderito, que pertenece a la ruta señalada en franjas horizontales rojas y blancas, va a dar a una pista que nos lleva si continuamos a la derecha. A lo largo del camino y aún antes he abierto numerosas veces el plano de la sierra donde vienen señalados los caminos, carreteras, pistas forestales, arroyos, barrancos, fuentes o refugios. De tanto abrirlo, quizá para consolarme, está un poco deteriorado ya. Uno, cuando sufre la subida o cuando tiene sed y no hay agua que echarse a la garganta, suele refugiarse en los mapas donde el azul nunca se pierde y todo es llano, donde el hecho de verte avanzar de un sitio para otro dentro de los trazos coloreados del papel, parece que te hace sentirte satisfecho. En el fondo creo que es el soporte de tu sueño del que ese momento y más que nunca, necesitas.¡ Y qué vistas, madres mía !. El peñón de la Sagra frente mía, al norte, más a la izquierda y un poco más cerca el Jabalcón y a su pie el embalse del Negratín. La sierra de Castril y encima mía, detrás, el pico más alto de la Sierra de Baza, el Santa Bárbara, pelada cima que supera los 2400 m de altitud sobre el nivel del mar. Un poco más adelante se encuentra un lugar señalado como El Pozo de la Nieve, con su fuente y su refugio y la explanada de los Prados del Rey, ya seca, pero que se convierte en los meses de lluvia en un prado exhuberante. El sendero sigue señalado hacia Fiñana en unas cuatro horas y media a pie, pero prefieron continuar ahora en dirección sur, por un camino en línea ligeramente ascendente que corta la loma y que nos lleva a un Centro de Contraincendios, un centro de reunión del reten de incendios en caso de fuego habilitado para que puedan tomar tierra los helicópteros. Desde allí y por la llamada Garganta de los Resineros, por la cañada escarpada, cubierta de pinares y arbustos que imposibilitan el paso y donde me he tenido que emplear a fondo para atravesar, entre la maleza a veces impenetrable y las hojas muertas que yacen al pie de los pinos y por las que a veces me deslizo peligrosamente, he ido descendiendo, siguiendo a veces los senderos apenas perceptibles que dejan el paso de ganado y las pisadas medio borradas de los pastores. He encontrado chozas y apriscos, algún objeto doméstico, todo muy rudimentario para el difícil oficio del pastoreo. Apenas con agua y la dificultad creciente han incrementado el esfuerzo. Prácticamente abatido he conseguido vislumbrar de lejos un camino y atravesar entre arañazos y rozaduras los últimos arbustos y dirigirme por la pista hacia los primeros caseríos. Detrás queda toda una tarde, quizá la más angustiosa, donde he tenido que sacar fuerzas de flaqueza y no sólo físicas para avanzar. En la Venta del Vicario me he lavado un poco brazos y cara. Me he mirado al espejo, el rostro descompuesto, desencajado y he intentado dar la cara más propia para entrar en conversación al tiempo que me tomo un café y veo que en reloj de pared de la cafetería estan a punto de ser las siete de la tarde. Un camino paralelo a la autovía me lleva al cruce de Gor y desde ahí una carretera poco frecuentada, que sale a la izquierda hasta el pueblo, que se ve blanco bajo la montaña. A la entrada me he parado a hablar, quizá tambien porque lo necesitaba, con unos viejos que pasean en las horas de menos calor de la tarde. Nada más entrar, a la derecha, hay una gran fuente con muchos caños activos y unos niños merodean alrededor suya. Ni corto ni perezoso, me he puesto las chanclas y he metido los pies para lavármelos. Enseguida he notado el alivio; después me he lavado el pelo con champú. Todo por medio, los chiquillos me miran, se ríen y comentan. Algo más recompuesto he ido a tomarme una cerveza al hogar del pensionista, justo en la plaza, frente a la fuente. Después, en la parada del autobús, me he entretenido hablando con dos hombres, que me cuentan sus peripecias cuando eran jóvenes. Al lado del consultorio, hay un parquecito pequeño y recogido, allí conocí a una señora con un niño en sus brazos, cuando estaba siguiendo el rastro a algún lugar para dormir. Se llama Isabel, tiene cuarenta y nueve años, vive en Sabadell y el niño es su nieto. Más adelante me he entretenido a hablar con ella en un cruce de calles. Ha llegado su hija y su yerno; la pareja se lleva mal y están siempre discutiendo. Isabel es viuda desde hace ya algunos años. Su pensamiento es libre y profundo, está buscando valores y se encuentra algo angustiada por la situación de su hija. Luego hemos ido ella y yo a tomarnos algo a un bar que tiene terraza. He tenido que traer la mochila, la he dejado apoyada en la pared, pesada e inmóvil como un muerto. Después de la copa, muy hablada por cierto, hemos salido del pueblo, en una calle de extramuros y sobre los pastizales, mis manos se deslizan por su piel ya madura, por sus carnes casi flácidas, por su maternal, apenas trémulo vientre y sus besos en forma de luna menguante. Pero su mirada poseía aún todo el brillo del deseo y entregados, sin pudores, sobre la tapia de un huerto, oyendo el griterío de la gente que se encontraba cerca, en una terraza de verano, todo fueron caricias y besos. Ella estaba tumbada, vencida, pero mis fuerzas se fueron en la montaña, en los caminos que suben, serpentean y desaparecen. Me acordé entonces del poema de Lorca: “ Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío “. Por los callejones oscuros nuestro abrazo se abrió como una i griega y nos dimos el último beso frente a la luz cenicienta de un farol. Ella me buscó con la mirada, desde las cuatro esquinas y yo me alejé alegre, saltando hacia el parque que me esperaba para dormir. Pasé la noche dentro de mi saco en la puerta del consultorio.

SEXTO DÍA: 19 DE AGOSTO

Me he levantado sobre las diez de la mañana. Mi cuerpo ha aprovechado la coyuntura de cama en blando y la tranquilidad, temperatura ideal y absoluto silencio que se respira en este lugar. He bajado a la fuente para lavarme un poco y despejarme y después a tomar café. Con la buena noche y el estímulo de la cafeína, he soltado las palabras y he conversado un buen rato con un cura de Galera que estuvo destinado en Cartagena y que tampoco tenía mucho que hacer esta mañana. Hemos hablado del campo y de las excursiones. Poco después he cogido el camino del yacimiento de Castellón Alto, dejando la mochila en la sede de Natura Galera, en la segunda planta del edificio consistorial. Allí nadie le toca. He cogido cámara de fotos y documentación. El día está bastante caluroso. Abajo, en el barranco, transcurre sin ruido el río. Es un camino polvoriento y seco. Luego hay que subir una cuesta hasta la entrada del yacimiento, que está rodeado por una valla. Toda la montaña está llena de piedra de yeso. Es curioso comprobar como se rayan con la uña. Al cabo del rato ha llegado la chica que nos ha mostrado parte de los restos. Se llama Mª Victoria. Ya había una pareja allí de Madrid esperando. La explicación ha sido completa y muy puntual. Aquí estuviero asentado un poblado hace unos tres mil quinientos o tres mil setecientos años. Por lo visto, hace millones de años, el mar llegaba a estas alturas, metiéndose por lo que hoy se conoce como las Ollas de Baza y Guadix. El yacimiento argárico ofrece hasta cinco o seis alturas, donde vivían gentes de distinta condición social. Hay enterramientos en cavidades, donde se han extraído restos de huesos y utillaje personal y que ahora se conservan en museos. Algunos de ellos en Madrid. Después de Mª Victoria, vino, para seguir las explicaciones, Eva, una chica que formaba parte del grupo de ayer. Ella ha continuado con la leyenda, pero como el calor es sofocante, le hemos pedido que abreviara. Quizá no es buena hora para venir aquí. Tras el recorrido, ciertamente interesante, hemos bajado al pueblo en el coche de la pareja de Madrid y luego me quedé en el bar Manolo, tomándome una cerveza con Eva, Raquel y una mujer de unos cuarenta y tantos, que se llama Maribel y que es amiga de Eva. Allí a la sombra se está bien y las cervezas entras solas. Maribel, su marido Lorenzo y su hijo David, viven en Barcelona, aunque son oriundos de esta zona. Se fueron Eva y Raquel y sobre la marcha, me quedé a comer en el bar, en el interior con el matrimonio y su hijo. Allí los cuatro en un compañerismo nacido de pronto, compartiendo la hora del almuerzo. Comimos como reyes, ensalada, cordero a la plancha con patatas. Tras la comida, café y pacharán. Llamé a Raquel a su casa, pero al poco tiempo de venir, se fué. He ido a dar una vuelta a la plaza, donde algunas personas se afanan en montar el mercado medieval que se pone en marcha esta tarde. Hay tenderetes de lona y mesas. Los objetos de vidrio, barro y otras artesanías se van colocando poco a poco. Hay actividad comercial primitiva que recuerda a los zocos árabes. Allí se encontraban Miguel Ángel y Rosa, metidos de lleno en el fregao. Rosa, antes de irme y después de haber hecho un pequeño recorrido por el barrio alto del pueblo, se despidió de mí, como disculpándose por no haberme podido atender más tiempo, debido a su ocupación. No hizo falta, pero ello me indicó la calidad humana de la muchacha que para octubre quiere irse a estudiar a Posadas, un ciclo de formación relativo a temas medioambientales y culturales. Allí, en un puesto de venta de jabones y productos derivados del aceite, conocí a una pareja de Rute, que me invitaron para ir a su pueblo y conocer Adebu (Asociación de Defensa del Burro). Me pareció interesante y me quedé con su teléfono. He salido de Galera, con la mente poblada de recuerdos, casi imperceptiblemente, atravesando el rio Orce y metiéndome por un camino a la orilla izquierda del río y al que se ha llamado Camino de la Vega. Ya tenía ganas de encontrame con los caminos de tierra, por esos que resulta más libre andar, con menos vigilancia y peligro. Es este un sendero que transcurre, como digo, paralelo al río y donde se ven numerosos bancales, huertas y excavadas en la roca, algunas cuevas abandonadas con sus ventanucos oscuros, casi arrebatadas de nuevo por la montaña, para la propia montaña. Hay pastoreo y cultivos. He parado en una huerta donde una señora, inclinada, arrancaba yerbajos de los pimientos. Cuando se agachaba, se le subía el vestido. He estado un ratito mirándola desde el camino, lascivo, curioso, sin decir nada; pero temiendo ser descubierto, he bajado a pedir agua. Unas niñas se bañan en una alberca dando gritos y chillidos agudos. He continuado caminando, intentando calmar al corazón voraz de emociones, hasta divisar el lugar conocido como Fuencaliente de Orce ( tambien Huéscar tiene su Fuencaliente, que no llegué a conocer, pues pillaba un poco fuera de ruta ). El caminos se hace tortuoso y como no he visto vereda alguna, me he metido por los sembrados, campo a través hasta el recinto de los baños. Es un merendero en torno a una gran piscina donde conviven los barbos con los bañistas. Todo está cubierto de árboles de gran altura, que ofrecen una sombra acogedora. Me he puesto el pantalón del bañador, un pantalón corto pensado para hacer deporte y con él me he metido en las aguas no tan frías como se pensaba. Varios largos y luego a secarme al sol, ya en declive. Para hacer tiempo he hablado con dos chicas, una de ellas de Sevilla, que estaban tumbadas en la hierba. Al viajero no deja de extrañarle, que sin decir nada y sin poner apenas nada de su parte, haya gente que le conozca y le dirija la palabra para saludarle, como si nos hubiéramos comido una paella juntos, humedecida con vino tinto. Lo cierto es que un chaval que estaba por allí, al verme, me saludó. Es de Orce y ayer, en la carretera, cuando venía pensando en las casualidades, por lo del reloj, quiso montarme en su coche para llevarme a Galera. He llegado a Orce por carretera y ya medio oscureciendo, con la piel fresca. Me he comido en la puerta de una tienda dos yogures, del tirón, a cucharada limpia, como si me pesaran en las manos. He ido buscando la plaza pasando al lado de uno de los impresionantes muros del castillo de la Siete Torres, que data del siglo XI y que alberga en su interior el museo arqueológico y paleontológico. La plaza está animada. Me he tomado una cerveza para pensar mejor y luego, dando un paseo, he descubierto la belleza empedrada y agreste de la Posada de Los Caños, junto al Palacio de Los Segura, rehabilitado para fines culturales y oficina turística. Como las dueñas de la pensión se encuentran en un bautizo, he ido mientras a dar un paseo, En el patio recibidor de la posada, como he dicho antes, de suelo empedrado y paredes encaladas, se está muy a gusto. En las paredes hay bombillas que dejaron de funcionar y a las que se les ha echado agua y ahora sirven como maceteros pequeñitos para plantas hígrófilas como los potos. El apaño queda bien y sería interesante copiarlo. La posada tiene puerta de madera, de esas que exigen una llave de hierro pesada y de la que es difícil obtener un duplicado. El conjunto de todo ello dá a esta pensión un carácter de intemporalidad y romanticismo que me atrajeron desde el primer momento. De ahí que hiciera tiempo para convenir el alojamiento. Cuando al fin llegaron las dueñas, dos señoras mayores, hermanas y tristes, por la reciente muerte de su hermano, pude ver la habitación, situada en la primera planta, con ventana a corral de parra. En mil pesetas se quedó la cosa, aunque solo pasara una noche y el precio para esta fuera de mil quinientas. Subí mis cosas y me dí un baño. Después salí a dar una vuelta y conocí, al lado del castillo a un grupo de unas cuatro o cinco chicas de entre diecisiete y diecinueve o veinte años. Entre ellas hay una muy delgada que se llama Mª Carmen y es de Granada. Nos hicimos fotos en la fuente, una fuente grande de cuatro caños y es por este nombre por el que se la conoce. Es además sustento de un lavadero anejo, pero que está cerrado con llave. Después de la foto y la fuente, subimos a la Cruz, con el cielo estrellado y donde el airecillo de la altura reconforta. Para subir allí hay que salir por la zona alta del pueblo, atravesando una pequeña placita, que cuando horas antes descubrí, la elegí para quedarme a dormir si fallaba la pensión. Es una placita con jardincito y casas pequeñas donde todo el mundo se conoce y que en medio de la tranquilidad, ofrece un escenario inigualable para pasar la velada, sentado al fresco. Como digo, subimos todos a la Cruz. Un chico de unos dieciocho y otras tres chicas. Jugué al amor entre los escarceos verbales de la pandilla y luego, henchido de luna y noche, bajamos al pueblo para despedirnos. Una de las chicas, alta y guapa, que vive en Valencia, me dejó su teléfono móvil por si quería alguna foto. Entré en la posada, que tenía la puerta encajada, con todas las luces cerradas, deslizando mi mano por las paredes para orientarme y subir a tientas las escaleras, buscando el interruptor para llegar a la habitación. Al fin y como si de una pequeña odisea se tratase, pude meterme en la cama no sin antes quedarme un momento mirando por la ventana, con la luz abierta.

SÉPTIMO DÍA: 20 DE AGOSTO.

De nuevo, un poco más tarde de lo deseado, he iniciado el camino hacia Cúllar, dirección sur. He renunciado a levantarme temprano pues no había, dentro de la habitación escondida, rayo solar que penetrase para invitarme a madrugar, así es que sobre las diez menos cuarto he abierto los ojos al dia. He bajado a desayunar y con un cubo que me prestaron en la posada y jabón que llevo en mi mochila, he ido a la fuente a lavar ropa sucia que ya se estaba acumulando. Mi muda solo se puede renovar durante varios dias y hay que lavar periódicamente. Después de refregar camisetas, calzoncillos y calcetines, estos últimos colocándomelos a moto guantes y frotando uno contra otro, he ido a tender la colada al patio de la pensión. Mientras se seca todo, he ido al Palacio de Los Segura, rehabilitado, como dije antes, para oficina de turismo, exposiciones y lugar de venta de productos típicos y artesanales. Hay un patio central digno de ver, reformado y donde predomina la madera. Al edicio se puede acceder por varias entradas, cada una de ellas da a una calle, o mejor, una a una calle, la de la posada y la otra a la plaza. Exposición de pinturas de Mª Angeles Ruiz, mujer de treinta y tantos, accitana ( de Guadix), pero afincada en Granada. Mujer sensible, optimista, íntima. Sus cuadros se han vendido bien y está satisfecha. El lugar de la exposición es una sala con cubierta de madera. He pasado un rato con ella, en un patio recoleto, hablando de su trabajo y de la vida, al susurro del sonido del agua de una fuente. Después he ido a ver el museo penetrando por la puerta principal del castillo. Hay tres alturas y escaleras interiores de madera e hierro para subir. En la superior se encuentra una reproducción del trozo de cráneo del hombre de Orce, cuna del hombre europeo, encontrado en el año 1982 en Venta Micenas, carretera de María. El original reposa, al parecer, en una caja fuerte que hay en el Ayuntamiento de esta localidad. Sobrevuela el águila por encima de las colonias que hay de este ave en Sierra María. He vuelto a la pensión para recoger la ropa ya seca y salir a la terrible hora de la una de la tarde, camino de Cúllar. El camino polvoriendo se aleja del pueblo ascendiendo en un principio y luego allanándose en el terrero. He encontrado un palo a modo de señal con una fecha y la leyenda “Ruta de Ibn Al Jatib “ y tomo a la derecha en el sentido que indica la señal. Es un camino solitario recreado, de vez en cuando, por el humilde verdor del almendro. A veces, alguna nube, que se interpone ante el sol, me deja abrir los ojos por completo, dándome un ligero suspiro al caminar. Las nubes se van acumulando y un poco más tarde cayeron algunas gotas que hicieron levantar el polvo y pusieron cavidades grises por los senderos de polvo blanco . Caminando y caminando entre los cortijos abandonados donde solo hay agua almacenada en cubas para el sustento del ganado. He roto la cremallera de la mochila y he tenido que poner un imperdible. He llegado a una zona de invernaderos donde se cultiva el tomate enano, como los del Cortijo del Motor, donde he parado, desviándome por un camino para llegar al porche emparrado y beber agua. Es un agua, no de gran calidad, pero sí al menos, potable. Tambien he lavado algunos tomates que cogí y que guardaba en los bolsillo, para ir comiéndolos poco a poco, a tomate por bocado. He llegado hasta la carretera A-330, después de rebasar un cultivo al aire libre de tomates de pera, más grandote y rojizo, donde tambien he repostado vitaminas nada despreciables y he tomado a la izquierda. Las gotas desaparecieron y el sol se convirtió de nuevo en el rey del cielo. Caminar ahora por la carretera es más duro, pues el firme está asfaltado y pasan coches. Un chico francés que va en moto se ha parado en el arcén y hemos estado un ratito hablando. Me cuenta que va en solitario, para descubrir Granada y Sierra Nevada. Le he indicado algunos sitios sobre el mapa de carreteras que lleva guardado. Detrás lleva una botella de plástico con agua, pero está muy caliente y no se puede beber. Caminando por el arcén he llegado hasta El Margen, un pequeño núcleo de población, donde paré en la venta Los Paraisos para comerme un bocadillo de queso y descansar un rato. Botella de agua y bocadillo por quinientas cincuenta pesetas. Frente a la venta, una extensión de paraisos, que de ahí debe el nombre, inundan con su perfume la primavera de estos lares. Por lo visto, es pasar por la carretera y quedarse embriagado por la fragancia. Al salir de la venta ha comenzado a llover con fuerza, como un chaparrón de verano. Justo en este momento ha parado un coche blanco en el arcen contrario: - ¡ Antonio ! -. Alguien me grita desde su interior. Son las chicas de Galera que pasaron por allí y me reconocieron. Vienen de Cúllar a donde han ido para recoger a una amiga que viene de Madrid. Cuando ha pasado la tormenta nos hemos metido los cuatro en otra venta más adelante para tomar café. De nuevo la casualidad me ha sorprendido. Tras el remojón, gajes del oficio, apetece estar aquí sentado cómodamente y tomarse un cafetito a la sombra de la conversación, ahora más viva. Nos hemos dejado los teléfonos y las direcciones y les dí, como regalo una bolsita de tomates que aún guardaba. La tarde va declinando y tengo que darme prisa para llegar a Cúllar. De todos modos he ido sobrado y voy andando con fuerzas oliendo los campos recién mojados y la paja húmeda ya cosechada. He llegado a Cúllar anocheciendo. Monumentos de interés en esta localidad, situada al lado de la autovía, son la Iglesia de la Anunciación y la Casa de los Duques de Cadmio, tambien la ermita de la Virgen de la Cabeza. El patrón es San Agustín. He parado en la plaza mayor, en el bar Los Faroles, donde tardaron en atenderme y no permanecí mucho rato. Fuí callejeando por la nocturna Cúllar y la siguiente cerveza me la tomé en un bar situado al lado de la travesía. Al lado mía, en la terraza, hay sentada una familia que tiene una niña pequeña que se llama Maila, que es nombre árabe. Desde aquí, se ve iluminada, allá en lo alto, la ermita de la Virgen de la Cabeza, torre de piedra y casa. He cruzado la carretera para tomarme una última copa y comer algo y después, en el banco de un parquecito, cerca del cruce, tendí el saco para pasar una noche más. Es sitio oscuro y aunque pasa gente cerca, pude conciliar el sueño hasta la mañana.

QUINTO DÍA: 18 DE AGOSTO

Por la mañana me desperté sobre las ocho, un poco más tarde de lo habitual. La recogida de basura con su ruido tremendo, me desveló. Llegaban en el camión los obreros y cuando vaciaban el contenedor lo dejaban rodar hasta que chocaba con la pared. He ido a tomar café a un bar lleno de jubilados y humo, en medio de un aire irrespirable que no invita a permanecer allí más de lo necesario. He tomado, con cierta pereza, la carretera ascendente en un principio, hacia Huéscar, siguiendo la misma A-326 que cogí para llegar a Castril, comenzando hoy desde el punto kilométrico veinticinco. A unos siete kilómetros, se encuentra el poblado de Fátima, curioso lugar. He parado ( ya no me dejo atrás ni venta ni ventorrillo, ni bar que se me atraviese en el camino ) para tomar una cervecita con tapa y algo de conversación. En Fátima se encuentra la iglesia Ntra. Sra. de Fátima, como es comprensible y dentro de ella, pues la virgen de Fátima y dos monjas leyendo un libro religioso. Me paré, seguramente falto de conversación aún, a hablar con ellas y acabé recitándoles, quizá para compensar, unos versos muy humanistas de Vicente Aleixandre. Con la cerveza y la conversación camino mejor, más alegre y segura, tambien más ligero mientras dura el efecto. He cruzado por un puente que une las dos partes de un tajo enorme y el riachuelo allá abajo. El paisaje es impresionante, con la Sierra de la Sagra azulada, allá al fondo y en primer plano la escarpada ladera pedregosa que dá vértigo. A la salida del puente, me he parado a hablar con una señora que espera en el interior de un vehículo a que venga su marido con ayuda para socorrerles, pues están averiados justo a lado de la carretera. La señora, va con un niño y me ofrecieron agua. Cuando llegó el marido con la grúa y seguía allí, dale que te pego a la lengua. Sobre el kilómetro cuarenta me desvié de la carretera solitaria en medio de unos páramos desiertos y me dirigí a la sombra de una cortijada para echarme un rato a dormir. Por aquí se trabaja el ganado lanar y el campo está pelado y polvoriento. En la cortijada no hay nadie. Después de la pequeña siestecilla adelantada, con moscas rondando por compañía y sobre las tres de la tarde, he cogido la mochila y me he enfrentado a un calor sofocante surcando estos campos pulidos, en busca del pueblo. La sed, el calor, el peso y el cansancio van haciendo mella en mí, pero resisto a duras penas, como voy pudiendo. Voy refugiándome, cuando puedo, entre las sombras de los pinos, que de vez en cuando flanquean la carretera. Son pinos elevados y alieados casi siempre en el margen derecho, a veces, las menos, a ambos lados. A lo lejos, una vez superado un pequeño puerto, se ve Huéscar, extendida y parda. La sed, ya acuciante, me hizo abandonar de nuevo la carretera y buscar agua donde fuera. En un cortijo, al parecer activo, por donde pasa un canal de agua que luego utilicé para echármela por la cara y brazos, he pedido agua a un tractorista que dejó aparcado su coche para iniciar la faena. El hombre ha traído una botella de refresco, con agua congelada, para que le dure la jornada y me ha ofrecido un poco, llenándome la mitad de mi cantimplora. Sin ese agua compartida, me hubiera resultado penoso continuar, así es que se lo agradezo mucho, más quizá que lo que mi gesto, en aquel momento pudiera expresar. Queda Huéscar a unos cuatro kilómetros. Más relajado, calmo el paso con los labios cortados por la sed y el aire seco, pero sin problemas de deshidratación. Al llegar al pueblo, lo primero que vemos es la imagen abandonada del convento semiderruido de San Francisco, del S. XVII, al parecer de propiedad particular. He entrado por una calle larga y que dá a una plazuela con fuente de las que hay que apretar un botón para que echen agua. Es, de todos modos, una placita con encanto, recogida y cordial, donde pasan la siesta algunos vejetes apoyándose en su bastón. Un señor mayor me ha conducido hasta el parque, pues necesito un lugar, a ser posible sombreado, donde comer. El parque, ya casi a las afueras, es lugar de exhuberante vegetación, poblado y fresco. Huéscar es un pueblo con ramalazos de ciudad y hay cierta actividad comercial y tráfico en las calles centrales. El parque, aunque grande y sombreado, no me pareció buen sitio para comer, así es que volví sobre mis pasos, me tomé una cerveza y fuí de nuevo a la plazuela para hacerme una ensalada con corazones de lechuga, tomate y aceite, tambien alguna fruta. Me cobraron por un aguacate, casi veinte duros, así es que lo fuí escoltando con mis manos hasta comérmelo. No quise dejarme ni un trozo. En una tienda compré postales, dos postales con imágenes de la plaza central del pueblo, seguramente de principios de siglo. Dos postales que van a parar a Sevilla, al domicilio de alguna amiga. Son postales que hieren la memoria, pues representan no sólo un lugar, sino tambien escenas con halo de romanticismo en blanco y negro. Después caminé hasta el Ayuntamiento, donde me pusieron el sello del municipio en el que se escribe en círculo: “ Excmo. Ayuntamiento de la muy noble y leal ciudad de Huéscar”. Y dentro aparece el escudo de la villa y en letras mayúsculas tambien y algo más grandes : “ Policía Local “. El municipal que me atendión es un hombre con ideas y muy predispuesto a servir e informar. Me ha hablado de la Sierra de la Sagra, cercana al pueblo y de los problemas con los que se enfrenta el Ayuntamiento. También hemos hablado sobre el convento de San Francisco y que al parecer el problema de su conservación compete tanto a propietario como al Patrimonio Cultural de la Junta y al propio Ayuntamiento. Entre los tres no se ponen de acuerdo y la cosa, al parecer, va para largo. Aunque ya llevo hoy mis kilómetros, he preferido no quedarme en este pueblo y continuar por carretera hacia Galera. En la matrícula de un coche, en los bordes donde se coloca la publicidad de la casa vendedora, ví, con sorpresa que los apellidos del propietario eran los míos : “Talleres Fernández Plaza”, concesionario Citroën. Me he metido en la casa de coches y preguntado por curiosidad. Enseguida una señora, que al ver la coincidencia, se ha alegrado, ha ido a avisar a su marido. En efecto, Sabas Fernández Plaza. Es hombre de unos cincuenta o cincuenta y tantos años. Tiene un hermano que reside en Valladolid y que se llama exactamente igual que yo, hasta en el nombre. Me ha regalado de recuerdo un reloj de cocina con publicidad y los apellidos marcados en rojo. Me quería dar tambien unos bordes de plático para la matrícula, pero me ha parecido abusivo y más teniendo en cuenta que he de llevarlo a cuestas. Para meter el reloj he tenido que reajustar aún más mi equipaje. Le he dejado, encima del mostrador, una llave fija que encontré en la cuneta al salir de Fátima. En la puerta del concesionario nos hicimos una foto, yo con mi mochila a cuestas y el hombre al lado, a mi izquierda. En el fondo los apellidos en un rótulo. He salido contento, divertido y sorprendido por las casualidades, pero la carretera con sus ocho kilómetros que separan de Galera, se ha encargado de bajarme los ánimos. La carretera está llena de amenazas, amenazas de ruidos, de coches, amenazas de rotura de pies y de calor excesivo. Se ve al fondo Galera, que tiene forma de arpón, escalando sobre la montaña y arriba la torre de la iglesia. Galera blanca sobre el río. La cueva vivida desde la prehistoria. Nada más entrar en el pueblo he buscado una fuente con chorros que vierten en un pilar y que está situada al lado de un parquecito escondido donde hay una cruz en un soporte de piedras. Para cruzar el río y acceder al pueblo hay un puente de hierro. Es un puente ancho y transitado, como una avenida. Antes de nada he vuelto a la fuente para meterme a mitad de cuerpo dentro de ella y lavarme piernas, brazos y el pelo con champú. Unos niños, bulliciosos y preguntones se colocan a mi lado sin tener en cuenta el ratito de intimidad que se requiere para estos menesteres. Como estoy acostumbrado a estos asaltos he hecho lo que tenía que hacer, sin pudores ni retenciones. Luego, ya más fresco y conforme, he subido por las calles principales hacia la Plaza Mayor, donde, a la placidez de la terraza de una heladería, me tomé una cerveza y logré contactar, inesperada sorpresa, con una chica que se me acercó al saber que era forastero y le habían dicho que estaba interado en conocer Galera. La chica, a la que enseguida ofrecí algo para tomar y rogué que se sentara a mi lado, se llama Rosa. Tiene cara de buena y está muy involucrada en los aspectos históricos del pueblo y en dinamizar la vida cultural del mismo a través de un colectivo que se llama Natura Galera. Esta muchacha es monitora - guía de un yacimiento arqueológico, ubicado cerca del pueblo y que se llama Castellón - Alto, cultura argárica, con restos del neolítico y Edad del Bronce. Entre su conversación y la mía ha llegado la noche. Me ha presentado a un chico que se llama Miguel Angel y luego he conocido, en la terraza de otro bar- restaurante al resto de sus amigos, casi todos ellos trabajan o estudian fuera y vienen al pueblo por verano. Me he dejado llevar por su ambiente y cerca del parquecito de esta tarde, nos hemos tomado unos whiskys con refresco. Me he acercado algo más a la conversación con una chica bajita, rubia , que habla muy bajito y fino y que se llama Raquel. Raquel está siempre sonriendo. He estado con ellos un buen rato, pero luego se metieron en el barullo de un bar y les rogué que me llevaran a la cueva para dormir. Es esta una casa - cueva que me ofrecieron como alternativa a mis noches al aire libre. La utilizan desde que una vecina del barrio alto, donde está ubicada, se la prestó indefinidamente para que se reunieran allí. Dentro de ella se está la mar de bien, con una temperatura de unos 18 º C, permanente. Me dejaron allí, lugar de difícil acceso a no ser que se conozca uno bien el camino, y me eché a dormir en un sofá, arropándome con el saco y dejando la ventana abierta para que entrara un poco de fresco. Cuando me quedé solo y ellos se fueron, sentí un poco de vacío, pero enseguida por mi cansancio, concilié el sueño y se me olvidó. Estas casas cueva son comunes en Galera y pueblos limítrofes. Tambien lo son en Guadix o Purullena. Su cotización está al alza e incluso en Galera hay una agencia, La Pisá del Moro, sita en la Avda. Nicasio Tomás nº 6, dedicada al alquiler de algunas de ellas, bien restauradas para el turismo rural con carácter exótico, sin duda.

CUARTO DÍA: 17 DE AGOSTO

Sobre las siete y media de la mañana me puse en pie y en un bar frente a una plaza, me tomé café con dulce. Luego he llenado la cantimplora y he salido, tomando la carretera A-326 dirección norte hacia Castril. La distancia es de veinticinco kilómetros y en un principio es todo llano. Bosques de pinos. A unos siete u ocho kilómetros se encuentra el embalse de La Bolera y todo un complejo hotelero y turístico para el ocio. Hay un camping donde he pedido información y me han puesto el sello en mi cuaderno. Río Guadalentín. El embalse es grande y está limpio. He bajado para hacer una foto. Los olores del pinar me reconfortan, es como volver a rescatar el recuerdo de andadura con este perfume lleno de salud. El pinar del sur despide un olor seco, sin mezclas de humedad. En el camping, a donde he entrado para curiosear y llenar la cantimplora, unas parejas han alquilado una cabaña de madera y ahora están trajinando los preparativos para las actividades que tienen planeadas durante el día. Se les ve llenos de dicha con su flamante coche al lado de la casita y regocijados en su papel de turistas de campo con sueños de chuletas asadas y pescado a la parrilla. Tienen a su alrededor infinidad de chismes y las mujeres se afanan en preparar las comidas y controlar a los chiquillos. Por la carretera hacia Castril sigo caminando, ya avanzada la mañana, acercándome cada vez más a la sierra del mismo nombre. Campocebas es poblado dependiente de Castril. Antes, en unas casuchas, he pedido agua y un hombre solitario me ha sacado una botella que aunque contiene agua, sabe a vino. Solo he bebido un traguito pequeño. Lo cierto es que mucha sed no tenía, pero al ver al hombre sentado, allí solo junto a su puerta, me dieron ganas de acercarme y conversar y que mejor escusa que la de pedir agua para el caminante. El hombre no parecía muy dispuesto a la conversación, así es que dejé el tema y volví a la carretera, que siempre está esperando sin inmutarse. Más adelante he pasado, como digo, por el núcleo principal de Campocebas. He parado en un bar “ Los Manolones”. En la puerta hay gente sentada y enfrente se puede ver la actividad de máquinas y hombres extrayendo mármol del tipo “Emperador” de unas canteras en la falda de la montaña. - ¡ Es como si cortáramos un trozo de queso !. Dije yo. - Bueno, algo más duro. Me contestaron. En Los Manolones estuve buen rato con mi cerveza de un tercio marca Alhambra, muy extendida por esta zona y todo Granada y mi tapa de calamares que se agradece. La chispa de la cerveza me hizo hablar más de la cuenta y me puse preguntón y exigente, así es que al ver una camiseta que tenía colocada la señora del bar, le pedí una igual para mi y la mujer me trajo una amarilla pálido, que guardé en la mochila, aumentando de este modo su peso. Siempre pasa lo que pasa, se salen con unos kilos y se vuelven con otros. Hay cosas que vuelven a casa sin haberlas usado y otras que te encuentras por el camino y las incorporas a tu inventario. Todo a cuestas casi sin darte cuenta, pues el peso va aumentando poco a poco con el tiempo y lo aceptas sin más. Cuando salí del bar, me di cuenta que el calor era ya sofocante y sin tregua de ningún tipo. Ahora viene lo más duro, así es que me calé de lleno la gorra y con la vista al menos, sombreada, apreté el paso. Sol y sudor, no hay más. Estos son elementos del viaje que no se pueden obviar, testigos permanentes del caminar, omnipresentes y sustanciales, como el peso de la mochila o la soledad. Pasan coches con matrícula de Alicante o Barcelona. Turistas que van y vienen. Algunos vuelven para pasar en verano, algunos días con su familia. Otros huyen de la ciudad. Puede que otros, quizá la mayoría, hagan las dos cosas. Hay pendientes pronunciadas antes de llegar a Castril. La montaña ha sido cortada para dejar paso a la carretera y hay vallas para evitar que los posibles desprendimientos de rocas afecten a los conductores. En medio del calor asfixiante de las primeras horas de la tarde, un coche que subía, se ha parado para montarme pero me he negado. Era un coche moderno, impecable, con aire acondicionado. El hombre, un poco más arriba, ha dado la vuelta y bajado al pueblo. - ¡ Si vengo andando, vengo andando !. Es lo que hay. Lo primero que me encontré, ya a escasos kilómetros de Castril, fué un embalse recientemente construido. El embalse del Portillo. Le he hecho una foto para el recuerdo, con la gran masa de agua en primer plano y la montaña al fondo. Hay un cruce de carreteras y me he metido a la derecha para acceder al pueblo. He pasado por una fuente insignificante, un chorrito de agua que apenas se oye, que apenas se ve, pero que yo recibo con una alegría inmensa, pues he podido refrescarme sin pudores, gozándo del agua, no solo de su frescor, sino además del desanso y relajación que supone verla bajar cristalina, de la montaña. Nada más entrar en el pueblo hay un Centro de Recepción de la Naturaleza para visitantes que quieran visitar el Parque Natural de la Sierra de Castril, pero está cerrado. Calles del pueblo hasta las fuentes, siempre buscando los lugares por donde corre el agua. He ido a tomarme una cervecita en el histórico bar “Emilio”, con placa conmemorativa en la puerta. Tiene este bar especial encanto, con su terraza y veladores y unas vistas inigualables. Es centro del pueblo y lugar de reunión concurrido. He comido al sol en una fuente debajo de la cual hay un letrero que pone: V Centenario : 1490 - 1990. He comido de lo que llevaba y luego he bajado al río para echarme la siesta sobre un banco en un parquecito que hay justo al lado de la ribera. Es un lugar sombreado y fresco. Luego ha llegado gente y con la conversación y las moscas me he despertado. He ido hacia un lugar donde hay embalsada agua y bañistas de todas las edades. Es una gran charca de agua verdosa y sucia, que se alimenta del agua del rio que es bombeada allí a través de una goma. El agua está helada, pues procede de la que desembalsa el pantano del Portillo y que alimenta la vida del rio Castril, es por tanto agua de la parte más baja y más fría, que sale por una tubería de gran diámetro y provoca un ruido ensordecedor ante tanta energía líquida. Poco a poco, tímidamente, me he descalzado, dejado la mochila a un lado y me he metido un poco más abajo, en el curso del río, al lado del camino. Una chica toma el sol en bikini, tendida sobre la tierra. La chica es de Castril pero vive en Barcelona, se llama María y tiene veinticinco años. Nos conocimos, acerqué la mochila y me cambié, para ir a ver con ella los secretos umbríos del desfiladero, con paso de madera y el túnel entre montañas. Es un lugar verdaderamente interesante que ofrece una imagen del pueblo en perspectiva. Me he metido, al final del camino, bajo las aguas heladas de un chorro de agua gigantesco que baja de la montaña. Mientras me enjabono cabeza y cuerpo, María me mira alucinada. Me baño a voces, a gritos que se oyen desde lejos. La potencia del chorro es tal que se me ha salido una chancla y he tenido que capturarla como si fuera un pez de entre las aguas espumosas. Me hizo una foto y luego, con todo por medio después de haberme cambiado de ropa, fuimos a una roca al lado del rio, para secarme y charlar. La gente pasea y se detiene al lado del agua para curiosear, incluso se hacen fotos, pero nadie tiene la osadía para meterse. El viajero aprovecha estos recursos hídricos para bañarse, lo cual tiene doble función, higiénica por un lado y por el otro terapéutica y refrescante. El baño me dejó relajado y como María me debía un beso y no quiso dármelo, tuve que quitárselo de sus labios salados. Tras el beso lo demás, poemas junto al rio, con la tarde declinante y el chorrillo de gente que no dejaba de pasar. Ella me hablaba de su novio de Barcelona al que quería olvidar, después de haber pasado un verano sin él y sin dolor. Tambien sobre un amigo que llevaba ya varios años rondándola en el pueblo. Estaba indecisa, miraba de un lado para otro, como buscando algo. No esperamos a la noche, casi ni siquierra al anochecer, cuando no se adivinan bien las formas y hay más lugares para esconderse. De su mano, cautos pero arrojados por la voluptuosidad de nuestros cuerpos que ya antes se entrelazaron en palabras, en caricias, en la complicidad de la mirada, fuimos caminando hacia una explanada tras una casucha de labor. Mis piernas me temblaban y no ya del esfuerzo caminante. Mis palabras salían a saltos, precipitándose en los labios como cascadas. Noté cómo un impulso desde dentro me empujaba a su cuerpo, cómo el corazón se aceleraba dislocado. No encontrábamos el lugar idóneo para el goce sin miedos, por más que nos empeñábamos, torpemente, en buscar por todos lados, subiendo y bajando de un bancal a otro. Fué al final, en el desnivel de una terraza de cultivo de regadío y olivares, donde descubrí la multitud de veneros que concurrían al núcleo de su sexualidad. Todo sobraba, la mochila, la ropa; atenacé su cintura y me coloqué sobre ella. Al volver sobre el camino, mis piernas flojeaban. Ella caminaba un poco distanciada por peligro a ser descubierta. Subimos, sudorosos, el sendero en cuesta que lleva al pueblo, entre los almendros y las paredes de piedra y se ocultó en una casa, desde donde hice una foto con el santo en la parte superior, justo encima de las buganvillas y los tejados pardos. Luego, cuando ella se quedó en su casa, fuí a comprar y comer algo cerca de la fuente. Volví a sentarme, a concurrir a la belleza del paisaje, desde la terraza del bar Emilio, desde donde se ven los perfiles de la sierra ya con la noche encima. Música caribeña, relajante, de Cesaria Evora,que no impide precipitarse al recuerdo, a la placidez que resulta de satisfacer en cuerpo y corazón un día entero caminando. Castril es atento con los poetas. A la entrada hay azulejos colocados en un monolito junto a un restaurante y dedicados a las víctimas de la guerra civil. Son versos de Miguel Hernández que dicen así: “ ...espadas locas abren una herida inmensa. Después, el silencio mudo de algodón, blanco de vendas, cárdeno de cirugía, mutilado de tristeza. El silencio. Y el laurel en un rincón de osamentas. Y un tambor enamorado como un vientre tenso suena detrás del innumerable muerto que jamás se aleja” Y debajo pone: M. Hernández. Castril a las víctimas de la guerra. En la calle, arteria principal del pueblo, hay una placa con una cita de Borges: “ Se que en la eternidad, perdura y arde lo mucho y precioso que he perdido”. J.L. Borges. Castril a D. Juan Granero Liñán. 1894-1936. Al parecer este hombre, hijo del pueblo, fué médico y alcalde de Castril. Torturado y asesinado en la guerra. He caminado sin rumbo fijo por las calles del pueblo. Un grupo de mujeres suben a una terraza, cerca del cruce, a tomarse una cerveza. He estado con ellas un rato hasta que llegaron las once, hora a la que había quedado con María en la fuente y que no se presentó. Presentí que estaba en un pub que suele frecuentar y que se llama “Diskaparate”. Y no me equivoqué. Dejé la mochila en la puerta y estuve un rato con ella y su hermana. Me tomé una cerveza y luego bajé con ellas hasta acompañarlas a su casa y allí mismo, bajo la galería que conduce a la Biblioteca Municipal dedicada a José Saramago y Pilar del Río, tumbé la mochila y me eché a dormir. La biblioteca fué inaugurada por este escritor portugués, el día 23 de abril de 1997.

TERCER DÍA: 16 DE AGOSTO.

Bien temprano arriba. Aún lucía la luna y el sol amenazaba con subir por el horizonte. He guardado la cama en la mochila y bajado al pueblo para tomar un café con dulce. Sin más preámbulo, he retomado el camino para aprovechar el frescor mañanero. Voy en pensamientos, paso tras paso, reproduciendo cada uno de los momentos que inundaron la noche, pero al mismo tiempo, intentando dejar todo en su sitio para estar bien expectante ante lo que pueda surgir. Caminando por la carretera, a unos dos kilómetros, he llegado a un cruce que si se toma recto, nos lleva a Alicún de Ortega y si decidimos coger a la derecha, como así hice, nos metemos por una pista en estado irregular, algo asfaltada al principio y poco transitada. Abundan las choperas y los regadios al lado del rio. He pasado por la cortijada Casas Cabrera. He parado a preguntar y continuar. En estas montañas áridas, solo se puede extraer esparto para usos industriales y decorativos. Por lo visto, hay que cogerlo cuando todavía no está seco, sobre mayo o junio. El rio Fardes se junta con el Guadahortuna y el Guadiana Menor, que vienen por arriba, en Valdemanzanos, a donde he llegado casi sin darme cuenta, entre recital y recital de poesías que conservo en la memoria. Son poemas aprendidos de Miguel Hernández, García Lorca, Salinas o Pablo Neruda. Esto me entretiene mucho y como estoy solo le pongo la entonación y volumen que me apetece. Antes de llegar a Valdemanzanos hay que dejar, tambien a la derecha, el cortijo de San Roque. En Valdemanzanos he parado para beber agua, que me ofrecieron con amabilidad y de paso pude preguntar. En este cortijo, ya de relativa importancia, se cultivan frutales y hortalizas. En el almacén hay un frigorífico grande con habas recolectadas, en sacos. Para comercializarlas, les ponen la denominación de origen de Dehesas de Guadix, aunque procedan de aquí. Tambien se cría el espárrago. Un hombre que venía en una moto, poco hablador, me indicó que más adelante, en Cortijos Nuevos hay un bar, pero tomé para Cortijos Nuevos y el bar lo habían cerrado hacía tiempo y solo pude ver un cojunto de casas medio alineadas de lo que antes fué pero que ya se abandonó. Poblados como este me iré encontrando a lo largo del camino en un número que supera lo imaginable. Pueblo abandonados al olvido, como alejados del contacto humano, clavados en el tiempo. Unos hombres que montaban un tejado de chapa ondulada galvanizada con taladros, me dieron agua y me señalaron el camino para salir de allí en dirección Pozo Alcón. Hice una foto de fachada con emparrado, quizá para consolarme. El camino me llevó de nuevo al rio. Y la equivocación me hizo pasar una sed tremenda, mientras caminaba en dirección este con un calor asfixiante hacia las horas del mediodía. Un camión cisterna coge agua del río para regar los árboles plantados recientemente en su orilla. Son fresnos, olmos y otra especie que no recuerdo. El grupo de obreros es de Quesada y hacia ellos he sentido una envidia sana. El caudal del rio no es muy grande, pero camina deprisa hacia el embalse del Negratín. He seguido caminando por el otro margen del Fardes apoyándome en la sombra de una chopera, notando su frescura por un sendero amplio y sin desnivel. Pero luego la cosa ha empeorado notablemente, pues ha continuado una subido en zig zag alucinante, donde debido al esfuerzo y el sudor, he sentido una angustia al borde de la desesperación, cuando me veía sin agua, ni siquiera caliente. No dejo de ascender. Veo un camino a la izquierda, que según me dijeron conduce a Fontanar, pero por desconfianza no he querido cogerlo, así es que he seguido por esta pista principal, caminando en ascensión hasta que el terreno se ha remansado y los cultivos de almendro han comenzado a proliferar. Se ve, a lo lejos, Pozo Alcón. He llegado a un cruce y he optado por tomar a la izquierda. Antes me metí en medio de los terrenos arados, para alcanzar un caserío donde se oía el ruido activo de un motor, pero cual no fué mi sorpresa que allí no vivía nadie. Todas las puertas cerradas. Esfuerzo en vano. He regresado al camino, como digo y tomado el de la izquierda, para enfilar el pueblo con la vista y con el paso. Transcurre el agua silenciosa de un canal. Me he metido dentro, con cuidado de no caerme y me he refrescado la cara. A la izquierda, allá a lo lejos y un poco detrás, se ven las casitas alineadas de Fontanar, pedanía esta de Pozo Alcón, hacia donde me he dirigido. Olivares de regadío con pequeños orificios en las gomas negras que abastecen de líquido el cultivo. He sentido sed en extremo y buscando agua me he desviado en varias ocasiones de mi sendero. Es entonces cuando, dejándome llevar por la necesidad, me he arrastrado, casi literalmente hablando por los terrenos para llegar lo antes posible al pueblo, lo cual no ha hecho sino retrasar aún más mi llegada, pues a veces tenía que volver sobre mis pasos. Ya casi tocando las primeras casas, entre chalés y casas de campo, un chico con su moto me llevó hasta el bar - restaurante La Palmera, donde casi antes de pronunciar cualquier frase de cortesía y saludo, he pedido una jarra de agua lo más grande posible y un vaso y que casi me la bebí enterita. Ya una vez recuperado, jadeante y sudoroso, he vuelto a la normalidad. Salí a los veladores y me quedé un rato en silencio, sentado y callado como sonámbulo. Pedí cervecita con tapa incluida y me puse a comer de lo que traía, recalentado como es lógico, pero bueno a fin de cuentas. Después he ido a tumbarme un poco bajo la sombra de una casa, pero las moscas y el calor no me dejaron apenas conciliar el sueño. Así es que me desperté, recogí la cama y me metí de nuevo en el bar para tomarme un café solo con hielo y ponerme a hablar con dos chicas, una de ellas gallega de Vigo y la otra de allí, que con dieciseis años estaba muy desarrollada para lo normal en su edad y que estaban sentadas fuera. Pasando por la puerta de la iglesia se puede ir a visitar y si es posible, utilizar el lavadero. Es este un lugar singular con agua fresca que no falta y que tiene instalados en ambos lados de la edificación, unos tendederos de ropa sostenidos con palos. Fontanar cuenta con algunas fuentes de buen agua y en cantidad. En el lavadero lavé toda la ropa sucia que llevaba y esto me reconfortó, pues mientras se secaba fuí a darme una ducha refrescante y purificadora bajo un chorro de agua que en forma de codo, sirve para llenar los tanques y cisternas para el regadío de parques y jardines del municipio. El agua está helada, fué todo enjabonarme y enjuagarme de una sola vez y casi a gritos, pero me sentó muy bien y salí renovado. La ropa se secaba bien aprovechando el vientecillo y el calor. Al cabo del rato, ya todo en su sitio y seco, un servidor cambiado de ropa, refrescado y comido, ingredientes para el buen ánimo, salí caminando de nuevo hacia Pozo Alcón, aprovechando las horas últimas de la tarde. Una hora en carretera. Los vehículos pasan a toda prisa, casi desesperados y esto me da un poco de miedo, me sobrecoge. El pueblo de Pozo Alcón , que pertenece a la provincia de Jaen, que solo he entrado en ella ligeramente, es un pueblo grande y próspero, un pueblo de tránsito y comercial. He estado ya varias veces aquí de paso. Me metí por las calles centrales y compré en una tienda de las de antes, tomates, yogures y un puñado de plátanos muy maduros que me los dejaron a menos de la mitad de su precio. Los comí todos, uno detrás de otro junto a una fuente en una placita muy coqueta pero afeada por los coches. Unos niños, preguntones, me están agobiando y una mujer, madre de uno de ellos, que se llama Rocío y que es natural de la Línea de la Concepción, hace punto de cruz, grabando por encargo, el escudo del Real Madrid. Oscurece, me tomo la cerveza de rigor en un bar que da a una avenida amplia y donde me colocaron el sello en el cuaderno. El bar se llama café bar restaurante “ José León Pescador “, Plaza del Ayuntamiento nº 18. La señora piensa que algún día podría hacer famoso a su establecimiento si se hace notar en mi cuaderno. Yo pienso que ha sido un poco ilusa y que ve demasiadas series televisivas, pero por mí que no quede. He dado paseos por el pueblo. En una fuente, bebiendo agua, he confundido a un niño con melena que se llama Antonio, con una niña. He chico ha replicado: “ - ¡ Soy un hombre! “. Desde entonces no se lo he negado. Bebí agua en una fuente con dos caños, una fuente que tiene una alberquita al lado y donde se sientan, quizá atraidas por su frescura, unas chicas con pinta de gitanas, morenas y brillantes. Pozo Alcón se asemeja, en los lugares céntricos, a una ciudad pequeña, con tráfico y semáforos. He dejado la mochila en el bar, escondida detrás de la puerta y he dado una vuelta por las avenidas y las terrazas. Me he metido en un disco-bar donde se reúnen chavales y el camarero tarda en atenderte y cuando lo hace es de malos modos, como desganado. Por las calles del pueblo, en busca de un lugar donde echarme a dormir. Una viejita que vive en una casa de la calle Nuestra Señora de Tiscar me ofreció repelente de mosquitos, pues le comenté que dormiría cerca, como así hice, al final de la rampa de subida a la puerta de urgencias del centro médico. Cuando volví, la puerta de la señora estaba cerrada y no pudo darme el repelente. Casi me alegré. Dormir en la puerta de urgencias es un riesgo pues se pueden presentar a lo largo de la noche, como así sucedió, casos urgentes. Elegí este sitio por su ubicación en un lugar apartado del bullicio y fresco por su situación elevada. Pude arroparme con el saco, utilizando como siempre la mochila de almohada sobre la que colocaba una toalla pequeña, para mayor comodidad. La luna, aún llena, se escondía a ratos tras las ramas de un árbol. La puerta de urgencias fué golpeada varias veces a lo largo de la noche. En una de ellas, un hombre al que al parecer habían golpeado, pedía ayuda a los médicos. Todo eran voces. Me desvelé sin saber que pasaba, pero luego me enteré de todo. Por lo visto le habían dado una paliza de vértigo y su compañero le exigía que callase todo lo que había pasado.

SEGUNDO DÍA: 15 DE AGOSTO

Segundo día. Me he levantado sobre las ocho y media de la mañana, aunque he estado presente en el recorrido lunar, desvelándome continuamente. Un galgo flaco, negruzco, enjuto, con pinta de comer poco, me ha despertado con sus ladridos. Cuando me ha visto levantado, se ha callado y se ha tumbado al sol, a los primero calores mañaneros. Tengo algo de frío en el cuerpo a pesar de que duermo con saco y aislante debajo y he bajado al pueblo a desayunar. Las mujeres barren la puerta. Juani, una mujer simpática y abierta, con la que bailé anoche, ha madrugado y la he encontrado dale que dale con la escoba. Nos hemos saludado. En el bar me dieron el desayuno. Uno con una pierna rota me contó sus penas que le salieron como podían mezcladas en copas de coñac y carajillos. Salí del bar y tomé de nuevo el camino, siguiendo la carretera en dirección al cruce con Pedro Martínez y Huélago a la izquierda y Villanueva de las Torres y Alicún de las Torres a la derecha que es por donde me he metido. Cuando he visto la rambla seca del Fardes he caminado por ella, pero ha llegado un momento en que la espesura de vegetación hacía impenetrable el paso y he tenido que volver a la monotonía del alquitrán. Así poco a poco, alternando rambla y carretera. La rambla es camino alternativo bastante querido por el viajero, pues por él se anda sin ruidos ni peligros de velocidad y el piso, al ser de tierra o arena, es más fresco. Además, seguir el curso del río, es como dejarse ir por el paso natural del agua donde se suelen encontrar veneros o algún chorro de nacimiento que alimenta el cauce. Hay arboledas de chopos a mi derecha en el sentido de la marcha. A la izquierda, se elevan las lomas peladas, secas, con matojos propios de desierto o semidesierto. Cuando he vuelto por segunda vez a la carretera, ante la imposibilidad de continuar por la rambla, ya solo quedaban dos kilómetros para los baños de Alicún y todo el complejo turístico montado alrededor con el nombre de Termas de Alicún. Me he aproximado al recinto, donde, como es festivo, se dan cita cientos de personas de todos lados. Piscina en festivos 1050 ptas. los adultos. (por casualidad es festivo hoy, día de la Virgen). Dentro hay merenderos, terrazas, restaurantes y varias piscinas, una mayor, cuya profundidad máxima no rebasa los 1’70 mts., donde el agua se mantiene a 24º C y otra más pequeña, para niños, de profundidad entre 0’20 y 0’60 y de temperatura algo más elevada, de 32 º C, por encontrarse más cerca del manantial. Como he llegado acalorado, me he puesto el bañador y me he zambullido sin más preámbulo. He probado la emoción olvidada del trampolín y el tobogán. Como no he encontrado sitio donde dejar mis cosas, he colocado la mochila donde he podido, más o menos a la vista. La sombra de los pinares tiene inquilinos que no se quieren ir. Alicún de las Torres, que se encuentra a 750 m. de altitud, posee un balneario con instalaciones de balneoterapia y un gran hotel. En los alrededores del balneario, existen ocho dólmenes, hacia el término de Gorafe. En el restaurante, donde he pasado buena parte del tiempo en el balneario, una mujer endemoniada ha liado una buena, subiendo encolerizada a la parte de arriba, donde se encuentran los comensales e irrumpiendo con violencia entre las mesas. Se oyeron ruido de cristales rotos, gritos y forcejeo. Al final, tras la tormenta vino la calma y la gente se quedó comentando, indignada el suceso. Por lo visto no la dejaron subir a la planta de arriba para comer, antes del horario establecido y se sintió agraviada. Todo el mundo pensó que no era para tanto. Comí una hamburguesa, escribí, estuve hablando algo con los camareros, que son una familia de Alhendín, pueblo cercano a Granada y al cabo del rato me tomé un café solo con hielo para espabilarme. He estado haciendo tiempo en la piscina para esperar que pasasen las horas de más calor. Por momentos he dudado entre continuar hacia Gorafe, continuando la carretera que tomé para venir aquí, o bien volver sobre mis pasos hacia el cruce y seguir hacia Villanueva de las Torres. Me he declinado por esta segunda opción y sobre las seis de la tarde he dejado este entorno de recreo, este oasis muy concurrido y me he dirigido, carretera adelante hacia Villanueva, durante los nueve kilómetros que la separan de aquí. El paisaje ofrece plantaciones de melocotoneros y hay que subir alguna cuesta donde se cria el esparto y el tomillo seco. Me he metido por las primeras calles del pueblo, he subido a la plaza y me he tomado una cerveza. En una tienda que hace esquina he comprado víveres, cogollos de lechuga, cabeza de jabalí, algo de fruta y galletas. He preguntado por un parque para comerme todo esto y he conocido a una familia que viven en Barcelona aunque son de aquí, de Villanueva. Hemos hecho confianza en poco tiempo. Me condujeron hacia una pista asfaltada que aprovechan para montar la caseta en la feria y que es un lugar cerrado con un escenario hecho de obra. Es un sitio pelado y más bien sucio. Una señora anciana me sacó de su casa una botella de agua y me quisieron rodar en video, pero creo que no les quedaba batería y eso me salvó. Con Vanesa, hija y nieta, me he sentado en uno de los veladores de la plaza y hemos estado un buen rato charlando y bebiendo algo. Me he comido lo que me sacaron a mí y lo que le sacaron a ella. La muchacha se ha mostrado muy cordial y me cuenta que en el pueblo la gente bebe mucho y que no pasan una noche que se vayan secos a casa. Que van todos juntos a las fiestas de los pueblos cercanos y que a veces se siente un poco presionada por la insistencia de los demás a la bebida y al tabaco. He pensado, que por estos lares, la juventud, a veces se mete en círculos de los que les cuesta salir. Tampoco ven muchas opciones. Para mí, que vengo de paso, todo me parece distinto y novedoso. Pero esto es otra cosa. He comido junto al Ayuntamiento, en el centro del pueblo, sentado en un banco de hierro, algunas cosas que llevaba, más que nada por quitarme peso y luego he ido con la mochila a cuestas, ascendiendo a lo alto del pueblo, buscando un lugar fresco para dormir. En un principio me tumbé en la plaza, bajo un tejado de chapa, pero hacía calor y los mosquitos se apoderaban de mí, pues tenía que destaparme. He subido, como digo, a lo más alto y allí, merodeando de un sitio para otro, preguntando a la gente que aún permanece, sentada al fresco en sus puertas, he ido a parar al parque, lejano y solitario que bajo la luna llena aún aparece más misterioso y mágico de lo que realmente es. En el silencio de la montaña, en este parque empobrecido y aislado, pasadas ya las enrramadas donde duermen las cabras y dejan su olor a ganado, me he sentido influenciado en la plenitud lunar. Casi como un ermitaño, he sentido la llamada absoluta de la soledad y he pensado tumbarme, para dormir sin tregua en aquella explanada, pero un sentimiento de protección, me ha hecho acudir al calor de las casas y descender un poco hacia las callejuelas ocultas. Después de tender un saco, en la puerta de una casa, al parecer deshabitada, han pasado dos chicas de 17 y 20 años, la más pequeña, Yoli, de raza gitana, Yolanda Heredia Carmona, natural de Málaga. La otra se llama Maite y es del pueblo. Son cuñadas. Según me cuentan, ya madres desde hace tiempo. Nos hemos conocido tras varios encuentros en los que yo las he saludado y ellas, con un gesto muy respetuoso, me han devuelto el saludo. Como nos hemos parado a hablar, se sentaron en el quicio de la puerta, justo a lado mío, para hablar. Me ha sorprendido esta situación, yo solo, sobre mi saco y ellas allí, en estos momento difíciles de repetir, cuando llegas a un pueblo y encuentras a alguien,que no huye del viajero, que no rehúsa de sus palabras, que se sienta incluso, como en esta ocasión, a su lado y de pronto aparecen las miradas, los gestos, la complicidad y un deseo irrefrenable hacia el beso. Esto es, la carencia de afecto, la necesidad a la que tantas veces sucumbo, de encontrar en cada palabra, en cada saludo, en cada sonrisa, un gesto de cariño, incluso de atracción. Nos hicimos una foto que luego era diapositiva y salió cortada y nos dimos la dirección. Todo son vanos intentos de congelar el momento, de intentar guardar lo mejor, de petrificar y fosilizar lo que allí pasó, pero esto es como meter en tiempo en un bote de cristal y la luz de la luna en una vasija de barro. Es el vano intento humano hasta la saciedad, de inmortalizar las cosas, frente a la dialéctica clara y desbordante del azar, de lo pasajero, de la rosa del instante, que acaba, a nuestro pesar, marchitándose para siempre, después de dejarnos su olor y su esencia en nuestro olfato. Y cuando ese polen, aún impregnado en nuestra pituitaria, deja ya de oler, es entonces el corazón y el alma entera la que busca desesperada en el hueco que ha dejado la separación. Lo perecedero de la vida se muestra aquí más palpitante y uno, por más que intente otra cosa, tiene que estar preparado para sufrirlo. Cuando me despedí de Yoli, la chica gitana, aún menor de edad, nuestros brazos se fueron dejando poco a poco, como si hubieran permanecido mucho tiempo entrelazados en una noche sedienta de amor y caricias. No fué así, apenas nos conocíamos, pero su juventud, sus diecisiete años, su capacidad de amar, que se le dibujaba en el rostro, su confianza en el amor, me hizo vivir momentos memorables imborrables en mis recuerdos. Un beso casi en los labios, en la comisura, entre la mejilla, pasto de piel extensa y acolchada y los labios, estuche de su pasión, entrada a su cavidad voluptuosa, a su boca que aún exhalaba el aliento infantil. Mezcla de madre y niña, hija de la luna. Me vino al recuerdo, no sé por qué, ese poema de Lorca, la Casada Infiel, quizá fuera porque el río, alla abajo, seguía transcurriendo nocturno y perezoso hacia el pantano. Recuerdo después, ya solo, tumbado en el suelo, arropado por mi saco, que tardé en dormirme. La luna se había empeñado en despertarme a latidos que desde dentro retumbaban.

 

NUEVE NOCHES BAJO LA LUNA. POR TIERRAS DE GRANADA. 2000

PRIMER DÍA: 14 DE AGOSTO
El viaje en tren ya va cargado de ilusión, al mismo tiempo que dentro del vagón, si tienes la suerte de sentarte en asientos que se dan la cara, se dan circunstancias especiales de relación inesperada y que puede llegar a ser productiva. Las personas viajamos en tren por necesidad o por ocio. Sea como fuere el tiempo que dura el trayecto es el mismo para todos y conviene no desaprovecharlo. Antonio es un hombre de Cádiz que trabaja como celador en el Hospital materno infantil de Granada. Viaja con su hija, ya adolescente que se pasa todo el viaje mirando por la ventana sin apenas decir nada. El viajero por ocio, como es mi caso, no quiere perderse ocasión para conocer, así es que está bien atento a lo que sucede. El tren ha salido a las 14:38 h. de la estación sevillana de San Bernardo. Fuera hace 40º C de temperatura, según indica un visor luminoso sobre la puerta del vagón : TEX 40º . Dentro hace fresquito y se va cómodo.

En todos los viajes así, en solitario y sin saber donde se va a pasar la noche, ni que es lo que te vas a encontrar, hay algo de incertidumbre que en un primer momento te transmite una inseguridad similar a la de hallarse en equilibrio sobre una cuerda floja. Pero como ya has descubierto año tras año que las cosas se suavizan y hasta se ponen de tu parte en el terreno, la pena pasa. Miro el mapa: Guadix - Baza - Castril. Un documento diseñado por la Junta de Andalucía en su Delegación de Turismo. Es un mapa que se ciñe a esta zona delimitada por estos pueblos que antes he indicado, justo al norte de la provincia de Granada. Voy conjeturando en torno al mapa, tocando con el dedo los rios y las cumbres más elevadas, los caminos y carreteras. Luego la historia cambia un poco y cuando se empieza a caminar uno va dejándose llevar por lo que surja.

Hemos llegado, entre opinión y opinión, a la estación de Guadix. He bajado al pueblo para sacar dinero y preguntar. Bullicio de ciudad. En el parque hay una estatua con el busto de Pedro Antonio de Alarcón. He cogido la carretera a Benalúa de Guadix sobre las siete de la tarde.

Los viajes que empiezan y terminan en el mismo sitio, no buscan la huída de uno mismo, sino que en el reencuentro hallan su razón, es la unión con el propio yo, pero en escalada hacia uno mismo, mucho más evolucionado, más maduro por la experiencia y cambiado. Las vivencias cambian al viajero, no en el desplazamiento sin más, sino en la propia vivencia, en el sentimiento demostrado en cada paso que se da, en cada metro que se recorre, en cada pueblo, en cada noche pasada bajo la luna, junto al río, sobre la tierra, sin más colchón que el propio suelo, sin más compañía que uno mismo, sin más abrigo que el de la propia ilusión.
Ya lo he pensado varias veces: caminar no supone andar, es algo más, es ante todo entender que los lugares muestran su secreto si uno los descubre poco a poco, sin prisas ( incluso andando se puede ir demasiado deprisa y hay que frenarse), si uno se va adentrando en esa montaña, en ese pueblo, en ese camino como quien retira una cortina con suavidad e incertidumbre, como quien retira un velo de la cara de una mujer, suavemente, para luego acceder a ella de manera directa, implacable.

Es en el sudor, en el sufrimiento, en el agotamiento, donde encuentra el viajero su razón de ser, pues estos ingredientes le hacen merecerse lo que después le regala el azar: agua, palabras, sonrisas y besos. Todo ello hace acto de presencia en cada viaje, con una frecuencia, a veces casi increíble. Es el regalo que no debemos exigir, sino esperar con paciencia, pues en cada pisada hay puestas mil esperanzas. El viajero no desespera ni sucumbe ante la adversidad, pues no hay espacio para lo negativo. El viaje se sustenta de gran dosis de aventura y azar y todo es posible. Quizá en ello, en la exaltación de lo azaroso, consista el viaje.

Cuando dejamos un pueblo, lo hacemos siempre con algo de nostalgia. Es tener la seguridad absoluta, espeluznante, de que jamás volveremos al mismo sitio, pues esto significaría reproducir la situación, congelar la imagen, y no solo esto, sino que aunque fuera posible hacerlo, nunca se darían circunstancias iguales, y a veces ni siquiera parecidas. Todo cambia y evoluciona. El viajero se convierte en un ser sin nacionalidad, pues se hace del camino y es en ese mismo camino polvoriento y caluroso donde encuentra su espacio y donde se conforma. No se entiende la reprodución de escenas pues todo ha quedado ahí, particularizado y singular, momentos de cristal que al reproducirlos se rompen.Por supuesto que se echa de menos cierta comodidad, cierta estabilidad emocional y cierta seguridad de que encontraremos lo que ansiamos. Pero si esto se hiciera realidad en el viaje, este perdería la mayor parte de su significado. El viajero está sometido a renunciaciones de todo tipo, pero es quien mejor entiende de aprovechar el momento que se le ofrece, a todo riesgo, casi con fiereza y esto, quieras que no, arrastra y contagia. Cuando se llega a un pueblo, a la cotidianidad espesa a veces que como un virus se extiende por los lugares, son los habitantes de ese pueblo, quienes se ven, de algún modo, encantados con las narraciones del viajero, que ante su necesidad de comunicación, producto de la soledad acumulada, no tiene problemas de divulgar.He observado que hay un intercambio muy positivo, a mi juicio, entre las gentes oriundas de un lugar, y el propio viajero. Vienes cargado y agotado, pides agua y se establece una comunicación, con diferente extensión, según el caso. Traes en tu mochila y en tu cabeza, múltiples sensaciones, que no tienen por que distar ni en tiempo ni en espacio, del lugar que ahora descubres. Todo ello, mezclado con tu punto de vista sobre las cosas, es tema de conversación, al que se agregan otros ingredientes locales y no tan locales, quizá incluso universales, que tienen las personas acostumbradas al sedentarismo.Ellos valoran tu esfuerzo, tú valoras en ellos la resistencia al terreno, la supervivencia aún en sitios donde la presencia humana es escasa por falta de recursos. Pero yendo más allá: es una comunicación recíproca de gestos compartidos, lo que uno espera del otro y viceversa, lo que hace más conmovedor el momento.

Ellos ven tu mirada brillar en medio del calor del mediodía, tu mirada que atraviesa el terrón ennegrecido de la rutina, de la cotidianeidad. Y esto les hace volar, al menos por un instante. Para protegerse y no caer, te comentan que serían capaces de hacer lo mismo, pero que solos no. Al menos en compañía, al menos con la seguridad de que tienes alguien a tu lado. Es el pez que se muerde la cola. Solo en la soledad productiva existe la concentración necesaria para sufrir y vivir el viaje. Has llegado al límite, hay que retroceder y entonces se abre un campo de enriquecimiento mutuo. Comentas algo sobre las dificultades y esto nos regocija a ambos. Tú las sientes como un peso imprescindible, ellos como un peso innecesario.

Caminar por las sierras desiertas, que en todos lados se encuentrar, es estar expueto a la sed, al calor, a la soledad, al desafío y la búsqueda continua, es lanzarse al vacío, a veces sin agua, a veces, las más, sin nadie, a veces sin fuerzas, casi manteniéndote por convicciones internas que rozan la locura.Guadix es ciudad atractiva y bulliciosa, como digo. Es inicio y fin de mi camino. Casi un Santiago por así decirlo, tras nueve días de camino. Para Benalúa, árabe en nombre, como árabe es la mayoría de lo que hay oculto. Para Benalúa hay carretera que camina entre frutales, con circulación frecuente que te hace caminar por el arcén, a veces inexistente.

Las ventas son algo así como el respiro del caminante. En ellas se puede beber, comer, descansar, asearse y refrigerarse y si se dá el caso, echar un rato de charla, que nunca viene mal. Al viajero, a veces, lo que más le duele es estar todo el día callado, sin nadie con que mediar palabra. La moral se sustenta en el reconocimiento de los demás y ayuda ser alentado. Las ventas son clave para la supervivencia, en los tiempos que corremos, del viajero de a pie. Hay ventas muy grandes, modernas y con amplias cristaleras, pero las más, las que dan un aspecto antiguo y castigo y que son en las que se entra del tirón a cobijarse del sol, son aquellas que presentan regularmente, sombra en el porche y sillas fuera. Siempre hay otra actividad aparte de la hostelera y no dejan de verse alrededor del edificio, gallinas, pavos y otros animales de corral. Tambien árboles frutales y aperos por todos lados. Hay ventas con nombre propio: La Venta del Peral está en el camino que llega de Cúllar a Canilles. En El Margen, hay una venta: Los Paraisos, que recibe su nombre de la multitud de estos perfumados árboles que encontramos justo enfrente.Transcribiendo de mi cuaderno de notas, que llevé durante todo el viaje: “..Bajada en Guadix. Bullicio de ciudad. He sacado algo de dinero y he tomado la carretera a Benalúa de Guadix (1), entre los cultivos de melocotones a una orilla del río Fardes. Hay seis kilómetros entre Guadix y Benalúa. Pasan muchos coches y hay peligro, pero no he localizado ruta alternativa. He cogido melocotones y al bolsillo. Tambien algún almendro, pero pocos. Más adelante, pasando Benalúa, plantaciones de tabaco. El agua, por inundación, para los melocotones y por surcos para el tabaco. Procede del embalse de La Peza. Voy caminando, llego a Benalúa y casi sin parar a Fonelas. El atardecedr se me echa encima y se levantan los olores frescos a frutal con el ocaso. La luna roja, amarilla fogosa, asoma por el este, a mi derecha. Es hermosa y plena. He hecho varias fotos. A lo lejos, un pueblito abandonado y casas-cueva derruidas. Hay secaderos de tabaco y de vez en cuando una fábrica que vierte su suciedad a una chopera, dejando su tierra como una nevada. Se me ha hecho casi de noche y pasan los coches deprisa entre las choperas altivas y alineadas como una formación de soldados. Cruce de Belerda de Guadix. Hay varias casuchas. Por la rambla del Fardes corre un hilillo de agua. He llegado, al fin a Fonelas (2), donde hay algunos monumentos megalíticos que se indican en un cartel a la entrada del pueblo. Fonelas está en fiestas. Son las fiestas de la Virgen de Fátima. Hay luces en las calles de acera a acera. Viendo la luna llena, redonda, a un lado y el pueblo anunciando fiesta a otro, he pensado en aquellas noches y aquellos besos furtivos en algún pueblo del camino, mientras toca la orquesta pasodobles y se cuece la noche entre la música y el baile. Con estas he entrado en el pueblo y he dado una vuelta después de la cervecita obligada con tapa incluida por cien pesetas. Preparan en la plaza de la iglesia un castillo de fuegos artificiales y un conjunto ensaya en la plaza del ayuntamiento, sobre un entarimado, para pulir defectos. He subido a lo alto, a una especie de parque desde donde se puede ver todo iluminado y las casas-cueva en lo alto. He buscado algún lugar para echarme luego a dormir. Abajo, en un canal que cruza el pueblo, me he lavado los pies, remojándolos en medio de la corriente. La gente pasa y mira extrañada. Después he ido a tomarme otra cerveza y escribir. Cuando he visto que se acercaba la hora, he seguido a la gente y he contemplado los fuegos artificiales con sus figuras pirotécnicas y los petardos que dan lugar a paraguas mágicos a modo de bóveda sobre el cielo, dejando color y fantasía. Caen, imprevisibles, los palos guia de los cohetes y los niños, como en todos los lugares, se pelean por recogerlos del suelo. Poco a poco, se ha ido dando paso a la verbena y los lugareños en su mayoría, se acercan al centro de la plaza para bailar al son. He bailado solo todo el tiempo y tomado cerveza. Así es que cuando ponen pasodobles o sevillanas, me he quedado al margen, moviéndome un poco para disimular. A una chica, que parecía dispuesta, le pedí para bailar, pero me dijo que no y se fué. Más tarde y casi diría yo, por compadecerse, me hicieron hueco unas mujeres un tanto desenfadadas, quizá un poco a lo loco, como olvidando la normativa popular de la prudencia y el recato. Me divertí un rato y luego abandoné la fiesta para subir las calles hasta lo alto, donde el forastero encuentra a duras penas un rincón sobre un tejado, al lado de la chimenea, donde tender la manta y dormir a la luz lunar que casi le desvela toda la noche. Antes, intenté pegar ojo al lado de una pared, en un parquecillo, pero se fueron acumulando pandillas de adolescentes y lo llenaron todo de ruido y la algarabía era insoportable. “Sobre un tejado repleto de cal, la luz de la luna es un candil toda la noche. Ruido de pájaros en el cielo”.

4º DIA 18 DE JULIO


Por la mañana, he esperado al autobús para volver a Baza. En la parada, he charlado con dos personas mayores, unos viejos que van a Granada a ver a un nieto que acaba de nacer y que se llama Antonio. Cuando llegó el autobús, de la empresa Autedia, eran sobre las ocho y cuarto. En el viaje me he quedado dormido de mala manera, mientras voy pasando al lado de los pueblos que caminé. Cuando he llegado al lugar donde tenía el coche, he dejado una nota para la mujer de la casa; una carta que termina “ tu amigo Antonio “. Pensaba haberle dejado el platito que compré en Zurgena, pero lo pensé mejor y no lo hice.
FIN DEL VIAJE

TERCER DÍA : 17 DE JULIO

Cuando he bajado a desayunar eran casi las diez de la mañana y estoy algo resacoso. La orquesta estuvo activa hasta muy tarde y apenas pude dormir. En la calle hay mercadillo, el día se presenta caluroso pero corre algo de fresco. He encontrado en la plaza a Rosario y a una amiga suya embarazada, la he mirado con otros ojos, todo cambia de la noche al día. Hos hemos hecho una foto para recordar. Despedida definitiva y de nuevo al camino por la carretera hacia Olula del Río. A la derecha, Sierra de Los Filabres, de cabeza pelada. Han comenzado a dolerme los dedos del pie derecho y cuando me he quitado el calcetín, estaba sangrando por culpa de una uña que se clavó en el dedo de al lado. He tenido que cortarla con el cuchillo, que es lo único que disponía. Me he puesto una tirita.


Esta zona está repleta de explotaciones de mármol blanco, que configuran el paisaje. El llamado “oro blanco”, sostiene la vida de la comarca. Cruce de Olula y llegada al pueblo y al ayuntamiento, donde me pusieron el sello. He parado en la plaza a charlar con unos viejos, en medio hay una fuente preciosa, con labores de mármol, pero sin agua. Uno de los viejitos estuvo en la guerra civil en el frente republicano y perteneció a la quinta de treinta y cinco, además, luchó en Valsequillo, Hinojosa y Los Blázquez. Su conocimiento de aquellos lugares es bien diferente al mío, como es natural. Hay mercadillo tambien en Olula, que es pueblo próspero y comercial a costa de la piel y los pulmones de los hombres que trabajan la piedra. Carretera hacia Fines, he tomado la vía del tren un poco después de dejar un supermercado donde compré muesli y me entretuve hablando con el camarero del bar que es de la pedanía de Almanzora, me ha indicado un sitio para comer en Fines e incluso me ha esperado en el pueblo, pero no he querido pasarme. Me he metido por la calle principal hasta la Plaza del Ayuntamiento. Sello. El tejado de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario está en obras, pero han respetado el soporte antiguo de madera y con materiales nuevos de construcción, como el cemento y la grava, pretenden arreglarlo. Me gusta este procedimiento, es sensato y equilibrado, mejora y no rompe la esencia del edificio, tampoco la idea que de él tienen quienes toda su vida así lo concibieron.


Me he metido en la cafetería Madrid; una chica friega la puerta que tiene el suelo de mármol, con naturalidad, después de barrerla. Raquel estuvo hasta hace poco en Madrid. Nació allí pero ahora ha venido al pueblo a vivir, prefiere esto. Tiene la cara un poco quemada y se la vé amable y cordial. La comida me ha parecido un poco cara, además tengo que consumir lo que llevo en el macuto para aligerar el peso. He buscado una sombra. A la salida del pueblo he visto un emparrado y solicitado a los dueños de la vivienda si podía hacer uso de su sombra para comer, no me han puesto problemas e incluso me han limpiado una barra que he utilizado como mesa para untar el queso en el pan. Luego ha salido un chico de 16 años, Francisco y hemos mantenido una conversación. Francisco no quiere estudiar y prefiere la cafetería de sus padres para trabajar allí. Le he recordado otras ideas, otras opciones. Ha trabajado el mármol pero no es lo suyo, dice. He terminado de comer mirando de vez en cuando para la sierra. En una morera, canta a ratos la cigarra y el cielo es igual que de caldera añil. Las fiestas de Fines son este año desde el 31 de julio al 3 de agosto. Junto a la cafetería hay una explanada donde colocan veladores y se está, por lo visto, divino. No lo niego. Respeto y valoro el apego a la tierra de las gentes de los pueblos, pero odio la dependencia y el suicidio en vida. Lo cierto es que cuando uno crece y se van ampliando sus expectativas fuera, es difícil comprender como pueden vivir el día a día la gente en los pueblos, encerrándose ( creo que esta es la palabra ), en su rutina y cotidianeidad. Puede ser que ellos no lo vean así, quizá tambien eso es mejor. No lo sé. Pero amo tanto la libertad que no dejaría a nadie caer en medio de una plaza cercada, como crónica de un encierro anunciado. Francisco me ha regalado, de recuerdo, una camiseta del local con dibujo detrás: Zafiro. y a cambio le he dado una pegatina que tenía guardada hace mucho tiempo en la cartera: “Tengo un nuevo amigo”. La ha pegado en el centro de una caja de interruptores. Ha sido un gesto que por sí mismo vale un imperio y cuando me he despedido de segundas de él, lo he hecho como los colegas, con las manos empuñadas. Ha sido conmovedor y emocionante, nobleza sin límites. He ido a tomarme el café al bar de Raquel como le había dicho. Aunque ahora ella no está. Aún así me lo he tomado escuchando música gitana y escribiendo todo esto, a ver si pasa el calor amenaznte de la siesta y sigo de nuevo mi camino por este valle que tanta buena gente esconde. En el ayuntamiento de Fines hay un reloj que tiene las cuatro menos veinte. Debajo hay, apoyándose sobre un balcón, un lazo negro en señal de duelo por la muerte reciente del concejal de Ermua. Ha sido el movimiento, la manifestación popular más importante de la democracia. En el centro de la placita hay una farola de hierro fundido. Ondean las banderas andaluza, española y europea, en este orden de izquierda a derecha. El río Almanzora, que recorre todos estos pueblos, a modo de columna vertebral, nace allá por El Hijate, en el límite de la provincia de Granada y va a desembocar en el Mediterráneo cerca de Villaricos, pasando por Cuevas del Almanzora y dejando parte de sus aguas en el embalse Almanzora. He salido del bar para subir a la parte más alta del pueblo, al otro lado de la carretera, para echarme un ratito a la sombra de un emparrado, pero las moscas y las hormigas acabaron con mi paciencia y mi siesta y al final tuve que reincorporarme y salir andando carretera adelante hacia La Hoya. A esta cortijada se accede por un camino que cruza el río, una vez pasado Mármoles Gutiérrez Mena. Árboles frutales. En La Hoya, un matrimonio que vive en Barcelona, asan pimientos para meterlos después en botes al baño maría, con carbón vegetal. Tambien hay unos recipientes con tomate frito para idéntico fin. Les he preguntado por la ruta y como el hombre se ha parado a hablar conmigo, los pimientos se han tostado más de lo adecuado; cosas que pasan. Desde La Hoya subiendo un terraplén, se accede a la carretera asfaltada. Hay que tomar la izquierda, dirección Cantoria. He cogido peras. Hay muchos almendros que tambien me han dado algún fruto, aunque aún no es la época. Un perro marrón, con la lengua fuera, me ha acompañado hasta Cantoria. Se conoce que necesitaba dueño o alguien a quien acompañar hasta el pueblo y como no le he tirado piedras ni lo he rechazado con seriedad, pues ha caminado detrás de mi. Si me paraba, él tambien. Estos perros lo que pasa es que al final, de pesados que se ponen, les coges cariño y luego te cuesta más trabajo abandonarlos y darles una patada en el hocico. En Cantoria se queda atrás, con otro de su clase. Paso la calle Orán, a la derecha calle Oriente. Pido agua y dejo el pueblo, caminando por la carretera y pasando por un puente de hierro sobre el río Almanzora. A la derecha se puede ir a Albanchez y Líjar. Hasta Almanzora por un terreno cuajado de limoneros y al llegar a esta pedanía, he hecho unas fotos que reflejan el rosa intenso de una buganvilla en un chalé. La vía, a la izquierda. Al llegar, me he sentado en la puerta de un bar a tomar limón, agua y azúcar, luego he conocido a un grupo de chavales que estaban tambien por allí. La curiosidad se ha desatado y enseguida hemos hecho amistad. Me han llevado hasta un lugar habilitado por ellos mismos. El al pie de un corte en la montaña, al lado de unas antiguas minas de hierro. Hay un camino entre árboles y un recinto vallado de manera tosca pero eficiente con palos de la luz, una choza tipo indio construida con el mismo material y cañas, donde ellos se reunen para beber y celebrar. Han pensado que podría quedarme allí para dormir, pero aquello más bien apetece para tomarse algo a esta hora de la caída del sol. Hemos vuelto y he tomado cerveza con montadito de lomo con tomate. He llamado a Juanjo Torrico a su casa por teléfono. Después han venido todos y hemos subido al Puntal, un lugar con unas vistas maravillosas, con las sierras redondeadas bajo la luna casi llena. Cerveza, cigarros aliñados, conversación que poco a poco se va haciendo más impulsiva y pletórica. La belleza del lugar habla por sí sola. He sentido ahora el duende presente, palpable, manifiesto, del viaje en solitario. Lo he intentado comunicar y a veces nos conectamos de verdad. Hay gente muy apañada y forman una asociación juvenil y entre ellos se la componen para hacer cosas y organizar su tiempo libre. Después de ahí, hemos tomado otra cerveza en la terraza del bar. he partido las almendras con un cenicero y las he ofrecido. Ha llegado más gente y cuando me ha entrado sueño me he ido a dormir bajo el techo de la parada del autobús, con el saco sobre los asientos de plástico color naranja. Me he quedado dormido sin muchos problemas. En la plaza hay setos con arbolitos y un palacio en ruinas al lado de la iglesia. Un lugar donde se reunen los chicos y chicas del pueblo. Las luces amarillas de Almanzora iluminan las callejuelas y desde lo alto se puede ver un panorama conmovedor que despierta la sensibilidad.