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feranza

Murió Paco Carretes, de quien yo, tanto tenía.

Cuando lo ví por última vez la navidad pasada en la Residencia de Personas Mayores de Villaralto, supe que había muerto o casi muerto. Unos señores, que piensan que todo lo hacen bien, habían llegado a su casa meses atrás y se lo habían llevado. Lo habían desahuciado de su vida para siempre. Le habían quitado sus pantalones de pana raída por los años y le habían puesto un endeble pijama azul. Le habían quitado sus botas desgastadas y le habían colocado unas pantuflas como a un viejo de brasero. Le habían quitado su chaqueta y su camisa de cuadros , su gorra de visera y le habían puesto una ropita de niñera, de mujer recién parida. En un rincón de la residencia, solo, sin sorpresas, sin emociones, sin camino y sin músculo que lo sostuviera, se consumía sin memoria, lentamente, pero sin remedio.

Quiero guardar para siempre esas palabras que me dijo, esos ojos que me miraban , ojos de siglos, lunas de noches , lunas, esferas de lo infinito.

Quiero mirarle para siempre y quedarme con esa cara curtida, esa pulcra rectitud del hombre eterno, bajando sus bestias por la calle, sus compañeras, sus herramientas.

Era un hombre que iba a sus sueños, como el cubo al fondo del pozo, por una inercia que obedecía a las leyes de la tierra y de la profundidad.

Lo he visto meterse en un corral lleno de enredos, de tapiales de piedra y gallinas alborotadoras que se " chascaban los güevos " y dos mulas resignadas en el fondo de la cuadra esperando la mano que abriera la puerta. Ese lugar era un santuario para mí.

Yo acompañaba con mi cámara a Paco Carretes en una mañana por tiempos de navidad, un año de estos pasados. Ibamos como dos actores de la vida, uno, de espectador y el otro, desarrollando como una parodia el papel del trabajo. Yo le grababa tratando de sacar lo más íntimo de todo aquello y de él mismo. Paco, obedeciendo a ese impulso de su vida, entraba en el corral, puerta antigua y destartalada, olor a gallinazo y estiércol , a enseres de latón, a cebadas, a cacharros reciclados para acarrear agua de lluvia al pozo. Era una estancia placentera viéndole como sacaba a las mulas, hablaba con cierta indiferencia de los pollos que no acababan de cumplir fielmente con su función y despotricaba contra las bestias que no se dejaban trabajar. Salíamos con todo aquello en busca de un  pedazo de tierra, con el arado pesado y oxidado rodando por los adoquines sobre una carrucha chirriante. LLegábamos al terreno de Juanito Enrique y allí mismo, para que lo viera, se ponía a surcar la tierra. Entonces yo le iba preguntando cosas, cosas de hombre ignorante, de hombre que no sabe ni se entera, que no se va a enterar nunca porque no ha trabajado jamás con esa convicción , con esa conciencia, con ese nudo potente.  Yo le quise recompensar con algo de dinero, al menos con cinco o seis euros, pero él me dijo que le bastaban dos, que con dos era suficiente por ese trabajo y ese tiempo.

Yo le veía después, liberar a las mulas de su carga y ponerse con el elevado peso de los aperos, a descansar contándome cosas de la guerra y de la vida : " .. La vida cuesta más pensarla que hacerla " . Me voy a quedar con esto y con mucho más, pensaba mientras se abrían sus labios para hablar verdades que trascienden, verdades que se quedaron grabadas en su memoria después de que las " pavas " refiriéndose a los aviones de la guerra, sobrevolaran Villaralto hace muchos años.

Yo iba con mi cámara a fotografiarlo porque sabía que iba a desaparecer pronto, como todo lo singular e irrepetible. Como era él, tan particular, tan , tan diferente, tan hermoso....

LLoro sin remedio con un llanto que ya tenía cuando él vivía porque me duele esta vida que no conoce más camino que el del lucro.

A él, que todos le reprochaban una vida demasiado antigua, austera, sin higiene, sin sociedad, me demostró que era capaz de levantarse, salir casi sin desayunar con sus ropajes de trabajo, que eran su viva imagen, llegar a su corralón, coger sus mulas y sus aperos y ponerse a trabajar para mí, para mi curiosidad, para mi capricho, como un padre que juega sin querer al fútbol con su hijo. LLoro esta pena porque ahora es lo único que puedo ya hacer por él, recordarlo en mi emoción como una persona que fué durante todo el tiempo, él mismo, sin importarle críticas ni desprecios, viviendo su soledad en su rincón de la Plaza Bartolomé Peralbo y  al mismo tiempo, cordial y humano, cercano, dispuesto, generoso sin demagogia ni populismo.

En su patio, donde nunca estuve, dicen que metía un gato en una jaula y que lo subía a la higuera cuando los frutos estaban maduros. Y que una vez allí, el gato maullaba para escaparse y así no se acercaban los pájaros hambrientos. Y de esto modo, el gato, como uno más de la cadena, se ganaba la vida.

Esto lo he contado muchas veces, siempre que hablaba con cariño de sus cosas y la gente, medio incrédula, se sonreía.

Yo hablaba con mi padre muchas veces de él, que lo conocía por los años y sabiduría que posee. Era un tema entre nosotros, entre él y nosotros, como un secreto que nadie podía entender aunque lo cantáramos a voces. Solo nosotros. Paco en otros tiempos, iba con su hermano al taller. Yo casi adolescente, pintaba con brocha unas formas o una puerta. Entraban en el contraluz de la nave y hablaban de la era o de los borregos. Junto al camino, en un trozo de pared, escribí : " A la era " y una flecha quebrada que señalaba el lugar. Ellos me lo recordaban cada vez que pasaban por ahí para trillar o aventar o no se qué y entonces, yo me incorporaba y les hacía un gesto mitad de cariño y travesura.

A Paco, una vez, en la puerta de su casa, lo cité para que me contara algo de su biografía. Entonces él, se colocaba una chaqueta mejor y se ponía serio y formal y me hablaba de su pasado de corrida, con una memoria que se extendía a fechas concretas y episodios.

Nunca se casó ni tuvo hijos. No era hombre de eso y eso le hubiera cambiado. Solo salió de Villaralto para el servicio militar. No quiso vivir en un piso de Sevilla, donde se trasladó con un hermano. Era aquel un lugar insulso y sin sentido para él. Convivió mucho tiempo con otro hermano en la misma casa, hasta que trasladaron a aquel a la residencia de El Viso y Paco quedó solo. En su casa solo habían bóvedas blancas y unas sillas llenas de polvo. Al fondo, como un misterio, se podían ver los principios de la austeridad en la que habitaba.

Siempre, siempre, su casa, su jergón de cama, sus potages con garbanzos, su actividad infinita, sin descanso en el afán de supervivencia que se forjó por tiempos de la guerra. Sabía lo que la vida era, sin adornos y sin chismes. No tenía ni electrodomésticos ni distracciones ociosas ni falta que le hacían. De vez en cuando lo vía repeinado hacia atrás, con una camisa blanca, cumpliendo con alguna festividad o con algún entierro, pero poco más. Su vida era su campo, estaba en él como las espigas o las patatas. Entraba en los surcos como el agua. Era un hombre de granito, de arena, un hombre de arena hecho vida por más de ochenta años. Delgado y fibroso, correoso y firme hasta que un día, alguien, alguna gente que " sabe que piensa porque no bebe el vino de las tabernas " se lo llevaron para maniatarle y arrancarle de cuajo, aquello que lo mantenía vivo.

Sabes que estoy dentro de tí, Paco. Nunca se me olvidará cuando en la residencia me dijiste, casi sin darte cuenta: " Yo también te quiero a tí ".....Gracias por enseñarme tanto

Desde Talavera la Real, 14 de mayo de 2012

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