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Noviembre, la lluvia y los números

Deja que te recuerde: Fuí el viernes a verte. Estabas en casa. Como tienes los ojos rojillos de conjuntivitis, mamá me pidió que fuera al consultorio, donde estaba Minerva de guardia y luego a la farmacia de Rosa para comprar un colirio. A la vuelta paramos en el Gante, donde acostumbras a quedar con Quique y otros niños. De paso, vinieron mamá, Mari y Víctor. Estuvimos cenando por allí y yo te llevaba los pellizcos de hamburguesa a la calle para que comieras. Subes a la plaza donde la fuente , con otros niños y vas y vienes sin tregua. De vez en cuando entras en el bar y podemos verte algo tranquilo.

El sábado por la mañana, mamá se fué a hacer una guardia de 24 horas al centro de salud de Talayuela, así que nosotros nos vestimos con los monos azules, cogimos herramientas y nos fuimos a la finca para hacer cosas. Por la noche ha llovido y está todo mojado. Te puse botas de goma, nos subimos al coche y allí, en la finca, te dí una hoz para tí y otra que me quedé yo. Como aún te pesa, te entretuviste a tu manera usándola para escarvar en la tierra o para cortar las matas de tabaco que quedaron del verano en la finca del vecino. A la vuelta a casa nos hemos duchado, tú en tu casa y yo en Losar, mientras ves los dibujitos calentito y arropado con la mesa y el faldón que compré y debajo el calorcito del radiador. Ahí estuvimos un rato hasta que nos fuimos a casa a comer con algo que nos dejó mamá, viendo la tele en el salón, que es un privilegio que tengo contigo. Tras la comida estuvimos medio echando la siesta, tú en tu camita y yo en el sofá. Casi me sorprende la hora encima para el cumple de Raúl, el vecino, que cumple 8 años. A las cuatro y media bajamos con el regalo a su casa, que está al lado y allí estuviste entretenido como pudiste con los niños que no son de tu edad sino mayores. Te llevaste el patinete y veo a los niños con él, pues eres generoso , muy generoso y lo prestas con facilidad. LLueve mansamente, pero lo suficiente para poner la nota , la etiqueta del otoño en las calles de Jarandilla y aún en los campos. Con la lluvia el amarillo resplandece en los chopos y en las laderas de la sierra, comienzan los anaranjados robledales a sobresalir entre los pardos. Los castañares cobrizos, hacen juego entre esa vegetación imponente.  Tras el cumpleaños, donde me entretuve como pude con un libro sobre rendimiento escolar, subimos al supermercado Dia para comprar algunas cosas y luego, definitivamente a casa. Te acuerdas mucho de mamá, a la que hemos telefoneado en varias ocasiones. LLoras al oir su voz, reclamas su presencia, no te conformas con la distancia, notas esa ausencia con pena desmedida, con nostalgia. Quiero consolarte como puedo, pero me veo impotente. Sostengo el teléfono móvil mientras, según avanza la conversación, hablas entrecortadamente y sollozas. Estoy  aturdido por ello y tengo una mezcla entre ternura, pena, impotencia. Hemos cenado de nuevo en el salón y prontito a la cama, pues cuando hablaste con mamá te diste cuenta , y según ella te dijo, que cuanto antes te acostaras, antes te levantarías para verla allí. Así es que nos acostamos. Te traje el biberón y un cuento. Terminamos prontito y antes que quise darme cuenta, ya estabas dormido. Eran sobre las diez y media de la noche. Y vaya noche !. A ratos te desarropabas y a ratos me pedías que te echara el edredón encima. Una noche de movimiento, donde empezaste a sentirte mal, a dar vueltas, a adoptar la postura fetal para tratar de aliviar tu dolor de tripa. A veces me decías que te acariciara la tripa para consolarte y entonces, como podía, metía mi mano bajo el grosor de ese pijama y notaba el calor de tu vientre. Un calor de fuego por la temperatura de la fiebre que te estaba atacando.

A las ocho de la mañana te despertaste para vomitar en la taza del váter. No quisiste desayunar, nada te consolaba. Estamos en el salón viendo la tele y esperando a mamá. Te puse el termómetro: 38,1 grados. Notaba tu calor quemando tu cuerpo y mi mano. Vino al fin mamá y te puso un supositorio de nolotil , mientras fuí a dar un paseo a Chicho y tirar la basura. Cuando volví, con el olor a humedad y podredumbre de las hojas junto a la garganta, pude verte mejor, algo recuperado. Fuimos a dar un paseo por la calle Marina, con Chicho. El día está nublado, anoche pudimos ver la niebla sobre las casas y las luces amarillas del pueblo. Entonces, mientras caminamos , llevas puesto un chaquetón verde, un "barbu", me invitas a jugar a los números. Sobre las puertas de las casas, la numeración te llama la atención y entonces me preguntas: " Papá, cual es ese número ? " , si la cifra pasa de diez. Y yo te respondo: " veinticinco" o " treinta y tres". Tú me vas diciendo : " Tres y dos " y enconces yo te contesto :  " treinta y dos" y así con todos los números que vemos al pasar por la calle. Al final , hemos seguido el camino de la Ruta del Emperador, con el suelo mojado por la lluvia, los colores propios de la estación, las higueras, las plantas que tapizan las paredes de piedra medio caídas, los robles que han crecido entre las piedras, los olivares con su fruto. Antes de empezar la caida del camino, hemos tomado otro pequeñín y acogedor que sale a la izquierda para ir a un lugar donde hay chumberas y naranjos dentro de las lindes de una finca antigua. He cogido un higo chumbo que no quisiste probar y una naranja que probaste. Pero te encuentras aún mal y hemos vuelto a casa despacito, caminando sobre las paredes de hormigón de una regadera y luego yendo a por la comida que mamá encargó en la Sopa Boba. Cuando ves una rama o un tronco seco o cualquier brizna negra o gris , siempre me preguntas: " papá, esto está quemado? " Y yo te contesto : " no, está seco". Y si digo que está quemado me dices " Y quien lo ha quemado, unos hombres malos ? Bueno, algunas veces te respondo que sí, y otras que no, que no necesariamente.

Después de la siesta, me he quedado un rato contigo, tus pies fríos, tu carita de pena. Me he abrazado en el último instante antes de salir para Badajoz y casi se me salen las lágrimas de los ojos. Quiero seguir teniéndote conmigo, abrazado a mí, así tenerte, sobre mis brazos, dejado caer. Pero la noche ha llegado y tengo que salir. Bajo las escaleras con un nudo en la garganta. Quisiera coger este tiempo y meterlo en un bote de cristal sin fisuras. Quisiera coger estos momentos y guardarlos más allá que en la memoria, en un recipiente hermético donde pudiera meter tu voz, tu mirada, tus gestos, tus cosas, tus respuestas, esos colores amarillos de los chopos, esos naranjas a lo lejos, esa flor que trajiste para mamá de la finca, esa flor que luego se quedó destrozada en el asiento, pero que cogiste para mamá, ese olor tuyo a vida. Ojalá pueda seguir así toda mi vida, cogiéndote en brazos mientras bajamos las escaleras.

Déjame ahora disfrutarte en la distancia y llorar con las palabras..

Te quiero, Carlos.

Talavera la Real, desde mi habitación ( nº 1 ) en el pabellón. 15 y 16 de noviembre de 2009

 

 

 

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