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feranza

Soledad en los baluartes

Baluartes de Badajoz, esa pared de piedra, esas paredes de piedra que vienen a decirme que la vida pasa. Camino a solas por las lluvias que tejen el suelo de hojas, con mi cansancio de días tristes y un dolor en la boca del estómago que no deja levantar mi vista a la nube blanca del otoño. Radian los amarillos, brillan por todos lados, esa plaza de colores, esa acera encantada, ese escaparate cristalizado. Camino hacia la consulta, la sala de espera, las caras desesperanzadas, esperando la noche agria del dolor.

Grises las orillas de los muros, más aún en las cornisas, por los cortes de la historia, los baluartes de Badajoz, se abren y se suceden para dejar en mi memoria una barrera donde no consigo penetrar en una ciudad que mansamente, ligeramente, espera.

Ahora regreso por los puentes que sobre el arroyo húmedo Rivillas, llegan a una barriada de barro, a una puerta de cemento, a una mirada vieja de viejo aburrido. Y entro en casa, el olor a la fermentación, el puchero, las verduras.... Nota triste en medio de un día fértil, húmedo, vegetal, como debiera serlo si esta noche me dejara, si este estómago agitara los dados de la felicidad en lugar de los cólicos de la soledad sin norte.

Talavera, 25 de  noviembre de 2010

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