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Breve carta para el psicólogo

Llegué a Badajoz hace más de dos años. Antes vivía en Sevilla, trabajaba allí y allí tenía mi casa, algunos compañeros del trabajo y poco más, pero me sentía acompañado. Las tardes las dedicaba a quedar con alguna amiga, a entretenerme por Internet, a salir.

Mi familia vive lejos, repartida entre Córdoba y Valencia. Tengo una hermana algo mayor que yo y un hermano diez años más joven. Mi padre, después de morir mi madre, volvió a casarse a los sesenta años y ahora vive con su mujer en un pueblo al norte de Córdoba.

Tuve una relación amorosa durante mi vida en Sevilla, fruto de la cual, nació mi hijo Carlos, que ahora tiene seis años y medio. La madre de hijo, Beatriz, trabaja en un hospital de un pueblo al norte de Cáceres y  viven a treinta kilómetros, en otro pueblo en la Sierra de Gredos.

Cuando nació Carlos, estuve un año de excedencia voluntaria y viví durante ese tiempo con mi ex pareja y él. Dejé mi trabajo en Sevilla, mi casa, mis compañeros y mi tiempo libre para dedicárselo a él e iniciar una vida juntos con mi pareja. Ella, después de la baja maternal, iba y venía del hospital a casa y yo estaba con el niño toda la mañana.

A pesar de las emociones, esta situación llegó a cansarme, me sentía acorralado, enjaulado en aquel pueblo.

Buscaba evadirme de la realidad y eso desembocó en la ruptura de la relación cuando mi hijo tenía once meses. (Septiembre de 2005)

Entonces, tras deambular por distintos lugares en busca del calor de la familia y amigos, regresé de nuevo a Sevilla (enero de 2006).

Me encontraba solo, muy solo y ahora, lo que más quería, estaba lejos, muy lejos, a cuatrocientos kilómetros.

Ahora viajaba de Sevilla a Jarandilla cada dos fines de semana, haciendo el trayecto los viernes por la tarde y regresando los domingos.  Cuando llegaba allí, estaba con el niño, salíamos a pasear en el carrito por los caminos, los campos... Por la noche, me busqué una pensión económica y me quedaba allí. Con el tiempo, pude comprar un apartamento y sentirme más cómodo. (Marzo de 2007)

Pero la distancia me mataba.  A veces lo llevaba bien, tomándolo como un desafío, pero otras veces se me hacía un nudo en la garganta cada vez que me subía al coche.

Todo se repetía cada dos fines de semana y el viaje me desgastaba. También la situación lo hacía: encuentros tensos, cansancio, rencores… Tuve problemas con la espalda, con el estómago, con el sueño.  Ida y vuelta, ida y vuelta y así una y otra vez.

En Sevilla me sentía extraño, tenía la sensación de transitoriedad en una ciudad que cada vez quería menos. Este echar de menos se me hacía insoportable y deseaba huir, huir donde sea, como sea.  Pensé en cambiar de destino incluso a Madrid o donde fuera con tal de estar más cerca. Durante los años 2006, 2007 y 2008, terminé la carrera y barajé la posibilidad de opositar y salir de allí.

Quería estar más cerca, terminar de una vez con esta rueda que no para.

Cuando estaba desesperado, salió una vacante en Badajoz y pude pedirla.

Ahora estoy aquí, y aunque al principio saboreaba los cambios: menos kilómetros, más tranquilidad, otra vida., seguía estando lejos y condicionando mis visitas a los fines de semana.

Disfrutando del principio de una vida nueva, me sentí bien, conocí a gente, salía por la ciudad, aunque vivía dentro de la base.  Era la novedad del cambio. La distancia se redujo a 230kmts. Todo parecía más propicio, más ameno.

Seguía viendo a mi hijo cada dos semanas.

Durante estos primeros tiempos, conocí a Maribel, mi actual pareja. Era una antigua amiga de la que no sabía nada desde hacía años y ahora había contactado con ella. Nos vimos, nos volvimos a querer.

En abril de 2010 compré un piso en Badajoz y me fui a vivir fuera de la base.

Ella vive en Motril, a más de quinientos kilómetros de aquí. Al principio nos veíamos poco, un fin de semana cada mes o dos meses. Me sentía bien con ella a mi lado, viajamos, nos emocionábamos juntos, en esta etapa de fusión.

Luego nos fuimos viendo con mayor frecuencia y hoy en día viajo cada dos fines de semana a Granada. Algunas veces, ella se desplaza también y nos vemos a mitad de camino, en Córdoba. Su trabajo le impide disfrutar del fin de semana completo y solo puede pasar una noche fuera, así es que casi todo el tiempo viajo yo. Al principio hacía el viaje completo en coche, pero ahora hago la mitad en tren.

 

Mi vida actual, en el presente más inmediato, se reparte entre las visitas los fines de semana alternos a mi hijo y el encuentro con Maribel. Durante la semana voy del trabajo a casa. Estoy un poco allí, hago algunas cosas de mantenimiento, leo, Internet, un día por semana voy al cine, cuando el tiempo lo permite monto en bici, paseo por la ciudad, hago fotos, me entretengo como puedo.

Pero me siento solo, muy solo, y no solo eso, me siento además, lejos de todo, de todo lo que quiero y necesito.

No me importa soportar un poco de soledad y creo que es bueno, pero no tengo donde agarrarme cuando tengo un problema, cuando algo no va bien.

Sé que existe el teléfono y lo uso, pero las palabras me llegan lejanas, sin valor, sin fuerza suficiente. Poco a poco voy perdiendo la fe en ellas.

La madre de mi hijo sabe lo de mi relación con Maribel, desde hace un año aproximadamente y la relación con ella, con Beatriz, se ha hecho más “impersonal”, más distante. Ya apenas compartimos nada con Carlos, ninguna actividad común que antes solíamos hacer.

En Badajoz me entretengo como puedo, salvando las tardes del tedio y de la tristeza. Hasta el verano, todo era llevadero, pero a partir del mes de agosto he notado que mi estado emocional está mucho más frágil, que me desespero, me ahogo, todo lo veo negro, oscuro, sin sentido, sobre todo sin sentido.

He llegado a irme a casa llorando por el camino, sin saber realmente por qué, por una pequeña discusión, por algún problema económico también.

Es cierto que he tenido problemas con la economía, una revisión de hacienda y la consiguiente penalización. Tuve problemas con el piso de Sevilla, que tenía alquilado, falta de pago, el desahucio.

También he contado con el apoyo de Maribel, no solo económico sino también afectivo.

Pero ahora no encuentro consuelo, me veo a punto de llorar en muchas ocasiones. No quiero salir, no tengo ánimos para nada.

El año pasado estudiaba inglés en la E.O.I.  (Curso 2009-2010), pero este año, aunque hice la matrícula, no acudí a clase. No me sentía con ánimos.

Solo me causa consuelo estar cerca de Maribel, pues ella conoce mi historia y me siento bien en su casa, su espacio, compartiendo con ella una cena, hablando, hablando me desahogo.

Con mi hijo me siento bien, pero creo que no le estoy dando lo mejor. Disfruto menos de su tiempo libre, como un padre ocasional que no está para lo importante. Además, él ha ganado en independencia y ahora disfruta del grupo de iguales, de otros niños, de otros juegos. Algunas veces tengo la firme impresión de que estoy sobrando en ese mundo de él y esto me entristece mucho, muchísimo.  En este “sentirme ajeno”, trato de buscar amparo en otras madres y padres con niños como el mío para salir con ellos.

Pero siento que necesito complicidad con él, salir y viajar los dos solos, compartir cosas nuestras.

El verano pasado viajé desde Madrid a Roquetas de Mar para recoger a mi hijo que había ido a pasar una semana allí con su madre. Antes, recogí a Maribel en Motril. Esperábamos estar una semana con él, pero cuál fue nuestra sorpresa que Beatriz se había marchado del lugar donde me indicó que estaba alojada. Pasé el resto del tiempo sin él y ella no me dio una explicación coherente a su partida. Esto me marcó bastante las vacaciones. Al principio me lo tomé con resignación y traté de hacer algo alternativo con Maribel. Pero sé que me ha machacado mucho.

Esto fue en julio.

La siguiente semana que tuve al niño en verano, fue en agosto en Valencia, donde vive mi hermana. Mi sobrino, aunque es algo mayor que Carlos, mantiene muy buena amistad con su primo y están deseando verse para compartir juegos, comida, todo.

Allí es donde comencé a sentirme realmente mal.

A la casa de mi hermano, vino también mi padre con su mujer. Aunque estábamos en familia, la distancia que nos separa y la falta de compenetración, lleva a que tengamos que adoptar ciertas normas de protocolo que a mí me agobiaron. Mi hijo estaba estresado, yo con él, perdí los nervios, le pegué en varias ocasiones, me sentí mal, lloré, salí a la calle casi ahogándome.

Me siento lejos de todo y de todos. Aislado y en ocasiones encuentro un bote salvavidas que me permite respirar, pero no hago una vida amable ni la vida que quiero.

Venir al trabajo es como subirme al patíbulo. Me cuesta levantarme, a veces tengo pesadillas. No es que me acueste tarde, es que no duermo bien. Esto no me pasa todos los días, pero sí la mayor parte de los días que estoy en Badajoz.

Me siento abatido, cansado. En el trabajo hago una labor que no me enriquece en absoluto. Sé que me pagan por eso, pero no encuentro aliciente. Estoy buscando salidas, continuamente buscando salidas y pensando qué hacer para sentirme bien. Pero no consigo encontrar nada ni tengo fuerzas para empezar nada.

La voz al teléfono de Maribel, cada día me parece más lejana, como una cantinela que oímos sin prestar casi atención.

La quiero, pero no me basta.

No sé donde está la clave, pero me siento bastante derrotado y triste. Lejos de todo, y lejos de las riendas de mi vida, como si viviera fuera de mí (esta sensación no la tengo a diario, pero se repite bastante)

Desde julio he tenido crisis migrañosas con aurea, repitiéndose en julio, diciembre y enero. Pierdo el equilibrio, visión borrosa, me mareo, me duele la cabeza en la zona alrededor del ojo izquierdo y siento molestias de estómago. 

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