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Dormidos en una noche de Semana Santa

Hola hijo. Quiero recordar; recordar a veces es lo único que me queda para no caer al suelo y morir entre el llanto agarrándome al corazón que se me sale del cuerpo como una víscera huidiza.

Quiero recordar y como no te tengo, mi recuerdo se llena de estómago, se hace por dentro como una bola que me crece y crece hasta impedirme respirar. Pero lo hago, sigo manejando el teclado para escribir como vomitar algo que quiero decirte.

La otra noche, una noche de Semana Santa, hemos dormido juntos. Estábamos compartiendo el día con Maribel, la garganta, lluvioso el tiempo, Cuartos y comida en el Fogón Verato. Te ví subir y esconderte por las peñas peligrosas de la Garganta del Diablo en Villanueva. Los hombres abrían sus ojos, las mujeres se echaban manos a la cabeza al verte trepar insólito y decidido. Yo confiaba en tí pero te llamaba para que me contestaras a lo lejos y no perderte.

Eres delgado y ahora más alto. Disfruto de tí cuando me agacho y te echas encima por detrás. Cuando buscas cosas para tirar al suelo, al agua, palos, piedras....

Pero la noche.... mágica como ninguna, abrigados entre las sábanas, aún con el frío en las rodillas, te abrigué como la primera noche de tu vida en el mundo y nos quedamos dormidos, primero tú, luego a tu son, yo mismo.

Dormir juntos , un tiempo que no recordaremos nunca, nunca, porque no hubo palabras, ni miradas, ni gestos, pero que existió, que existió profundamente dentro de mí y me llegó dentro, muy adentro.

Noche del Viernes Santo de 2011

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