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feranza

En el Retiro de Madrid.

Déjame que lo recuerde, espera un poco, no seas impaciente. Déjame sumergirme un poquito en el pasado y disfrutar de nuevo de las sensaciones que guardo como un tesoro y que trato de atenazar ilusoriamente con estas palabras. Al menos, en mi fracaso anunciado, déjame alimentarme del recuerdo.  El viernes estuvimos en el parque La Aliseda, después de dar cuatro patadas a una pelota en la pista del frontón. Allí, en el parque, apenas con niños por el frío al caer la tarde, te subiste en el columpio y cruzaste dando brazadas una escalera en forma de U invertida. Después de volar sobre los árboles desnudos, estuvimos con Vito y Mari en el Gante. Sobre los tejados se alza la luna llena de enero.

El sábado viajamos a Madrid y mientras mamá compraba en IKEA, fuimos desde Alcorcón Central a Atocha en tren y luego dando un paseo hasta el Retiro. Por las calles solitarias de Madrid, caminábamos con el frío y el sol en nuestras caras. Penetramos en el recinto del Retiro por el Bosque de los Ausentes, esta obra en homenaje a los caídos en los atentados de Madrid de 2004. Te expliqué por encima el motivo de este parque y eso se te quedó grabado. Ya en el lago del Retiro, alquilamos una barca según tu deseo y tras comer algo, nos pusimos a remar de aquí para allá. La barca se balanceaba y a tí te gustaba este movimiento. Ibas cubierto con bufanda y gorro a juego. A veces alguien nos salpicaba y a veces también, salpicábamos nosotros. Pasaron los 45 minutos y nos entretuvimos dando un paseo por allí hasta que fuimos al encuentro de mamá hasta Móstoles El Soto en tren. Comimos en un centro comercial y casi te caes de sueño. En Xanadú entramos en el complejo de pista de esquí para lanzarnos con una goma inflada a modo de donuts gigante. Saqué los billetes, nos pusimos la ropa al efecto, y cuando nos tiramos desde arriba, deslizándonos por una rampa, sentiste miedo y tan solo nos dió ocasión de volver a lanzarnos por una sola vez, ya que estabas un poco temeroso. El resto del tiempo lo pasamos abajo, donde hay juegos para niños y pequeños toboganes. Salimos de Madrid a Jarandilla parando para cenar en un restaurante chino de Navalmoral.

El domingo por la mañana fuimos a la finca. El día estaba bueno, azul, con algo de nieve en la portilla y fuimos a quemar cartones y pastos. En nuestro ajetreo, te ibas alejando hacia el camino. Al rato apareciste llorando, con la mano derecha en alto, con trocitos de plástico quemado, seguramente de algún saco de abono que  se prendió con el fuego. Te llevé al arroyo y te pedí que metieras tu mano allí. Al principio se te calmó un poco, pero viendo que no dejabas de quejarte y llorar, te llevé a casa y de ahí al consultorio donde te pusieron crema y un vendaje. Ahora estamos en el bar La Plazoleta, al lado de la ventana. Vito te llevó a comprarte chuches para consolarte un poco. Tu mano ahora es una manopla cubierta de vendas y una redecilla para sujetarlas, pero por fortuna se te calmó el dolor. Por la tarde, antes de irme, hemos ido de nuevo al Gante y entre Raúl y otro hombre, cortamos al fin el poste de la luz sin cable, que impedía engordar al árbol que creció en la esquina de la plaza.

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