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feranza

Esta primavera

Es mi primera primavera entre estas tierras de cultivo y estos olores ahora a dama de noche y flores de la Base. Llega el calor a mi habitación y recreo la situación que encontré al llegar aquí, pero ahora creciente, con esta primavera que sueña ya con el agua de los mares y la frescura de la sombra. Más de ocho meses en este lugar, pero ahora la primavera llama a las puertas y sigo buscanco, buscando no se qué para sentirme en paz.

Talavera, 5 de mayo de 2009

En Chiclana y sus playas

Aprovechando el puente del 1 de mayo, fuiste con mamá, tía Corina y tío Mircea a una casita rural cerquita de Chiclana. Esto fué el día 30 de abril. El lugar se llama "La Casita Azul" Desde Badajoz, ya de noche, pues paré en Sevilla, llegué yo. En este lugar hay espacio para corretear. Ahora estás jugando con cromos de plástico y fichas de colores. Nos vamos a la playa de la Barrosa, correteas por la orilla, poco a poco te vas metiendo en el agua, jugando con esa orilla espumosa, con esos charquitos que se producen cuando el agua regresa... Te veo saltar, gritar, feliz. Voy llenándome de tí, incapaz de seguirte, pero animado al fin, viéndote. Tú tras el agua,yo tras tu ilusión, metido en ella, amándote bien, desde cerquita, pero no encima. Te vigilamos para que no te vayas, para que no te escapes de nuestro campo visual, aunque a veces te alejas con ese cuerpecito entre la gente, entre las piernas de los adultos que recorren la orilla. A la vuelta hemos comido en un restaurante en la carretera del Pago del Humo. Nos vamos a dormir la siesta, hacemos los deberes de la escuela. Son fichas para rellenar con dibujos o bien completar los perfiles de las letras con rotulador o cera. En un hormiguero hemos echado pan. Hay una perrita que se llama Frida y un perro que se llama Fidel, ambos bodegueros, como Chicho. La perrita tiene a su cargo seis cachorros, dentro de una jaula y la pobre se pasa el día moviendo la cola y pidiendo comida. El sábado amaneció con levante y las horas siguientes, un viento muy fuerte se apoderó de todo. Nos acercamos a la playa, pero era imposible bañarse, pues había como tormenta de arena. Tú te pusiste muy triste, pero la arena te hace daño y nos hemos ido. Con los tíos estuvimos también en Chiclana, cenando. El domingo, es decir, ayer, nos fuimos a Cádiz, buscando el amparo de la playa de La Caleta y en parte lo encontramos. Al menos allí hace menos viento, pero hace. Te metiste en el agua, deseoso de hacerlo. Hay montones de conchas en el suelo. He hecho un agujero con tu pala de plástico. Un pequeño foso donde metes tus piernas y te cubro hasta los  muslos con arena. El sol pega con fuerza. Nos metimos en la ciudad, en el barrio del Mentidero, en la plaza Mina, donde comimos en un lugar llamado el Templete, dentro. En la tele, el campeonato mundial de motos en Jerez. Corina y el tío están allí. Nosotros, mientras, disfrutamos del paseo y ahora de estos momentos.Te sales a la calle, apenas hay tráfico. Un jaleo inmenso cubre la plaza, gentes de domingo, turistas. Comemos choco, merluza, almejas ( que te gustan mucho ) Luego, por supuesto, helado para tí.  Dejamos Cádiz, tú en nuestros brazos por el cansancio, para regresar a la Casa Azul. Después de la siesta me fuí.

Me gusta cuando me abrazas fuerte, cuando quieres hacerlo, cuando la totalidad de tus brazos se agarran a mi cuerpo apresándolo. Y entonces mi cuerpo, atenazado por ellos, se apresura a gozar de este momento irrepetible y efímero. Pues tus brazos me abrazan como un regalo, pues ello han nacido para tí y tu libertad, para coger las cosas que te gustan, para taparte los oídos mientras duermes, para meter tus manos en el agua, para tirar los tazos al suelo, para romper servilletas y echar los trozos por la ventana de atrás. Entonces, cuando tus brazos me aprisionan siento un goce que no se parece a nada, inmenso, cristalino, amor.

Talavera la Real, 4 de mayo 2009

Esas tardes de lluvia contigo

He llegado el viernes para buscarte a casa de Maite. Saliste con tu mochila de la sala de la chimenea en casa de Mari, abajo, junto al garaje. Mamá está en Elvas en un congreso. Te recogí como el que recoge a un empleado, en este silencio nuestro de tardes cobijadas por el paraguas de colores y fuimos al campo a oler y tocar la tierra. Anduvimos por los rincones donde tengo plantado ese roble frágil aún pero estirado con su protector de hierro y tela metálica. Anduvimos por la finca con la hoz y las tijeras de podar, cortando los helechos recién nacidos. Anduvimos apretándonos, abrazándonos, en medio del camino, parados y diciéndonos que nos queríamos. La tarde es gris, llueve un poquito, nos llenamos de barro, de agüita sobre el terreno, de hierba, de olores, de humedad. Tu carita está fría, hueles a niño y a inocencia. Has aprendido a usar la hoz, pero a veces le das al revés y no cortas nada. Yo te veo afanarte.

Subimos al Guijo, por hacer algo juntos, por la carretera inundada de arboleda. En un bar nos tomamos un cola-cao calentito. Tú tambien unas palomitas. Van pasando las horas y llega la noche,cenamos en el salón, dormimos juntitos,tienes pesadillas. Nos abrazamos en la cama con dos amantes.

El sábado volvimos a la finca para pintar de negro la tapa del pozo. Saltas a la otra finca donde se prepara la siembra y entre los surcos empapados, te llenas de barro y juegas a lanzar la hoz. Tiras piedras en cualquier charco, en un estanque, sobre la regadera. Esos lugares nos han visto pasar. Estoy en ellos, te recuerdo muchas veces allí. Quiero amarte sobre esta tierra de La Vera. Quiero apretarte hoy lunes más fuerte aún. Quiero decirte mil y una veces que te quiero, pero el presente mío es el tuyo también. Siempre me equivoco cuando estoy contigo, siempre. Nada me consuela en este error, pues cuando estoy a tu lado te noto como integrado y común, como si ya me pertenecieras como mis zapatos o el paisaje. Naturalizado en mi presente con el registro de cotidianidad que dá el haberse criado juntos, en el mismo patio, en la misma casa, sobre la misma mesa. Pero no es así y te veo para luego marcharme. Y estoy contigo sabiendo que luego te dejo.

Ahora la presión de esta partida es algo menor, pero soy el amante oportuno y el padre a mitad camino entre la rutina y el encuentro. Esta espuma de deseo que acumulo antes de encontrarme contigo, se deshace en tu primer abrazo. Luego, estás tú, eres tú, tan a tu manera.. No consigo entenderte a veces, de la torpeza que ciega mi vista como una telaraña. A modo de consuelo, me queda tu infinita gracia, tu manera de querer, tu hospitalidad, tu cariño.

Talavera la Real, 20 de abril de 2009

Llueve. Tarde de Marzo 2009

Es un hueco de gris enmarcado detras de una ventana cuando llueve, pero es mansa la lluvia, es invitadora, es acogedora en sus nubes de pecho, en sus nubes de lecho. LLueve pero no mancha, llueve dentro como el cafe que olemos antes de tomar. Yo estoy mirando por la ventana pero la lluvia me esta escribiendo desde fuera y deja mi mirada en su cuna, como me quedo entre las espumosas colchas de los arboles mojados. LLueve sobre mis plantas, me alegra verlas cada una en su pequeño tiesto de pasto. LLueve sobre mi, sobre mi espalda, sobre mi aspera mano. No puedo alejarme y abandonar la escena como no se puede dejar la pelicula cuando los protagonistas se abrazan. Estoy entregado a esa musica y quiero seguir asi, pensando en ti, pensando en ella, queriendola mil veces desde las plantas, desde los olores, desde la ventana encalada, desde esta habitacion en penumbra, desde esta tarde de marzo inmortal. Aprendo de la lluvia sembrado de su agua, yendome en cada gota, salpicandome por dentro, creciendo desnudo en su sueño de campo empapado, de carril, de muro, de camino pulido por su paño de liquida belleza

En Semana Santa, en Villaralto

Rindo homenaje a los gestos. En el pueblo, las familias se ven y se saludan. Hay una gran familia que es el pueblo entero, que cada año se renueva con los que nace, crecen y con los que mueren. El pueblo se renueva y aún quedamos aquellos que encendemos una vela durante unos días. He llegado con mi hijo a esa puesta en escena que es el pueblo. Desde su perspectiva el pueblo es un lugar de juego y su primo, un compañero. Los mayores tenemos esa gravedad que a los niños frena. Ellos nos enseñan a cada minuto cual es el juego de la vida, aunque inexplicable para nuestros planteamientos tan ordenados, tan predecibles, tan cotidianos, tan desgastados. LLega mi hijo, me mira, y me pide que lo persiga, que juegue con él, que corra tras su carrera y que nos divirtamos con el entusiasmo de alcanzarnos, cogerlo en brazos, sacarle una risa de emoción. Mi niño siempre está expectante y dispuesto al juego y a lal emoción. Y cada rincón es aprovechado por él.

Esta mañana. Mañana de abril

Qué rica es esta mañana de un abril que empieza a despertarse ante los vuelos de los vencejos y un sol que cambia los colores enseguida. Paso bajo el naranjo, antes anónimo, y me deja caer un chorro de perfume que aletea como una nube a la altura de los humanos. Pienso en esta fragancia y atravieso una plaza para llegar de nuevo a mi trabajo después de la inyección de café que me hace más cuerdo. Pero quisiera no estarlo, quisiera hundirme una vez más entre tus pliegues y humedades en una cama blanca, blanca y simple de rectángulo como un ring de amor. Una ventana, un perfil de amanecer y basta!. No quiero más allá que tu perfume y tus labios en flor. No quiero otra cosa que tu pelo hecho una maraña, desmaquillada, sin defensas, pero pura y blanca como un azulejo; es así como quiero tenerte. Esta mañana he vuelto a soñar contigo, sobre una cama, semidesnuda, con apenas un abrigo de perfume, de aliento, de mirada. Solos los dos, pero envueltos en una sábana de olores como si estuviéramos acompañados por todas la primaveras que los libros y los poemas nos sugieren.

Un besito.

Quise saberte. Tarde de abril

Me gusta saberte más cerquita que el aire, que levemente recorre mi cara mezclado con el sol que todo lo puede. Me gusta saberte entre las pequeñas flores del cantueso y los majuelos, entre las hierbas que nacen para apresurarse tempranamente a la muerte invisible. Me gusta tenerte cerca sobre ese manto verde y entre las cascadas del agua lujosa que desembarca en la estación plena de espuma. Todo ha sido exhuberante esta mañana y me he desnudado enterito para tenerte y recibirte. Me he llenado de sol, como te dije, de ese sol que todo lo puede, para abrasarme con ese perfume de naturaleza y abejas. Sobre las piedras de La Vera, al acecho de los alisos y los fresnos que se arriman a la garganta, te eché de menos. Quise rozarte y hablarte sin tenerte, eso ya lo sabía, pero queriéndote cerquita, deseándote vestida más allá de la lujuria que la tarde invitaba. Quise poder conducirte sobre las piedras entre las aguas bravas, para que cruzáramos el río juntos y sobrevivir a esa incógnita de equilibrio y sentir el agua cerquita y los manantiales de vida rozándonos por debajo como una fiebre de fertilidad.  Todo ello he querido esta tarde y en el viaje de vuelta, me paré bajo el puente para sentir tus manos entrelazarse en las mías, sin que yo te dijera nada. Quise que todo fuera fluyendo, como las aguas, como tus labios, como mi boca..

Un avión que despega

Hoy hace siete meses que estoy aquí. Esta mañana he visto un avión que despegaba del aeropuerto. He sentido un ruido después de desayunar y me he acercado a la verja que separa la base de la pista. Un avión pequeño, naranja y blanco, con hélices. Ha tomado pista y luego parado un momento para coger velocidad y salir volando. Así quiero sentirme yo, volando sobre los edificios de este lugar, volando sobre el tedio y la rueda de los días que gira y gira. Quiero sentirme volar sobre ese avión de alas blancas, más allá de esta pista de cemento,más allá de estas paredes antiguas, estos mismos lugares, estas mismas caras. Sentir que vuelo y que con el vuelo, poco a poco, me voy quedando sin ropa.

El mar de Gibraltar

Vamos por sus calles solitarias, andamos distrayéndonos por sus escaparates, llegamos a una plaza. Estamos en Gibraltar y hemos visto cruzar un avión sobre la carretera. Vemo el peñón como un gran padre sobre la ciudad. Subimos una callejuela, nos sentamos al lado de una iglesia para ver las fotos. Cuando levantamos la vista queremos subir y subir para ver el mar, el puerto y los barcos. Hemos perseguido los rincones entre el fuerte viento. Caminamos hasta el puerto y cenamos pescado junto al agua, en un lugar para los dos. Me siento bien aquí y luego allí, no importa. Al día siguiente visitamos Tarifa, viento, arenilla como pequeños proyectiles, a un lado un mar, al otro un océano, pero agua, agua azul y verde en los dos. Un fortín, solecillo en el puerto, sobre la lonja y nubes en la sierra. Cierro los ojos para besarte, no quiero distraerme en nada para sentirte, solo soy obediente al viento, solo presto atención a tu aliento. Tanto tiempo no fué por nada, quiero tenerte siempre para quererte como un pozo con agua que se derrama, cuando sube la corriente de repente. Quiero sentirte cerca para tocarte, quiero saberte lejos para soñarte, no pretendo dormir contigo por enfriamiento, quiero salir contigo como una fiesta. Tanto mar no nos inundaba, tantas palabras no nos pudieron, sabemos guardar silencio a todas horas y nuestra boca solo se abría para mirarnos. Contigo estoy en la playa como en un barco, contigo toco la hierba sobre las piedras. No he visto más verde que en las algas, no he deseado más noche que entre tu niebla. Contigo fuí generoso sobre tu cuerpo, contigo paseé desnudo sobre tu piel , nada más cierto que un aceite, nada más eterno que tu espalda, con ese perfume de romero me cautivaste, con estas manos  hice un río, sobre tus pechos escribí un círculo, sobre tu vientre una caracola, con ellas socavé la profundidad donde habitan tus brasas. Dormimos separados por un istmo como una isla que sabe que por más que pase el tiempo no zarpará. Con una península de besos y amor, podremos alejarnos sin perdernos. Buscaremos un cruce oportuno, una carretera larga, para mirar juntos al mismo tiempo, para seguir besándonos con la mirada.

Estas tardes...

Estoy en marzo, metido en marzo. Desde la ventana de la oficina, ya abierta para permitir la entrada de aire, puedo sentir la benevolencia del clima, de esta temperatura que te invita a todo. Tengo sueños de tarde y viajes, sueños de aventuras y me endulzo como puedo pensando en agradables gestas, en sonrientes experiencias soleadas. Culmino las mañanas entre esta pantalla, estas letras, estos números y cifras, este tedio a veces, repetido. Apenas consigo arrancar flecos de lucidez a esta balsa de aceite envenenado. Luego, la hora de comer, regreso a mi habitación y sus confines, como a una jaula. Marzo espiga, marzo oloroso por donde quiera que un paraguas de limonero te sorprenda. Camino con los ojos en un laberinto de fotos, paisajes y escenas. Camino con los ojos dentro de esa pretérita tarde de otoño, dentro de aquellas mañanas de abrigo de diciembre.

Primavera y animales

El sábado nos fuimos al Safari de Madrid, en plena sierra con monte mediterráneo y un calor casi sofocante. Un recorrido en el coche y otro andando. Cogimos zanahorias para dárselas a los camellos, a las yamas, a los rumiantes y desde esa abertura del cristal, delante, medio sentado en la sillita, te emocionabas cuando un animal acercaba su boca por el espacio para que le echaras algo de comer. Entonces, arrojabas la hortaliza al suelo porque te daba algo de miedo. Hemos reído y disfrutado también el tobogán, con los reptiles, con los monos.... Hay elefantes, rinocerontes, hipopótamos escondidos en el charco...

A la vuelta paramos en Talavera de la Reina y estuvimos cenando en un kebap y comprando de comer.

Ayer domingo, a la finca, a lo nuestro, a quemar. Al principio, unos cartones y unas maderas, luego, rastrojos y pastos. Todo ardía con rapidez. El viento avivaba la llama y tuve que hacer un cortafuegos improvisado con el rastrillo, mientras tú, con tu carita roja por el calor, acercabas briznas de pasto ardiendo a los lugares secos. Luego, nos lavamos en el arroyo y oliendo a fuego, nos fuimos a buscar a mamá que estaba en La Botica. Recuerdo verte escondido en la caja de cartón , junto a la entrada de la finca. allí recogido y yo, llevándote a hombros como un tronco.

Talavera, 23 de marzo 2009

En el mar de Talavera, fondeado

No hago ascos a este espacio de muralla y soldados. No digo un "no" rotundo. No reniego de este lugar apartado como una isleta. Pero me hallo fondeado en el mar de Talavera frente al puerto de Badajoz desde hace más de medio año y no encuentro el momento de atracar. Es más fácil dirigirse mar a dentro hacia la inmensidad del agua, hacia los caminos oceánicos?. Dudo en la placidez de las ventanas y la cubierta, a veces, de tan seca la vida en este navío, en este buque sin timón. Dudo, con la sal en los labios, de los racimos de uvas en el bodegón de la ciudad. Dudo porque soy peregrino, porque la vida me hizo así, cambiante, viajante, viajero de no sé donde, pero al pie del camino al fin y al cabo.

Fondeado en las aguas de Talavera, al borde del Guadiana, espero una hora que no llega, o quizás no deba llegar. Miro hacia el mar, sin caminos, miro hacia la Alcazaba, hacia el agua, hacia la tierra, hacia el aire, hacia el suelo.

Talavera la Real, 16 de marzo de 2009

Arco Iris: amarillo, naranja... violeta

Me cantas una canción que te enseñaron en religión. Es una canción que repasa los colores del arco iris. Te grabo mientras la escucho y luego la repaso y me río. Es una canción que tiene detrás tu tono, tu voz, tu timbre particular. Te imagino con esa carita suave y esos ojillos cantándola, te imagino con esa sonrisa y moviendo las piernas balanceándolas sentado en la cama, mamá riñéndote porque ensucias con los zapatos la pared. Yo estoy sentado junto a la ventana de mi habitación tres en el pabellón de la base de Talavera. Es de noche y la luna aún llena se ha elevado lo suficiente sobre el horizonte, para lucir blanca y redonda en el firmamento, como suspendida por una cadena invisible. Te echo de menos y este recuerdo, esta emoción me hierve, me hierve pero también me conmueve. No quiero renunciar a ella, pero tampoco caer preso de sus tenazas.

Talavera 13 de marzo 2009

Villanueva de la Vera, febrero de 2009

Hola mi niño!

Como habrás despertado este lunes?. Me pregunto que estarás haciendo ahora en el cole.

Pasamos el finde entre los escondites que dan los pasillos de la cafetería del hotel Ruta Imperial, viernes noche, con mamá y Belén hablando. LLegué algo tarde. Estabas allí con el hijo de Belén, con Rafita. Jugamos a perseguirnos, al escondite, entre los lavabos y las cortinas os escondíais. Yo salía en busca vuestra poniendo cara de malo.

El sábado mamá se fué a hacer una guardia de 24 horas en el consultorio de Villanueva de la Vera. Aprovechamos para ir con ella y de paso paseamos por las callejuelas cercanas a la plaza del pueblo, jugando unpoco a alcanzarnos. En la plaza es ya de noche, hay algo de ambiente y el pueblo se prepara para la fiesta del Pero Palo. Esta es una plaza que me gusta mucho, tiene sabor, es hospitalaria. Te caiste corriendo en el suelo pedregoso. Pasamos la noche juntos. El domingo te pusiste la equipación del Real Madrid, que te regaló el abuelo por Reyes y fuimos al campo de fútbol de Jarandilla y luego al parque.

En el ordenador has aprendido a escribir tu nombre y ahora , en hojas sueltas, tus ejercicios para el cole consisten en escribir tu árbol genealógico. Te veo escribir tu nombre y me parece mentira. Escribes con trazos irregulares, pero ya vas conociendo las letras. Esta es otra etapa, verdad?. Ahora parece que se complica todo y a veces, uf, bastantes veces, no sé descifrar el secreto que llevas dentro. Perdóname, hijo, una vez más. Perdona mi torpeza.

CUARTO DÍA : 13 DE JULIO

Jaca es ciudad que no madruga. Un paseo solitario bajo el sol delicioso y fresquito a la sombra. Me he tomado un café y después, deambulando por sus calles semidesiertas, he ido a para al Monasterio de las Benedictinas, atraído por la musiquilla celestial del órgano. Un coro de monjas cantan en el altar. El cura lleva capa en verde. Solo hay un hombre que asiste a la misa. Ha sido el momento de comulgar. Reconozco que el canto deja el cuerpo amansado ante la paz que inspira y que se absorve. Es un verdadero deleite para los sentidos. He cogido la mochila, que dejé en el albergue y he ido a mandar unas postales y visitar la Ciudadela, hermoso monumento - fortaleza pentagonal con patio porticado central y foso alrededor donde viven ciervos con relativa libertad. La mujer guía, ha dado una perfecta explicación y lo ha dejado todo claro en una combinación técnico - documental con lo anecdótico. En un folleto explicativo viene lo demás. He ido a la oficina de turismo, donde me dieron un mapa muy grande y completo de Aragón y a la Escuela de Montaña Militar para comer algo en la cantina. Jaca, entonces, se torna bulliciosa y comercial, como una gran ciudad.Fin.-

 

 

 





 

 

 

TERCER DÍA : 12 DE JULIO

He salido sobre las nueve menos diez de la mañana, después de hacer unas fotos y desayunar. He pagado, todo por dos mil pesetas. Antonio es persona atenta y servicial. He bajado a la estación y esperado al tren que me ha dejado en Santa María y la Peña, un poco más al norte. A esto de las nueve y media salí caminando, al principio por carretera y luego dirección norte entre pinares, por la GR-95 hasta Ena. He encontrado una pareja de excursionistas holandeses que ya no volví a ver. Todo pinares y el río debajo que crucé varias veces. He dejado detrás el Embalse de la Peña y camino por una ladera del Barranco de Triste. He llegado al fin a Ena, sobre las doce del mediodía y he parado a comer algo a la salida, en una fuente, al solecillo. He hecho una o dos fotos a la iglesia. Son estos, pueblos muy pequeños, todos con menos de cincuenta habitantes. A los de Ena les llaman Raneros. Me he equivocado de camino y he tenido que rectificar, volver al pueblo y tomar dirección noreste, por un camino al lado del río, en algún tramo y luego a la derecha para Botaya. Se me han hecho algo pesadas las dos horitas andando. He llegado sobre las tres al pueblo y he tomado varias fotos. Tienen estos pueblos una arquitectura típica pirenaica, con tejados de pizarra y piedra en las paredes. Me he parado a hablar con una mujer inglesa, Mélani, que me indicó el camino, me ofreció agua en una jarra de cristal y después, al poco tiempo, me encontré dentro de su casa restaurada al estilo montañés, comiendo con ella y una amiga suya que es de Almuñécar pero que vive en Inglaterra y que se llama Mercedes y los hijos de una y de la otra. Sus maridos se fueron a Navarra a comprar vino y nos fuimos al piso de arriba donde estaba la cocina y el comedor. Los niños, aún pequeños, patalean alrededor. Tras el almuerzo al estilo español, con tortilla y chorizo, postre y café, tras el café, foto en la terraza, al sol. Hablamos de muchas cosas y nuestros pensamientos e ideas conectaron en seguida por la afinidad que poseemos. Me he puesto de nuevo en marcha, tras rellenar la cantimplora en una fuente con pilar incluído y hacia el monasterio de San Juan de la Peña, caminando con el día soleado, despejada la tarde y entre espesa vegetación. He subido una cuesta impresionante en zig - zag, sudando a lo loco y parando de vez en cuando para tomar aire y coger fuerzas. Al final del camino, se hace la calma en una explanada donde se sitúa el monasterio nuevo, que no se puede visitar aún y que al parecer está vacío. Para llegar al antiguo monasterio hay que descender por carretera con curvas. Es un templo románico sobre iglesia mozárabe, bajo una inmensa mole de roca sujetada por malla metálica para evitar en lo posible desprendimientos. He entrado para visitar el lugar y me he agregado a un grupo organizado para escuchar al guía.Todo es espectacular y reúne varios estilos arquitectónicos de varias épocas históricas: románico, gótico, neoclásico. Los capiteles historiados del patio me llamaron la atención y me recordaron a los de San Juan del Duero en Soria y a los de San Martín de Frómista en Palencia. Ha resultado interesante el recorrido. Hay huesos esparcidos dentro de una cavidad, posiblemente utilizada como enterramiento y varias formaciones con agua que baja de la montaña. He cogido el camino, al principio algo ascendente y luego todo bajada, para Santa Cruz de la Serós. Abundante vegetación y al fin , al fondo, como un ejército llenando el horizonte, los Pirineos. Alguna cumbre nevada. Foto. He comenzado la abrupta bajada sorteando piedras y lascas. Se ve el pueblo allá abajo y su imagen me alimenta el paso, pero hay que tener cuidado para no caer. Al llegar he entrado en su iglesia románica y me he metido en un bar, donde me tomé varios vinos con dos tipos que me llevaron en coche a Jaca. LLegada a esta ciudad y alojamiento en el albergue de peregrino por el precio de setecientas pesetas. He hablado con una pareja de Castellón, ya mayores, que hacen el Camino de Santiago. Muchas palabras, ducha y a la cama, que es como una cajonera.

 

SEGUNDO DÍA : 11 DE JULIO

He dormido rodeado de un viento horrible, pero resguardado entre la pared y las piletas de cemento, dentro de mi saco. Hace frío y rugen los chopos. Cafelito mañanero en el bar. Antes, me puse al sol, para coger grados. El camino al castillo es una ruta señalada como PRHU-105. Llegada y fotos desde distinto ángulo. Dentro del monumento, impresionante genealogía de reyes : Aragón: Ramiro I (1035-1063), Sancho Ramírez (1063-1094). Se comenzó a construir en 1071 como defensa contra el ataque de los moros. Desde aquí se puede divisar el rio Sotón y embalse de la Sotonera que abastece a los Monegros, donde se está cultivando arroz. Depresión del Ebro a lo lejos y Ayerbe en dirección suroeste. Hay una vista inmensa. He bajado al pueblo por el camino, cogido la mochila y me he despedido de la gente que lleva el bar. Caminando por la GR-1 hasta Santa Engracia a unos cinco kilómetros. He cogido melocotones a la salida, junto al cementerio, unos rojos y otros amarillos. No he entrado en el pueblito, situado bajo la Sierra de Loarre, pero en una indicación que hay a la entrada pone que tiene veintiocho habitantes y que celebra fiestas por Santa Lucía, tambien informa que la iglesia es del siglo pasado. A la salida, en el cruce para Sarsamarcuello me he parado un buen rato para hablar con Jesús Coronas, que va de labranza con su tractor y que lo ha detenido al lado de una cruz de piedra. Hemos comentado sobre la incomunicación de hoy en día, sobre el aborregamiento, sobre el despoblamiento , a veces rabioso, del campo, de los hijos que abandonan su familia y su entorno en busca de una vida mejor, etc. Al poco tiempo he llegado a Sarsamarcuello. Me ha sorprendido que sobre la puerta de cada casa figure, en azulejos, el nombre de la familia que en ella habita, de este modo no hace falta numerar las viviendas ni bautizar las calles y las cartas por correo, llegan donde tienen que llegar. Bajo la iglesia se suceden lápidas incrustadas a sus muros de antiguos enterramientos. Sepulcros de niñas que murieron al poco tiempo de nacer, a principios y mediados de siglo y que ahora, si vivieran, sería mujeres mayores, abuelas quizá, a punto de morirse. Todo es cuestión de tiempo y me he quedado sentado, pensando. El viento me ha hecho moverme, levantarme para dar una vuelta. Callejeando he conocido a una chica que iba vestida de rosa y que se llama Rosa y a su prima Leticia, 22 y 17 años respectivamente. Hemos hecho confianza y me han llevado a su casa, casa Morlans, a compartir el almuerzo con ellas, no se desprecia. Es una casa de tres plantas con cámara a modo de ático. Es edificio antiguo con vigas de madera en el techo. Han preparado una comida de filetes fritos y ensalada con pasta de tirabuzones. Todo bien y ambiente agradable, como en casa. Me han enseñado, como un secreto, todos los rincones de la casa, las fotos antiguas, los aperos de labranza de antaño. Rosa es ancha de cuerpo, pero hermosa y frágil de cara. Está estudiando en Zaragoza, terminando el proyecto de su carrera de ingeniero técnico agrícola, y sabe mucho de los cultivos. Frente a la casa hay un huerto, frente al huerto, la iglesia. Una visita al templo y subida al campanario. Tras la comida tomamos té verde, bastante bueno y nos hicimos unas fotos. Me veo de nuevo en el camino en busca de Riglos, con mi mochila inseparable a hombros, siguiendo el camino que pasa por Linás de Marcuello en la misma ruta GR-1. He pasado sin parar por este pueblo hasta los mallos de Riglos. ( Mallos en el dialecto fabla en el alto Aragón, significa montaña ). He caminado entre el aire de los pinares, perfumado por el viento, pensando en las oportunidades de la carne, en los placeres prohibidos, en las renunciaciones a las que está sujeto el hombre nómada. Me he parado en una fuente que está justo a la desembocadura del camino con la carretera. Continué por ella, no sin arrepentirme un poco, hasta Riglos. Al fondo, a la izquierda, se ven las casas de la estación. He entrado por las empinadas calles y he caminado por ellas para reconocer, para familiarizarme con este lugar y buscar intuitivamente un sitio para dormir, un poco protegido. Al igual que en Sarsamarcuello, las casas tienen nombre, las calles no. He ido a para al único lugar público, bar El Puro, que es desde donde escribo estas últimas notas. He hablado con el dueño y con Ramón, con quien he intercambiado conversación sobre el Camino de Santiago. Según me cuentan, el nombre de Riglos hay que debérselo a la Orden de los Riglenses. Los mallos, enormes y perpendiculares, se yerguen majestuosos sobre el pueblo, como gigantes sobre sus casas, y son codiciados por escaladores verdaderos, perfiles verticales como filos de cuchillos primitivos. He dado otra vuelta más por Riglos, pero en vista de que no encontré lugar adecuado, he decidido pasar la noche en este local que además de comidas ofrece habitaciones a precio asequible y en buen estado y comodidad con el nombre de Casa Toño. La luna juega entre las nubes, hace frío fuera. He lavado la ropa después de ducharme y me fuí a la cama después de una cerveza.

HUESCA AÑO 2000. CAMINANDO POR AYERBE Y LOS MALLOS DE RIGLOS


PRIMER DÍA : 10 DE JULIO.


Huesca ciudad. Ermita de San Jorge, nocturna e iluminada. Es el recuerdo de la noche pasada, con aquella chica de veinticuatro años que conocí en el tren y que esta mañana, como tantas otras se pone su uniforme mimetizado para ir al cuartel. Es de León, se llama Asu y en la camisola de faena pone Martínez en letras negras. Los fines de semana que no tiene servicio se va para su tierre y se hace un montón de kilómetros. Al cerrar la puerta del vagón de golpe, le pilló la mano y aunque pudo soltarse, se le calló el reloj al andén y por eso nos conocimos. Fuimos todo el viaje desde Zaragoza charlando y cuando llegamos a Huesca, gran desconocida para mí, nos tomamos una cerveza en un pub y me ofreció una habitación llena de trastes para dormir. Yo acepté de buen agrado, pues de otro modo hubiera tenido que ir preguntando por pensiones.Hace calor en Huesca pero en las afueras de la ciudad huele a frescor, un frescor lleno de paz. Mañanita del día diez, fresca y algo bulliciosa ya. Al principio, toda la ciudad dormía. Me metí en un bar para escribir un poco y tomar café. He subido hasta la parte alta de la ciudad y entrado en la oficina de turismo, donde me dieron algunos folletos y mapas de la zona. No tengo claro lo que voy a hacer y lo mejor en estos casos es andar un poco a la deriva para ver que depara el azar. Así es que cumplidamente, he salido por la carretera de Pamplona caminando, estrenando verano, hacia un pequeño pueblo que se llama Chimillas, donde compré pan y un croisant calentito que sienta fenomenal y que fuí comiendo sobre la marcha. Benastás y Lierta. He parado en Lierta, ya un poco cansado. Este poblado tiene menos de treinta habitantes y solo tiene un teléfono público, una fuente, un letrero a la entrada con mapa y huertas familiares. La guerra mermó la población hasta quedarse medio desierto. Una mujer apedrea un perro acusado de tener la sarna. El fuego cruzado de riscos pasa delante de la iglesia que está cerrada. He parado un buen rato a hablar con un matrimonio mayor y se han reído con lo que les contaba,tambien he disfrutado contándolo, para qué nos vamos a engañar. El hombre tiene una ramita verde en la oreja derecha. Ha empezado a llover ligeramente y unos instaladores de iluminación me llevaron a Bolea en una furgoneta blanca cargada de materiales de trabajo. Solo cuando he bajado ha dejado de llover. He hecho varias fotos. Huele a mojado, me gusta. Iglesia de Santo Tomás y fuente con caños. La tarde hace un paisaje romántico, con la lluvia de pincel. Bar Rufino, tambien turismo rural. Habitaciones con baño. Un vino tinto, para alegrar, pata de cangrejo y pimiento relleno. De todo, unidad, no quiero abusar. Comarca de la Sotonera. Depués, Ayerbe, colegiata de Santa María la Mayor. Sobre, Bolea, Lierta y Arascués. Sierra de Gratal y Sierra Caballera. En Lierta, una mujer apedrea a un gato con sarna para que se aleje. Si le llega a dar, lo descalabra. En Banastás, un viejo amenaza con un golpe de callao a un perro que no deja de ladrar. Comarca de la Sotonera. No pude entrar en la colegiata, con mucha historia, por cierto, pues es lunes y está cerrada. El tipo que custodia las llaves fue inflexible y se molestó incluso. Siestecilla junto a los antiguos muros y viaje hasta Aniés por un sendera balizado con la anotación GR-1, en franjas horizontales rojas y blancas. Se camina bien entre almendrales. He llegado hasta Aniés. Un hombre que anteayer cumplió 85 años: Antonio, me muestra la iglesia de San Esteban, con su hermosa torre de ladrillo. Incrustada en la roca, aparece Nuestra Señora de la Peña, ermita de las altitudes. La iglesia tiene lo que debe de tener, ni más ni menos y la visita ha durado poco. Hemos hablado de la guerra civil. Hace un viento horrible que vuela gorras y recuerdos. Las pupilas empañadas del viejo, aseguran que nunca volveremos a vernos. Le he puesto la mano sobre su hombro, con una sonrisa casi forzada, rebelde para no ahogarme y le he dejado cuarenta duros que seguro que dará a los nietos. Una hija de este hombre vive en Bolea, panadera de oficio y a la que conocí antes por casualidad. Un hijo, camionero, el otro, se mató en un coche. Tiene otra hija más que está separada con dos hijos. Cuando empecé de nuevo el camino para Loarre, se me voló la gorra y la cogí al vuelo. Antonio se dio en ese momento la vuelta y nos dijimos algo con gestos y palabras entrecortadas, airosas. Fue lo último que le dije. Quizá, lo más seguro, hasta siempre, hasta nunca. Voy marcando mis pasos hasta Loarre por un camino pedregoso y con algo de lluvia. Me he despistado y un tractorcillo pequeño me ha metido en la verea, subido a su remolque. El pueblo aparece abajo, con su torre imponente y el castillo románico. Según dicen, el mejor conservado de España y Europa. Queda para mañana. Hoy me quedo en Loarre y finalizo jornada. Me he refrescado en la plaza, en una fuente no clorada. He ido a llamar por teléfono a una centralita. Hace frío y viento. He ido, por dejar pasar el tiempo, a dar una vuelta por el pueblo. Calles desiertas y algunas casas con dinteles blasonados, aseguran un pasado esplendoroso, pero que ahora se han convertido en viviendas semiderruidas, agonizantes. El castillo es del siglo XI, medieval. A él conduce un camino señalado. Terrenos de cereal, almendros robustos. Pasan lentas las horas en Loarre. Se escribe bien en el bar Pola, bajo una luz halógena en el mostrador. Seguramente iré a dormir bajo la techumbre de uralita del lavadero público, al lado de un área de recreo, con abundante agua del río Astón. Hay en Loarre varios alojamientos. Uno de ellos, el de la plaza, es un hotel de tres estrellas, lujoso edificio antiguo ayuntamiento de estilo renacentista y el otro es un alojamiento rural, casa Tolta, donde he curioseado. Al subir las escaleras y ver el orden y buen gusto de las habitaciones con cuarto de baño incluído y estilo provenzal envejecido en muebles, todo nuevo, desayuno incluido, habitación doble tres mil quinientas e individual dos mil, he sufrido una tentación que se me ha ido borrando poco a poco con el paseo por las calles y pensando en otra cosa. Comarca de los Mallos. El gentilicio de Loarre es calagurritanos o lobarreños. He ido poco a poco hacia la oscuridad de lavadero para dormir.



MIRANDO HACIA LOS VELEZ. 1998

PRIMER DIA: 11 DE AGOSTO DE 1998


He pasado la noche dentro del coche en una calle de La Alfoquía , pedanía de Zurgena , lugar ya conocido para mí y bañado en frutales por las aguas que trae el Almanzora bajando el valle del mismo nombre hasta desembocar entre Villaricos y Palomares, en la Punta de los Hornicos
Cuando he abierto un ojo, ya tarde para los madrugadores, una señora barría la puerta. Es la única de la calle. Le he dejado un trozo de queso que ya debe estar rancio por el viaje, para que lo tirara en la basura. La mujer ha debido de pensar que se trataba de algo extraño, pero lo ha recibido con mucha cortesía y predisposición. Como la noche no ha sido de colchón blando ni angelotes con trompetas, me he levantado un poco agrio y he buscado sin éxito alguna fuente. Con el fresco mañanero , pasadas ya las siete y media de la mañana, he comenzado a andar un poco aturdido , tomando la vía de tren muerta, llena de palos y de maleza, pero aún visible y certera.Por la vía no se anda muy bien pero es camino seguro y sin desniveles. En los mapas de no hace mucho, aún aparece como una fina línea negra atravesada por segmentos diminutos de vez en cuando.Sobre los travesaños voy con cuidado para no tropezar. A un kilómetro escaso la vía de oculta bajo la tierra y se sustituye por un camino vecinal.


Pasa un tractor. Como aún no me he echado nada a la boca, me siento un pelín inseguro y lo pregunto todo:


- ¿ Oiga, voy bien para El Taberno ?


- ¡ No para El Taberbo se va por Albox !


- Bueno , gracias.


El hombre mete la primera y se va levantando polvo por el camino.Cerca de aquí queda Almajalejo, municipio de escasa entidad, que dejo a un lado, para continuar por tierra de almendros hacia Los Llanos del Peral.
Como uno, así a la aventura, no tiene fijado jamás horario de repostería ni de alojamiento, ni sabe a ciencia cierta si va a encontrar o si va a necesitar lo uno o lo otro con demasiados lujos, se echa sin pensarlo una nutritiva y sustanciosa almendra a la boca y es lo primero que prueba.
Esto del almendro tiene su misterio y su milagro. Tú no dejas de ver una tierra aparentemente estéril y sin recursos y un árbol seco y áspero que se las arregla como puede para ir tirando sin marchitarse; y no te puedes explicar como ni porqué puede dar frutos tan completos y de sabor tan dulce.
En los Llanos del Peral hay cuatro casas medio abandonadas y un extranjero que vive a su aire separando las dependencias con cortinas. Pedí agua para beber. El hombre se metió en lo que debía ser la cocina y de una botella me dio agua. Bajo el chorrillo de un grifo me lavé la cara. Bajo un techado se acumulan aperos de labranza y otros enseres. Al salir, una vieja me indicó el camino. Le dediqué la primera foto de mi viaje. El extrajero debe ser holandés o algo así. Confunde El Taberno con Tabernas, pueblo este último más conocido. Así que su información no es nada fiable y es mejor no seguir preguntando.

He continuado por el camino comiendo algún higo, alguna pequeña y dulzona uva de las diseminadas vides que de vez en cuando se encuentran. Poco a poco voy cubriendo la distancia hasta Los Puntales. Varias casas, un emparrado, una fila de cipreses, todo ello como un oasis en medio del campo. Me he acercado a un cortijo, el único caserío que ví con vida, para preguntar. A través de una pista de tierra, avanzada ya la mañana, he llegado a Santopétar, poblado que depende del ayuntamiento de El Taberno. Santopétar es núcleo de mayor relevancia. Nada más llegar me he tropezado con el público lavadero, todo un lugar de convivencia bajo el trabajo diario, bajo el lento y repetido frotar de la ropa y el eterno transcurrir del agua que antes, un poco más arriba sirvió para el ganado. Calle Mediodía y Plaza de Los Niños. Plaza, núcleo central del cotidiano deambular. Buscando la plaza de los pueblos desconocidos, siempre la plaza: unas veces bien cuidada, dispuesta y definida, otras un poco confusa, pero plaza a fin de cuentas. En la plaza confluyen los ríos que parten de las casas y van al mar de lo público. De la pequeña plaza parte también la calle Carril y calle Príncipe Felipe. Cuatro o cinco jubilados desocupados, con las manos en los bolsillos del pantalón de pana, se recrean bajo la sombra de un gran árbol. Cuando he llegado, todos han dirigido sus miradas hacia mí. Este es un acontecimiento que pueblo tras pueblo me acostumbro a vivir. Como vengo con los pies cansados, he bajado al lavadero a refrescarme un poco y de paso lavar la camiseta, que la llevaba sucia y sudorosa. Para ello he utilizado una pastilla de jabón de aceite hecho a mano, que apenas huele ni hace espuma, pero lava que es lo suyo. En el pilar beben los burros y las cabras acostumbrados a su agua. Beben con una rutina sofocante, como por aburrimiento, como por pena. Las cabras juntas sus cabezas y no se incomodan cuando me ven allí al lado con los pies descalzos dentro del abrevadero. Una mujer mayor, de 68 años para ser más exacto (las mujeres mayores no coquetean tanto y no les importa decir su edad ) me cuenta sus males mientras sumerge la ropa en el agua . Al poco tiempo he salido del pueblo tomando el camino hacia Taberno . He parado un momento para meterme un par de higos en la boca. Hubiera cogido más pero me miraban y no era el caso. Las higueras son como el pecado original, dulces y tentadoras, al alcance de la mano. Al final se te quedan los labios pegajosos y si no hay agua cerca tienes que escupirte en las manos, pero todo se pasa. Cantimplora llena, voy camino de Taberno, con el solazo en todo lo alto, castigando con agonía , con autoridad, con saña. Voy recitando de memoria, mentalmente, versos de Miguel Hernández dedicados al sudor: “ En el mar halla el agua su paraíso ansiado y el sudor su horizonte, su fragor , su plumaje....” Este es un poemita cargado de fuerza y de alabanza al campesino. En Santopétar me indicaron que había de pasar por Los Mundos, pero no he encontrado pueblo alguno, tan solo un cruce a la derecha por donde se va a Los Llanos. He seguido recto, a ojo de buen cubero, con certera intuición, porque al poco tiempo ya se ven las casas de Taberno y la gasolinera en primer plano, recibiéndome en las horas más agobiantes del día. El pueblo, grandecito y bien puesto, se derrama sobre una colina redondeada. Toda este paisaje pertenece a la Sierra del Madroño. Dejo a mi izquierda, a medida que me acerco al pueblo, la piscina municipal , construida en un terreno ocupado anteriormente por un bancal. Desde la carretera se me antoja un oasis en medio del desierto y el calor. Desde aquí a las primeras casas del municipio hay ochocientos metros escasos, así es que he bajado para curiosear un poco y tomar contacto con la gente. En la parte baja del pueblo se pueden ver unas casitas construidas aprovechando el terrero, a modo de cuevas , con una parte del edificio dentro de la roca y la fachada fuera, blanca y reluciente. He pensado, reconfortándome, que la mañana ha sido bien aprovechada y que me ha cundido andar, que me merezco un pequeño descanso y algo de comida consitente. Cuando se camina así, a salto de mata, uno va apreciando estas pequeñas cosillas que le brinda la ocasión, el azar, o quizá el destino; nunca se sabe. De momento en el bar, sólo un zumo. El ambiente es relajado y pacífico. Escasos bañistas que no arman ruido. He salido hacia el pueblo, ascendiendo por sus calles hasta la Plaza Mayor y el ayuntamiento. Como es laboral, está abierto y me colocaron el sello de caucho, con fecha, leyenda y todo: “Sello válido por su paso municipio de Taberno . 11-8-98 “. El secretario, que no pudo evitar su curiosidad, a pesar de ser persona recta y poco impulsiva, a mi entender, se olvidó dar la vuelta al cuaderno y lo que para él estaba bien puesto, en relación a la lectura, aparece al revés. Como a uno le gusta que estas cosas vayan en su sitio, me he incomodado levemente, pero cuando he salido del edificio ya casi no se me notaba. He caminado por la calle Pablo Picasso hasta la tienda de comestibles El Molino. El nombre le viene de que en este lugar se asentaba un antiguo molino de harina. No hay que ser un lumbreras para adivinarlo. Ana, la dependienta y propietaria del local me ha servido con amabilidad algunas piezas de distintas frutas y jugosos tomates colorados como la mejilla de una adolescente ruborizada y aunque cuesten ciento veinticinco el kilo, se venden enseguida. En la plaza juegan sus dos hijas. Las he colocado juntas y les he hecho una foto con algo de paisaje al fondo, para que la cosa quede más enriquecida. La mayor, tiene un globo en la mano. Se llama Alicia y tiene once años, parece mayor. La pequeña, Ana, cinco abriles. Las dos sonríen. He bajado hacia el lavadero, al lado de la rambla, para escribir a la sombra. Hay que pasar una zona de huertos a salir del pueblo. Al llegar, he lavado los tomates en un caño de agua que según me dicen, viene de Sierra Nevada y no sé si creerlo, pero que es pura y refrescante como la que más ( yo tampoco soy muy exigente que digamos ). El agua se utiliza para lavar y la que va sobrando, que no es poca, para llenar las acequias para el riego. La alberca contigua, está llena de hobas y medio vacía. El riego se efectúa a través de canalización del agua por zurcos. He encontrado un tomate sin matadura en el suelo y lo he integrado con el colectivo de frutas que llevo encima. No ha habido problemas de adaptación ni pelea alguna. En el lavadero hay una mujer joven con su faena. Le he dicho algo, pero no quiere conversación y al ratito se ha ido con su ropa mojada bajo el brazo y mirando al frente como los soldados. Después de escribir, comer algo de lo que llevaba, beber agua y llenar de nuevo mi cantimplora, todo ello en plena soledad y sosiego, he atravesado el pueblo, dirigiéndome a la piscina para comer de plato y darme un baño. Lomo frito con patatas y ensalada pequeña pero bien compuesta con alternancia de aceitunas negras y verdes. Cuaderno a mi derecha, mapa y mochila al fondo, sobre la pared. Todo mi erario al descubierto. He comido a gusto y he salido a los servicios de la piscina para ponerme el pantalón corto que me sirve de bañador y tumbarme a la sombra de los sauces llorones, sobre el césped y utilizando mis dos aislantes azul celeste que llevo en la mochila que aunque no proporcionan demasiado acomodo, son ligeros de llevar y dan consistencia a la carga. Así es que me he sentido como un veraneante tirado boca arriba, pero como tenía ganas de decir algo a alguien para ver que pasa, como casi siempre, pues he dirigido la voz a una chica con la nariz pelada de los constantes baños con agua clorada. Se llama Mónica Cruz Moreno, natural de Partaloa, al otro lado de la Sierra de las Estancias, población cercana a Albox y Cantoria, pero un poquito más al norte de esta última. Una chica interesante, centrada y amante de la naturaleza y de los pájaros. Tiene localizados bastantes nidos de rapaces por toda la sierra y que en su pueblo tiene controlados casi todos los de mochuelos. Ha estudiado en Granada Educación Física y ahora trabaja los veranos contratada por el ayuntamiento de Taberno como socorrista en la piscina municipal. Así es que la pobre se pasa las horas de más calor sentada en una hamaca de plástico mirando a los críos que se tiran de cabeza a veces arriesgadamente y cerrando el grifo de la ducha que está estropeado del mal uso, para que no se desperdicie más agua de la debida, que todo hay que mirarlo. Una de esas veces lo he hecho yo por ella, por aquello de devolver el favor de su amabilidad. Sólo me he dado un baño y luego, como he visto que la tarde avanzaba y tenía ganas de andar un poco más, he dejado la vida en relax y me he despedido con la debida diplomacia de la chica y dejado la piscina para continuar mi andadura. Cuando he subido con la mochila a cuestas, la he saludado con la mano por última vez quizá. Me dejó su dirección que anoté en mi cuaderno. Alomejor le escribo, Es posible. Aunque sólo sea una vez para ver que pasa. Para el viajero aventurero, la paz y el sosiego, que sobran en la piscina, no son buenos consejeros. Había dudado entre quedarme en Taberno esta noche y continuar mañana mi camino, o andar esta tarde apresurándome para que no me cayera encima la noche. Voy dirección norte por la rambla hacia Vélez Rubio y el camino es largo e incierto. De todos modos, me he armado de valor, he apretado las manos, agachado la cabeza y acelerado el paso en medio del calor aún sofocante de la tarde para abandonar el pueblo y meterme por un camino que sale pegado al lavadero y que va a parar a la rambla seca de Taberno. No conozco la distancia que puede haber hasta Vélez Rubio, tampoco mi sendero me da garantías de que pueda llevarme hasta ese pueblo y lo cierto es que tampoco me importa mucho. Voy caminando, ensimismado en mis cavilaciones, a buen ritmo, por los estrechos senderos definidos en la rambla directo al ocaso que detrás de cualquier colina me sorprenderá, pero sin temores, sin dudas, seguro de mis fuerzas, abandonado a mi tarea singular y recitando por lo bajo y de memoria, aquellos versos de Antonio Machado : « caminante no hay camino, sino estelas en la mar ». Me gusta andar por estas sierras, integrarme en su silencio, en la vida animal, vegetal y humana que en ellas transcurre lentamente, pausadamente cada hora del día. Voy con mi dicha por la Sierra del Madroño. He llegado entre unas cosas y otras, a la fuente de Los Navarretes y a la izquierda el poblado del mismo nombre. Como es ya costumbre, un tanto simbólica por cierto, no pasar por una fuente sin probar, al menos, su agua, me he detenido para beber y refrescarme, que nunca está de más. La rambla es, fuera de mi itinerario ya marcado, camino pedregoso a base de cantos redondeados por la acción del agua y del arrastre . Pasa el pastor y sus cabras, unas marrones, otras negras. Es un pastor joven, aún inquieto. Caminar y caminar sin ver el final. Así es la cosa, como un sueño. He subido por un escarpado al lado de unas huertas para refrescarme en un chorro de agua que es una gloria en medio del calor, en medio del matorral sediento, en medio del polvo y de la piedra, en medio del sol, seco y avasallador. He advertido su presencia por el ruido cristalino que deja en la tarde El manantial asoma entre un reducto verde de pequeñas plantas que absorven la humedad. El agua que riega pequeñas plantaciones de cítricos, brota con una alegría contagiosa, con una exhuberancia insultante y agreste, dando a la vida de estos parajes, esperanza y fé. Donde menos lo esperas, te encuentras una fuente, un pozo, o un nacimiento, como un oasis en medio del desierto. Pasando Los Navarretes, la rambla continúa y continúa, serpenteando en medio del paisaje de matorral, conduciéndonos a su nacimiento, a su origen, hacia la montaña que ya perfila su contorno en el ocaso, con el sol a su espalda. Para llegar a la cortijada del Bancalejo, he tenido que sobrepasar varios cortijillos aislados. Dos niños van en bicicleta. Vienen dando un paseo descolgados de sus padres, que quedaron atrás, y al llegar a mi altura, los he saludado y entregado mi cantimplora para que fueran dando pedales a por agua y luego me alcanzaran en el camino. He continuado andando y como se retrasaban y la noche se me echaba encima, he decidido meterme campo a través, haciéndo un sobre esfuerzo y preguntar por ellos a una señora que faenaba en la puerta de un cortijo. He tenido que dar un rodeo por mi mala cabeza hasta localizar a los chiquillos. Cuando los he visto, les he arrebatado la cantimplora de un manotazo. La tarde va cayendo a ritmo precipitado. He llegado hasta la carretera donde muere el camino. En el cruce hay un letrero donde pone : Bancalejo y en otro : Albox, El Saliente. Son más de las ocho de la tarde. Delante mía, imponente, la Sierra de las Estancias. He dudado durante bastante tiempo, entre quedarme a dormir por alguna de estas casuchas, que parecen abandonadas a la ruina, esperando así a las primeras horas del amanecer, o por el contrario continuar haciendo frente a la noche, a las siluetas, a la oscuridad engañosa, traicionera, al único consuelo de las luces a lo lejos. Me han indicado que desde este lugar a Vélez Rubio hay unos veintitrés o veinticuatro kilómetros, ¡casi nada ! . Aún así, me he llenado de valor, comprobado mi equipo, colocado el cuchillo en el cinturón, mi pequeña linterna en el bolsillo del pantalón y apretando el paso, casi tanto como apretaba con mis manos las cintas de mi mochila, me caminado intentando robarle al atardecer el mayor espacio posible de luz . He mirado la altura y dimensiones de la sierra. He mirado al cielo, algo nublado por cierto. Me he mirado a mí mismo, después de comprobar el paisaje. He mirado mis zapatillas sucias y polvorientas, mis piernas sudorosas y más morenas por la acción del sol. He vacilado un poco, pero aún así y con algo de rabia dentro y el corazón con punta de felcha orientada hacia el camino, me he puesto a andar sabiendo que me esperaba la noche, con sus ojos negros y su silencio sospechoso. Aún así, carretera y manta. Caminando por la carretera, al principio por su margen derecho, luego por la mitad, en dirección al sol, a la luz que cada vez tenía que imaginar más potente para poder iluminar mi esperanza, mi fé, mi ilusión.. Ha pasado un coche. En la penunbra del anochecer nadie se fía de nadie, todo se torna confuso. A los lados de la carretera reluce la grava y alguna luz se va encendiendo en los cortijos y caseríos próximos. Saltan los pájaros desde la cuneta, asustándome con su batir de alas, en medio del silencio. Voy ensimismado con mis pensamientos y recordando momentos pasados felices, para distraerme. El paisaje visible, el paisaje agradable, cordial, va dejando paso a un repertorio de siluetas, a un juego de presentimientos que en este momento poseemos todas las criaturas que formamos parte de la noche en plena naturaleza. Surgen las siluetas de los almendros. Poco a poco, las nuebes que rodean la sierra se van retirando y se puede contemplar la ensalada de estrellas que configura la bóveda celestial. Mi oportunidad de luz estaba ahora en la luna, en su reflejo azul, plateado y metálico sobre mi camino. Esperé durante algún tiempo la luna, su presencia sobre mí que nutriera mis pasos, que cebara mi ilusión, pero la luna no vino. No se detuvieron los cohes que pasaron, ajenos y fugaces. He caminado aproximadamente unos seis kilómetros por carretera hasta llegar a un cruce, luego a la izquierda, según me indicaron, rodeando la sierra. El camino se hace, ya sin resquicio alguno de luz, más profundo y oscuro. Ladran perros. Se ve alguna luz lejana de vehículos y algunas otras diseminadas por la montaña, a distinta lejanía. Continúo bajando con ritmo fuerte, como perseguido por alguien, procurando no mirar atrás. Renuncio al agua para no parar; renuncio a la leve luz de mi pequeña linterna. Al encenderla y luego apagarla veo aún menos, siento aún más cruda la oscuridad, porque mis ojos y todos mis anhelos buscan luz, buscan alivio en la concrección de las formas. Siento en el ambiente, la humedad de algún arroyuelo que cruza baja la carretera, de algún huerto. De pronto, aprieta pero no ahoga, veo casi alucinado, casi incrédulo la lejana luz que alimenta la fachada de un cortijo y mi caminar se orienta en línea recta hacia ella, sin flaqueza ni titubeos. Es el conocido cortijo de Las Tonosas. He parado junto a la puerta porque tenía que parar, oir a alguien, tener la seguridad de encontrar la presencia y agarrarme a la presencia inequívoca de una voz. Ladran los perros. Seguidamente sale a mi llamada un hombre. Pido agua. Hablamos. Él no puede siquiera suponer el alivio que me produce simplemente por estar allí, en ese preciso instante y en ese preciso lugar. Lía mientras habla, un cigarro con tabaco de picadura, de hierba que el mismo cultiva aquí. Toda mi angustia encuentra fin cuando he montando en su pequeño vehículo mi mochila y nos dirigimos, junto con su mujer a Vélez Rubio, que aparece allá al fondo con un conjunto de luces que parecen poner una guinda en la tarta que había de esperarme al finalizar mi camino. Locuaz de puro contento, he contado todo lo que se me ha ocurrido para dar salida a mis palabras que se apelotonan en la puerta de mis labios para salir al mismo tiempo



EN TORNO AL AZNAITIN. 1997

Desde Córdoba y con la mochila pequeña al hombro, he ido andando hasta la estación de autobuses en la avenida de Medina Azahara. A las diez ha salido el autobús para Jaén. El día ha salido nublado, medio fresco y bochornoso. El itinerario ha cruzado pueblos como Bujalance, Cañete de las Torres, Torredonjimeno y Torredelcampo para luego meterse por las calles principales del centro de Jaén y llegar a la estación.
He ido a la oficina de Información y Turismo y de ahí, al Área de Turismo de la Diputación, cercana la catedral. Allí me han dado algo de información y me pusieron un sello que hubo que repetir.Espero el autobús que me llevará a Torres y mientras miro y hojeo mapas de la zona. Sierra Mágina es un parque natural que forma parte de la Subbética, en torno al cual hay una serie de pueblos. En el centro y como tres enormes vigías, el pico Mágina ( 2167 m ), más al noroeste el pico Cerro Cárceles ( 2052 m ) y al suroeste el Almadén ( 2032 m ). El territorio ocupa una extensión de 19.900 hectáreas, que conforman un espacio natural a escala humana. Antes de salir de la estación, he conocido a una chica de Málaga que trabaja de enfermera en la ciudad y que se llama Maribel. Estaba leyendo un libro de Gala: “Más allá del Jardín” y un perro amoroso la ha asustado al tocarla. Es un perro que enseguida que se le hace una caricia, se pone patas arriba para que lo sobes. Después de una breve conversación me ha dejado su dirección en Jaén. Trabaja en el Hospital Princesa de España en el quirófano. Desde el autobús, me ha vuelto a saludar y sonreir y luego se ha perdido en la penumbra de la estación.La carretera que va a Torres pasa por Mancha Real. El terreno se hace abrupto y predomina, en las zonas bajas, el olivar omnipresente. Sierra Mágina tiene aceite con denominación de origen. Torres aparece como un pueblo considerable, todo blanco, aunque sin llamar la atención y adaptándose al terreno con sus casas agrupadas. El autobús me ha dejado junto a un bar con terraza y sombra vegetal, bar Bolera y allí voy a parar para almorzar un bocadillo con cerveza y olivas. Después, una gente que estaba por allí, me han informado sobre los caminos y los lugares de interés paisajístico. Una chica que se llama Mónica me ha mostrado el camino que debo tomar para ir a Albanchez y atajar, pasando por la plaza de toros. Es un pequeño sendero que sale de la carretera y que discurre entre rocas. Hay pinares y huele muy bien. Mónica, que tiene 12 o 13 años, cuando se ha despedido de mí, se ha metido en la piscina. Torres es un pueblo con mucho agua y muchas fuentes. Fuente del Paseo, más arriba Fuente del Rosario, año 1924 con dos caños, dos pocetas pequeñitas y un pilar donde el agua se embalsa. Me he refrescado. Las fiestas del pueblo, con motivo del Santo San Marcos, son a mediados de septiembre. A mediados de mayo se recogen las cerezas, según me comentó Juan, un chavalote dispuesto a informar . La producción de cerezas está comiendo terreno a la aceituna. Por lo visto es más rentable. Se paga mejor y los trabajadores recolectores van por jornal. La industria está en Mancha Real. A parte de los cerezos, hay tambien algún almendro, pero sobre todo cerezos que a los siete u ocho años ya dan fruto y a no ser que caiga una mala lluvia o demasiado frío, se pierde menos que la aceituna..La torre tiene un hermoso reloj y son más de la cuatro. Me encuentro francamente bien en Torres, con sus pinares y sus fuentes, con sus calles empinadas y sus gentes. Estoy sentado ahora de pie, a la sombra de un árbol en la calle Jornaleros, quizá la más alta del pueblo con vecindario. He parado en la Fuente de San Francisco 12.8.1930. Desde La Muralla se puede ver la Sierra de Almadén, el pico Monteagudo, a la izquierda, la Silleta. Se puede ir a la Fuente Mayor por el carril a Cambil, por la Mata. Los ríos que nacen en la sierra van por la vertiente de Torres al Gil Moreno. Por el otro al Genil. Al reloj de Torres, que tiene arriba una campana de bronce de los años treinta, hay que darle cuerda a mano todos los días con una maroma gorda. Iglesia de Santo Domingo de Guzmán y anterior iglesia de San Marcos. Hay otra iglesia, la del Santo más pequeño y familiar. Foto del pueblo y la sierra al fondo. Es Torres cuna de Baltasar Garzón, famoso juez que aún vive y al que le han dedicado el nombre de una calle, al lado del Ayuntamiento. En la Fuente Pilar de la Cuesta, he llenado la cantimplora par iniciar el camino a Albanchez. Es agua fresca, apetecible. Atajo a la carretera que une Torres con Albanchez de Úbeda. Es un camino que se va estrechando de perfil ascendente y que luego se alllana para morir en la carretera. He cogido almendras. Vistas panorámicas preciosas. Airecillo perfumado de pino. Puerto Albanchez ( 1250 m ). He tomado un camino a la izquierda hasta La Serrezuela y un caminito que baja entre el monte Aznaitín y este núcleo. Sierra de los Castillejos, calizas en la bajada por los pinares, caballos sueltos. Un pastor me ha informado. Hay plantas aromáticas propias de la altitud. El Aznaitín alcanza los 1750 m. Por un camino polvoriento he llegado a Albanchez. Sorprende la altitud en la que está asentado su castillo reconstruido. He conocido a tres chicas que han editado un cuaderno sobre el pueblo. Luego me han acompañado y hemos intentado conseguir alojamiento sin éxito. Mientras, hemos hablado y les he dejado mi dirección para que me envíen la obra para leerla y de paso me han comentado sus proyectos e inquietudes. Pretenden fundar una cooperativa para construir un albergue pero tienen sus problemas económicos.